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Entrevista con Tomás Abraham

"Kirchner fue el CEO de una corporación"

Enfoques

Filósofo irreverente, Abraham se permite acordar con el kirchnerismo para luego describir todo lo que lo distancia. Cuestiona, sobre todo, su estrategia de falsificación ideológica. Pero como cree que echarle la culpa al poder es fácil, dice que la verdadera tarea es interpelar a una sociedad que lo ha sido todo: procesista, menemista y kirchnerista
Luciana Vázquez
Para LA NACION

Kirchner fue un loco del poder. Menem fue honesto en su frivolidad. Cristina Fernández tiene un futuro de abuela. Los millones de pesos en el fútbol para todos bien gastados están. El kirchnerismo tiene algunos "méritos". El kirchnerismo es "amoral" y falsifica la historia. Nada de compromiso político hay en los estudiantes tomacalles, unos "papanatas" que de estudiar, ni hablar.

Tomás Abraham no perdona: desgrana iluminaciones una tras otras a ritmo de ametralladora verbal. Es filósofo consagrado con diploma en Sociología y Filosofía por la Sorbonne pero se ha ganado la fama de irreverente iconoclasta haciendo filosofía argentina sobre Argentina. "Mi tarea intelectual es interpelar a la sociedad y no al poder", afirma y agrega: "Nuestra sociedad ha inventado el poder para salvarse a sí misma".

Abraham patea tableros y desanda coartadas con total libertad. Se queja del "coro de loros" que forman los intelectuales que le dan letra al gobierno. Sostiene que, para construir el futuro, el pasado a revisar arranca en el 84 y no en los setenta. "En el 84 los políticos recitaban el preámbulo. Había un proyecto. Tenemos que hacer un balance de lo que pasó en estos veintiséis años en todos los niveles. Pero este gobierno, como el de Menem, se ha reído de eso". Combate el horror de los setenta y rechaza abiertamente disfrazar aquellos años en nombre de la "pureza y el ideal".

Le hinca el diente a los temas tabú de la Argentina uno tras otro. Habla del efecto político "bueno" de la muerte de Kichner: "el fin de la dinastía", dice.

En una tarde de febrero, este filósofo sui géneris horneado al fuego del Mayo Francés, de las clases con Foucault, de las drogas, de los viajes por la India y Tokyo, de la disciplina empresarial de Ciudadela, la fábrica de medias fundada por su padre, y con una tartamudez notoria que lo torturó de chico, repasó sin vueltas lo que piensa de la Argentina hoy.

-Quiero plantearle dos temas. Primero apelo a su memoria de empresario, de cuando todavía era parte de Ciudadela. ¿Cómo piensa que le va hoy a una empresa como Ciudadela en épocas de kirchnerismo?

-A un empresa de ese tipo debería irle un poco mejor. Por lo que pasó estos últimos años en Argentina, el mercado se animó. Y las empresas en general están funcionando, no sé si a pleno pero sí están funcionando bien. Hoy los salarios no son buenos pero hay trabajo. Yo creo que el gran desafío que tiene Argentina es que todo el mundo trabaje. Si en el término de siete años un país pasa del veinte por ciento de desocupación al ocho o siete y pico y si la subocupación baja, bueno, algo positivo pasa.

-El otro tema es Fútbol para Todos. Usted que es muy futbolero, ¿está feliz con eso? ¿O le preocupa que el Estado esté poniendo tanta plata en fútbol?

-Me parece bien que el fútbol sea para todos y no creo que sea tanta plata. No creo que doscientos millones de dólares -que es mucho- para que el fútbol llegue a todo el país sea plata mal invertida. El fútbol es algo masivo.

-¿Pero no se podría invertir esa plata en hospitales, por ejemplo?

-Con eso tenemos que demoler también el Teatro Colón. Si terminás con todos los lujos, te quedás con una sociedad pobre pero no mejor. Lo que sí creo que es una obscenidad es la propaganda oficial. Eso sí. Santa Cristina. Debería prohibirse. En realidad el Canal 7 no debería ser del Gobierno sino público. Yo distingo: el canal es obsceno, pero está bien que haya fútbol para todos.

-En síntesis, le reconoce dos logros a este gobierno. Primero la baja de la desocupación y después, el fútbol para todos.

