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Los peligros de falsificar el pasado

Miércoles 09 de febrero de 2011
PARA LA NACION
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NO hace mucho tiempo, el ex presidente Duhalde, nuestro amigo, puso como ejemplo en un discurso político la moderación de los presidentes Bachelet, Lula da Silva y Pepe Mujica, afirmando del mandatario uruguayo que había padecido años de prisión "por luchar por la democracia".

Más allá de cualquier análisis político o ideológico, se trata de un claro error. El hoy presidente Mujica se sumó a la guerrilla tupamara en los años 60, fue capturado y herido en un episodio violento, participó -entre otras acciones terroristas- del asalto a la ciudad de Pando y se fugó de la cárcel dos veces, la última en septiembre de 1971, cuando con un centenar de sus compañeros construyeron un túnel bajo el muro de la vieja cárcel de Punta Carretas y dejaron al país enmudecido, a sesenta días de la elección presidencial.

Fue aquel un momento trágico para el país y para el propio movimiento subversivo porque el hecho es que la policía, en ocho años de sacrificada lucha, había logrado aprehender a toda la dirigencia tupamara, pero al producirse la fuga masiva, en un momento político tan peculiar, el gobierno no tuvo otro camino que movilizar a las Fuerzas Armadas.

Hasta entonces, el presidente Pacheco Areco había evitado la intervención militar, consciente de su eficacia tanto como de sus riesgos. Ambas cosas quedaron rápidamente en evidencia, a partir de marzo de 1972, en que pasada la elección e instalado el nuevo gobierno, las Fuerzas Armadas derrotaron en siete meses al movimiento subversivo y llevaron a prisión a todos los miembros que no huyeron del país. A esa eficacia militar le siguió su desafuero político, la embriaguez que llevó a esas Fuerzas Armadas, victoriosas dentro de la democracia, a desbordar el sistema y a partir de junio de 1973 instaurar una regresiva dictadura militar.

O sea que nuestro hoy presidente estaba preso cuando irrumpió la dictadura y en esa situación sobrevivió 11 años, hasta su liberación, en marzo de 1985, beneficiado de la amnistía que inauguró el retorno democrático que tuvimos el honor de presidir.

Queda claro, entonces, que él nunca se alzó en armas contra la dictadura y que su lucha fue, como la de todos los movimientos guerrilleros de la época, un intento por llevar adelante una revolución a la cubana en toda América latina. El propio presidente Mujica ha dicho públicamente que cuando vino el golpe "no estaba en la calle para pelear con el pueblo uruguayo, y de eso me voy a arrepentir toda la vida" (Clarín, 27 de mayo de 2007).

Bueno es reconocer -nobleza obliga- que, recuperadas las instituciones, el movimiento guerrillero se fue incorporando a la vida política, creció paso a paso y encontró finalmente en Mujica un líder que añadió, a una actitud moderada, la excepcionalísima capacidad de comunicación que lo llevó al poder. Por cierto, ello merece respeto y aunque se pueda discrepar con muchos de sus actos y dichos, no hay duda de que ha enterrado definitivamente aquella ideología leninista que apuntaba hacia el totalitarismo. Todo el respeto, entonces, a quien es presidente en buena lid democrática. No obstante, como dijera Platón, amigo de Sócrates, pero más amigo de la verdad, el mismo respeto se impone para una historia que nos habla de dos décadas sangrientas de lucha contra una democracia a la que se despreció por "burguesa" y unos derechos humanos que se ignoraron por "formales".

Reiterando ese error que se ha difundido peligrosamente, otro viejo amigo, el presidente peruano Alan García, al recibir la visita de nuestro mandatario, aludió estos días a sus "14 años de prisión por su ilusión en pro de la justicia, por su lucha en pro de la democracia y de la libertad". O sea que se vuelve a confundir la acción guerrillera contra la democracia con una lucha antidictatorial que no existió, porque el golpe de Estado ya lo encontró en la cárcel, juzgado por los tribunales de la democracia.

Es con pesar que formulamos estas aclaraciones. Demasiados desafíos nos acucian como para seguir revolviendo cenizas. Un pueblo que no sabe perdonar se arriesga a repetir su pasado. Como entidad nacional, lo ha sabido hacer Uruguay, que incluso ha ratificado con su voto, por dos veces, la amnistía a los militares. Desgraciadamente, hay demasiada gente empeñada en tergiversar la historia y hasta, como va dicho, han llevado la confusión nada menos que hasta a presidentes. Lo peor es que esta falsificación no queda librada al debate histórico, sino que es el fundamento de actitudes revanchistas que continúan no sólo en Uruguay sino en otros países (no en Brasil, donde Lula ha tenido la sabiduría de desalentar todo intento revisionista). Es más, el propio presidente Mujica ha sido enfático en condenar el sentimiento de revancha pero, desgraciadamente, el mismo sigue inspirando a muchos miembros de su gobierno y a algunos magistrados influidos por ese microclima enfermizo que confunde justicia con venganza.

El autor fue presidente de Uruguay

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