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La culpa no la tiene el scrum

Por Jorge BúsicoPara LA NACION

Jueves 10 de febrero de 2011
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"El scrum es donde todo empieza de nuevo; es la revancha que te da un partido cada 5 minutos". La sabia definición pertenece, como no podía ser de otra manera, a un primera línea. Podría agregarse que ese punto de contacto en el rugby es un partido aparte que disputan ocho contra ocho, pero, muy especialmente, los tres de adelante de cada equipo, que se miran y se respiran a milímetros, y para quienes, a veces, es más importante ganar esa batalla que la que marque el resultado al final de los 80 minutos.

De tanta pertenencia al rugby como el tackle o pasar la pelota hacia atrás, el scrum ha sido, a lo largo del tiempo, una formación emblemática. La Argentina es un ejemplo claro. Varias generaciones Pumas lo tuvieron como un arma decisiva, al punto que debe ser el país más exportador de primeras líneas. Incluso, un maestro como el recordado Carlos Veco Villegas, dio cátedra al mundo en épocas en las que no existían los videos ni Internet. Pero hoy, el scrum parece estar en crisis. En los partidos de primer nivel internacional abundan los derrumbes y las infracciones, y son pocas las pelotas que salen limpias y rápidas de esa formación. Estadísticas recientes del International Rugby Board (IRB) indican que un 60 por ciento de los scrums colapsan en cada test y que cada scrum tarda un promedio de 53 segundos. Esos mismos números arrojan otro saldo que va contra el espíritu del juego: hay, en el scrum, un promedio de 6 infracciones por partido.

Antes del actual Seis Naciones, cuya segunda fecha se disputará este fin de semana, el IRB convocó a una reunión a los entrenadores de los seis equipos para que se comprometan a ponerle fin a esta situación. Se sabe: la FIFA del rugby necesita vender su producto ovalado. Los derrumbes van en contra de atrapar al público que no entiende de este deporte y las interrupciones pueden perjudicar al ritmo que pretende la televisión.

Hay varios elementos para el análisis de esta situación. En primer lugar, no resignar una formación que después del nuevo cambio de reglas es una excelente plataforma de ataque (por donde se debe ubicar la marca del equipo que defiende). Ahí es donde entran las mañas de los primeras líneas, que muchas veces ni siquiera los árbitros pueden descifrarlas. Tampoco estos sancionan con el mismo rigor que en el line, por ejemplo, las pelotas que los medio scrum lanzan "torcidas".

En un excelente artículo que escribió Ben Dirs en el blog de la BBC, Keith Wood, legendario hooker irlandés, señaló al respecto que "el scrum es mágico, uno de los pilares de nuestro deporte. No está matando el juego, pero se ha transformado en un dolor de cuello, y algo hay que hacer". Jorge Yankee Braceras, ex 2 de Los Pumas, fue más allá en un blog doméstico: "El principal responsable de lo que está pasando es la IRB, que priorizó el show del negocio por sobre lo que es el rugby dentro de la cancha". Lo cierto es que el scrum sigue siendo parte de la esencia de este juego. Hay que sostenerlo. No derrumbarlo.

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