-El fútbol para todos no es un logro del Gobierno. Fue una maniobra. Ahora, la baja en la desocupación sí es un logro porque no depende únicamente de las condiciones internacionales. Es el resultado de haber calentado la economía. Kirchner la calentó aunque todos estaban muy alarmados y pedían que la enfriara. Está bien aunque tiene un costo que es la inflación. Pero toda medida económica tiene un costo. Eso es muy complicado para cualquiera, para Ricardito Alfonsín, para Prat Gay, para Lavagna y para Cristina Fernández. No hay ningún ministro de economía, ningún partido político...

-¿Ni Hermes Binner, que está entre sus preferencias?

-Ni Binner, nadie que tenga alternativas políticas sin agujeros. El asunto es quién los paga y cómo los paga. Este modo de gobernar económicamente ha dado trabajo. Ahora es momento de ver si se pueden hacer pactos políticos para evitar un desmadre que acarree costos muy grandes. Como pasó con el Rodrigazo, con Alfonsín, con Menem.

-¿Entonces la Argentina está mejor que hace siete años?

-¿Que en el 2003? Sí, claro, claro, está mejor.

-¿Y por qué a primera vista se ve una polarización total, con los kirchneristas de un lado hablando loas del modelo y los antikirchneristas del otro, haciendo un análisis totalmente negativo del presente?

-Por ideología.

-¿Usted es antikirchnerista?

-Yo soy una persona libre.

-¿Eso qué quiere decir? ¿Qué a veces es antikirchnerista y a veces no?

-Claro. De acuerdo con mis valores, con lo que pienso, y con ciertas posiciones coyunturales. Los kirchneristas pasan por mi espectro. Yo no paso por el de ellos. A veces coincido y a veces, no. Ahora, en términos generales, no los quiero.

-¿Por qué?

-Porque son unos mentirosos profesionales, porque son amorales. Usan valores muy importantes para ocultar afano. No son honestos. Y cuando uno habla de derechos humanos, de tortura, de genocidio, tiene que ser honesto. Si comprás una Ferrari, no te exijo tanto. Te perdono.

-Es decir, era más honesto Menem en términos de autenticidad que el kirchnerismo.

-Sí. El kirchnerismo falsifica. Estoy de acuerdo con la baja de la desocupación pero no me interesa el kirchnerismo para el país ni para el futuro. Quiero a otra gente aunque no sé dónde está. Además no lo quiero porque invade mucho con los medios de comunicación. Tanto se queja del monopolio. Y porque tiene una corporación cultural que funciona como un coro de loros que le hace el relato, como ellos dicen, una narrativa empobrecedora y falsificadora. Esos son los motivos. Después de eso no les doy tanta importancia.

-¿Cómo es eso de que no son tan importantes?

-Vamos a hablar de peronismo un tiempo, supongo. Hace sesenta años que hablamos de peronismo. Pero no sé cuánto tiempo vamos a hablar de kirchernismo. Menos que de menemismo quizás. Cristina Fernández se va a Santa Cruz a cuidar hijos y nietos... y chau, se terminó el kirchnerismo.

-Es un tema interesante... ¿Quién cree que transformó más la Argentina? ¿El menemismo o el kirchnerismo?

-Los dos.

-¿Pero en sentido diferente?

-En algunas cosas, igual. A Menem le reconozco una autenticidad en la frivolidad.

-No había una instrumentalización de otros valores.

-No. El se abrazaba con el almirante Rojas, con la UCD, y le mandaba naves a Bush... y lo aplaudía Kirchner. Ya sabemos. Vivimos en una sociedad de consumo global y Menem la impuso como doctrina oficial. Dijo: los que son ricos salgan a la calle y no tengan miedo y los que sean pobres, quieran ser como los ricos.

-¿Y el kirchnerismo qué es en términos de legado? ¿Lo contrario?

-Buscó la tradición nacionalista y popular, otra especie de liturgia, el lenguaje de Evita. Buscó eso para encontrar una legitimidad. ¿En dónde iba a encontrarla en el año 2002, 2003? ¿Había alguna autoridad en la Argentina ante la cual la gente se sacara el sombrero? Ninguna. El "que se vayan todos" era una muy buena frase porque estaba diciendo "afuera, todos". No se refería a los políticos sino a la estafa de todos. Entonces sólo quedaban las Madres de Plaza de Mayo y las Abuelas. Las víctimas. En la única en la que te podés legitimar es en la víctima y Kirchner la vio. Abrió la ESMA. Expulsó a Alfonsín. Ensució a Strassera, al fiscal Molina. Y se apropió de ese campo y dijo: yo les prometo juicios. Una legitimidad muy importante porque acompañando a las Madres y a las Abuelas siguieron los actores, algunos diarios, intelectuales y hasta ahora los tiene agarrados con la culpa de los setenta.

