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El indio dormido, una leyenda de amor

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LA NACION
Viernes 04 de febrero de 2011
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AREQUIPA.- Los mitos sobre las montañas que "custodian" la ciudad corren de boca en boca. Impostergables, se transmiten por cualquier rincón. La esencia permanece, aunque en los relatos siempre se agrega uno o dos detalles que modifican el original. Algunos los exageran. Otros los recortan y les agregan datos según el asombro del circunstancial escucha. Varios, los menos, los minimizan hasta el punto extremo en el que las frases parecen desencajadas, sin conexión. Lo que jamás se modifica es la pasión con la que los arequipeños hablan de su paisaje, de esos guardianes de roca sólida que se vuelven un sello distintivo de la belleza peruana. A veces pintorescos. A veces, con un rugido, amenazantes.

Una de las leyendas más conocidas es la del Indio Dormido. Cuenta de amor, entrega, angustia y, al final, desolación. Ablanda. Guarda un final de ojos vidriosos y mejillas mojadas incluso para los más descreídos.

Todo ocurrió en un pasado remoto. Tanto que, por más que se esfuerza, la memoria jamás logra alcanzarlo, de no ser por una tradición que avanza entre las generaciones. No hay registro. Sobra corazón. Aflora el alma. En el comienzo de los tiempos, un volcán más tarde bautizado como Pichu Pichu se enamoró perdidamente de su vecina que, enfrente, a su mirada, irradiaba una belleza nunca vista: Chachani. Enérgicos, los dioses reprobaron el romance y se interpusieron de la manera más cruel entre los amantes. Levantaron un pétreo soldado entre ellos, el Misti. Y nunca más se vieron.

Furia sólo guardó la reacción de Pichu Pichu. Ira de lo más cruda, con maldiciones y blasfemias para aquellos que lo sumergieron en la hiel de la soledad. Los dioses que cuidan el día y custodian la noche no dudaron. Tampoco la Pachamama. Las nubes trajeron una catarata y la tierra se abrió. Pichu Pichu, cegado por el amor y preso del miedo, cayó de espalda sobre la cumbre más alta y, nada más, se durmió hasta el último de los días. Ahora, cuando encandila la claridad, incluso a la distancia, puede verse la silueta perfecta del Indio Dormido, con las manos sobre el pecho, a la espera de que alguna vez su gran amor lo despierte con una caricia de algodón.

Es una versión más de las tantas leyendas que rodean los tres volcanes de Arequipa. Día tras día, en cualquier ámbito, se repite puntual. Y se transmite con tanta fascinación que bien vale que perdure en los tiempos modernos. Aunque sea de boca en boca.

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