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Telch: "Del fútbol no me quedó nada"

Durante 13 años fue uno de los símbolos de San Lorenzo, en una de las épocas más gloriosas del club de Boedo; a los 55 años, alejado del deporte al que dedicó gran parte de su vida, ahora atiende un comercio para poder vivir

Martes 13 de abril de 1999

El hombre, de unos 50 años, entra al negocio y sus ojos delatan curiosidad y excitación. Pasan unos minutos hasta que se anima a preguntar: "¿Usted es Telch, el verdadero?". "Sí, el mismo", contesta Roberto del otro lado del mostrador de la granja-carnicería que posee a unas cuadras de la estación de tren de Villa Adelina. "Pasa muy seguido, ven el cartel y entran para ver si soy yo, son personas que me vieron jugar y les cuesta creer que ahora esté acá", dice La Oveja.

Mantiene su característico peinado, por el que Juan Carlos Carotti le puso el sobrenombre. "No es que me peinaba o que quise imponer una moda. Me lavaba la cabeza con jabón y cuando se me secaba el pelo me quedaba así", aclara entre risas. De pronto, su humor cambia. Está dolido con el ambiente futbolístico y no esconde las razones. "Soy uno de los jugadores de campo con más partidos. No es lo mismo que un arquero, que no corre, no choca tanto. No sé por qué caí en el olvido, no le hice mal a nadie. Cuando Amadeo Carrizo se fue tres años a Colombia yo le saqué el récord, mirá si habré jugado. Pero mi máxima satisfacción es el reconocimiento de la gente. Ahora elogian a los que juegan 50 ó 60 partidos seguidos, yo jugué 624 y pocos lo recuerdan. Hay algunos periodistas que me rogaban para hacerme una nota; el otro día me crucé con uno y ni me saludó. Eso me duele. Y menos quiero hablar de los dirigentes.", dice Telch.

Después de tantos años en el ambiente, cuesta creer que no quiera volver al deporte al que tanto le dio; es más, hace unos días volvió a tocar una pelota después de tres años. "Fui a un campo con unos familiares y me convencieron. Hicieron 70 kilómetros para comprar una pelota y no les pude decir que no, pero por ahora no tengo ganas de volver a dirigir. Aparte no creo que me llamen, ya está todo armado, yo no tengo representante... y hay muchos en la cola", se queja.

Se confiesa como un amante de las plantas; su casa y su negocio así lo demuestran. En sus momentos libres juega pelota paleta en el club Acassuso, pero pasa la mayor parte de su tiempo en la granja-carnicería de la avenida Ader. "Vivo con lo justo..., del fútbol no me quedó nada. Pude comprar dos departamentos que se los di a mis hijos, nada más. En esta época no hubiera jugado tanto. Hay muchos más golpes y es otro ritmo. Me hubiera salvado económicamente, pero bueno..., antes no había empresarios", señala La Oveja.

Y aparece la nostalgia. Es inevitable la comparación entre una época y otra: "Ahora el DT es más que el jugador. Parece que los técnicos son los que traen los resultados. El trabajo de los entrenadores que vale se hace en la semana, uniendo al grupo, manteniéndolo alegre. Antes, la unión era fundamental; si había un jugador importante y no encajaba con nosotros, o lo sacaban o nos íbamos. Se valoraba al que jugaba muchos años en el club; el histórico tenía mas chapa que el DT. Había mas respeto. ¿Sabés lo que me cuesta entrar ahora en la cancha cuando quiero ver a San Lorenzo? No me cobran, pero me hacen esperar como media hora".

Y sigue con los recuerdos. No puede ni quiere parar de contarlos. "Yo fui histórico, pero no era caudillo, por eso me fui de San Lorenzo. El presidente le entregó un premio al goleador (Héctor Scotta) y otro a la revelación (Oscar Ortiz). Yo era el jugador que mas años estuve en el club y no me reconocieron nada. Les reclamé, peleé por lo mío y no me escucharon", cuenta con bronca.

Sí, el mismo

Parece mentira que ese hombre de 55 años, que todas las mañanas recorre las calles del barrio en una modesta bicicleta para abrir su negocio, sea el mismo que el 3 de junio de 1964 debutó con dos goles en la selección argentina. Fue nada menos que ante el Brasil de Pelé, en San Pablo, en la Copa de las Naciones. "Fue lo más grande. Entré por Mesiano (Pelé le fracturó el tabique) y convertí dos goles. Tenía 20 años y ganamos 3 a 1", señala y muestra la camiseta N° 16 que vistió aquel día.

Las fotos y los recuerdos de un pasado de gloria, propios de una figura inalcanzable, contrastan con la imagen de un presente de lucha y necesidades. Carmen, su mujer y compañera de toda la vida, dice que la mayor virtud de Roberto es que siempre fue igual: "Cuando no tenía nada era sencillo; cuando tuvo todo no cambió, y ahora, que no tenemos nada de vuelta, sigue siendo el mismo".

Y la Oveja le da la razón. "¿Usted es usted?", pregunta otro hombre. "Sí, el mismo", repite Roberto Telch mientras sonríe. Al menos la gente lo reconoce.

River, su padre y el Gasómetro

Son muchas las anécdotas que La Oveja tiene para contar durante la larga charla. Por eso, Telch se zambulle nostalgioso en los recuerdos que marcaron a fuego su vida como futbolista.

"Mi familia es fanática de River. Un día, en el Monumental, jugando para San Lorenzo, yo estaba inspirado. Y mi hermano, que estaba en la platea, me insultó durante todo el partido. Cuando mi sobrino me lo contó lo encaré y se lo recriminé duramente. Se puso a llorar y me dijo: perdoname, pero no dejaste pasar una; sos un h... de p...".

"A mi padre, Ludovico, no le gustaba el fútbol. A él lo divertía ir siempre al hipódromo; le fascinaban los burros. Me hubiera gustado que alguna vez hubiese ido a la cancha a verme jugar..., pero nunca lo hizo."

"Cuando tiraron abajo el Gasómetro me quería morir. Tengo una pedazo de tablón de las viejas tribunas que ahora lo uso para picar carne. Una vez sola pasé por ahí, por Boedo, cuando mi hijo estaba en la colimba, y vi que estaban haciendo un supermercado; la verdad es que me dolió mucho y nunca más volví."

"Cuando debuté en primera división llegué a la cancha en un camión del tío de mi mujer. Era un Ford A, con el que aprendí a manejar. Yo trabajaba en una panadería de noche y a la mañana me pasaron a buscar. Eso da una idea de cómo cambiaron los tiempos."

"Me costó mucho dejar el fútbol, tardé como un año en acostumbrarme a la vida fuera de las canchas. Durante ese tiempo, me rompía los dedos con un martillo y después me iba a correr 15 ó 20 kilómetros."

"Con la plata que cobré por mi primer contrato no pude hacer demasiado. No equivalía ni al precio de un auto."

Por Hernán Finessi De nuestra Redacción

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