-¿Y usted por qué no se subió a eso? ¿Vio el truco?

-Porque era una estafa. Lo vi enseguida porque sacaban la bandera de los Monto y hablaban de la juventud maravillosa de los setenta como si yo hubiera estado en la China. Los setenta fueron horribles. La ideología era horrible. El querer el poder total por las armas es algo que no le podés decir a la juventud salvo con una lectura crítica, que no es una lectura condenatoria. No es los dos demonios, toda esa pavada. Es crítica.

-¿Cuál sería una lectura crítica?

-Que no hay que repetir eso. Que es muy importante que haya un gobierno constitucional, que es muy importante la república y la ley, que no hay que creer que todo se reduce a un aparato jurídico y a una gran mascarada y que el poder está en otro lugar. Resignificar esa época de mucha violencia y mucha sangre en nombre del ideal y la pureza moral está mal. Y peor si eso lo hace gente que no formó parte y no arriesgó. Nuestra fecha más importante no se sitúa en los setenta, ni es el 76, sino el 84.

-El regreso de la democracia.

-Sí. Tenemos que hacer un balance desde ahí: dos presidentes depuestos, un mes con cinco, un presidente de facto, Duhalde y dos presidentes reelegidos por vía personal o delegada, uno innombrable.

-Para el Bicentenario hubo muchas omisiones en la reconstrucción histórica que hizo el gobierno nacional. Una de ellas fue eliminar la figura de Roca y estigmatizarlo como un genocida. ¿Hay algo de acertado en esa lectura o es absolutamente anacrónica?

-La historia sirve para comprender el presente. Y para comprender que siempre hubo un presente. Roca era un presente y los presentes son muy complejos. Están plenos de dilemas. Un dilema no es un problema. El problema tiene solución. En cambio, un dilema no la tiene. Obliga a tomar decisiones. Tiene costos. Que Roca haya sido una especie de carnicero para unos y que para otros sea el que constituyó el Estado argentino porque si no Argentina sería la cuarta parte de lo que es porque una buena parte la tendría Chile... Yo creo que discutir en esos términos como si estuviéramos con el Dante en el Paraíso no tiene sentido. Ni Roca fue un carnicero ni Sarmiento quería matar gauchos ni los montoneros fueron los héroes ni fueron los malditos. Esas interpretaciones vuelven a la gente maleducada.

-Ignorante.

-Ignorante no es el que no sabe. Es el que cree que sabe. Y muchos historiadores y muchos periodistas y muchos políticos son fábrica de ignorancia. Muy pocos historiadores han sabido comprender el dilema de los procesos históricos. Uno de ellos es Halperín Donghi. Puede haber otros. Pero en general los historiadores tienden a confortar al público lector y al alumnado con películas donde por supuesto aquel que habla es blanco. Y todos nos salvamos. Lo cierto es que nuestra sociedad en general jamás se ha interpelado a sí misma. Siempre ha interpelado al poder. Ha inventado al poder para poder interpelarlo, para salvarse a sí misma. Mi tarea intelectual es interpelar a la sociedad y no al poder. Es tan fácil interpelar al poder. Es tan fácil encontrar las cosas que hace mal, a quiénes quiere beneficiar y perjudicar y decir "me somete". Lo más difícil es hablar de la comunidad a la que pertenecemos. Por qué fue menemista, por qué lo votó dos veces, por qué fue procesista, por qué creyó en la paz de los cementerios, y no me refiero a cuatro tipos, sino a mayorías. Por qué la misma gente se da vuelta. Por qué Néstor Kirchner era menemista y después hizo otra cosa. Interpelarse como sociedad no para botonear, que es una especialidad de tantos, sino para pensar y no repetir. Pero como eso es muy complicado, o botoneamos o escondemos. Esa es la alternativa.

-Tomás, ¿la muerte de Kirchner cambió totalmente el escenario?

-Cambió el escenario.

-¿A favor o en contra?

-Cambió el escenario... (Pausa larga.)... No le deseo la muerte a nadie. Pero no me puse triste. Tampoco, en ningún momento, contento. Para mí se murió un CEO de una corporación. No me pongo ni triste ni contento porque se muere un CEO de Wallmart. Eso fue Kirchner, un CEO, un hombre de corporación al que sólo le interesaban la plata, el poder y estar arriba. Hay muchos locos de esos. Después la presión les sube, tienen infartos, se mueren. Pero creo que políticamente fue bueno porque le puso fin a una dinastía. Es el tema del 84, que había arrancado en el 82 con las Malvinas: fue el fin de un régimen que no había empezado en el 76 porque ¿hacía cuánto que no se hacían las cosas bien? Bueno, Alfonsín dijo: vamos a hacer algo distinto. Creyó en la modernidad, en la tolerancia, con la democracia se come... No nos dijo qué... Pero empezábamos algo. La idea era no repetir dictaduras, corrupciones y una Argentina que había agotado sus proyectos. En el 84 los políticos recitaban el preámbulo. Había un proyecto. Han pasado veintiséis años. Tenemos que hacer un balance de lo que pasó en estos veintiséis años en todos los niveles. Pero este gobierno, como el de Menem, se ha reído de eso.

-Y en el medio, no se da un debate profundo sobre temas centrales como la educación pública, por ejemplo.

-Porque la sociedad está fragmentada en sectores con poder que defienden sus propios intereses y son invencibles. La Cetera es invencible. Pero la educación argentina es un problema y los chicos entran a la universidad con lagunas de ignorancia en todo, desde las matemáticas hasta el lenguaje.

-¿Cómo ve las protestas de los estudiantes secundarios tomando calles para reclamar mejoras edilicias?

-Por un lado está el protagonismo mediático, lo de Warhol. Y por otro lado están las manipulaciones. La protesta del alumnado porque los techos se caen fue organizada contra Macri porque la verdad es que los techos se caen más en lo de Scioli. ¿O vos creés que en Lanús tienen un campus como en Yale? Y todos dicen ay, los chicos se revelan, se interesan por la política. Son todos unos papanatas al servicio de una política barata. Piden calefacción... Yo me pregunto cuánto estudian.

-Sí, no se los ve muy preocupados por reclamar mejoras en la calidad educativa.

-Ese es mi tema vocacional: la pasión por el estudio. Estudien. Hay todavía una idea de que las ciencias duras son propias de países tecnócratas mientras nosotros somos humanistas y enseñamos derechos humanos y educación sexual a los chicos de seis años. Un profesor de biología hoy no es valorado porque enseña muy bien biología sino porque contiene a los alumnos, porque los derechos humanos, porque tiene muy buena relación con los padres y la biología importa cero. La labor profesional no le importa a nadie: todos somos ciudadanos derechos humanos mientras se destruye todo. Se te muere toda la educación. Ahora eso sí: la tortura y los setenta y el juicio a los genocidas y Benjamín Menéndez en cana y la foto de Videla y todo eso? eso es jugar al pasado con pérdida. No ganás nada.

© LA NACION

MANO A MANO

No sé como viste un filósofo. No sé cómo luce. Pero no necesariamente de túnica blanca y con la mirada perdida en los cielos. Tomás Abraham es uno de ellos pero en un día de verano porteño lleva bermudas y chomba azul oscuro y zapatillas que, si fueron de marca, ya no se nota. Un entrecasa de adolescente rebelde de barba crecida y rulos domesticados que se encierra en su loft en pleno corazón de Palermo sensible a leer y estudiar rodeado de libros, recortes, fotos, discos. Lo encontré bronceado al filósofo, levemente. Acababa de llegar de su chacra uruguaya -del Uruguay profundo, no de Punta- donde tiene "aves de corral", como le divierte decir, y unos "pingos" que no monta.

No hay nada etéreo en este Abraham maduro. Es obvio que de joven le daba para ser modelo. Pero se hizo filósofo. Aunque la foto le importa. "Quiero ver la foto", me dice entre serio y risueño cuando termina las dos horas de entrevista y el fotógrafo termina su tarea.

No es etérea su apariencia ni la filosofía que practica. Al contrario, le clava el cuchillo a la realidad olvidado de cualquier categoría abstracta y teórica. La filosofía ha decantado en Abraham en la libertad de la mirada con la que desmonta las falacias de la realidad. Tiene una conversación llana y cruda y jugosa, plagada de revelaciones, muchas hilarantes, sobre lo que miramos sin ver. Eso también está en los mejores de sus libros filosóficos sobre el país, Historias de la Argentina deseada y La empresa de vivir..

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