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Retrato global de la vejez

Quino PetitEl País

Jueves 17 de febrero de 2011
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MADRID

"Tengo ochenta años y he visto pasar la vida a 160 kilómetros por hora. Nuestra cultura desapareció con la llegada de los supermercados. Aquellas tiendas de la esquina y todo lo que ayudaba a forjar la relación entre vecinos fue devorado por la televisión y los supermercados. La gente toma hoy asiento frente a las pantallas y levanta alambradas alrededor de sus casas, como si tuvieran miedo de ser secuestrados dentro. Por eso, cada mañana toco la trompeta subido a una bicicleta y despierto a todo el vecindario." Así es Ryann, un irlandés octogenario y animoso.

"Las estrellas son entidades absolutamente positivas que viven muy, muy lejos, y a nadie disgustan. Nunca oirás a alguien decir: «No me gustan las estrellas»." La francesa Joséphine habla mientras abraza las hojas de un árbol de raíces africanas plantado en el jardín de su casa. Muy lejos de allí, Pushkar, un indio majestuoso que ostenta un haveli o palacio de la región de Shekhawati, confiesa: "Cuanto más viejo te haces, más empiezas a pensar en tu infancia. Abandonar a los que nos trajeron al mundo es como asesinarlos antes de morir".

La idea era soñar. Por medio de palabras e imágenes. Soñar con la libertad, porque quizá nunca fuimos tan libres como cuando tuvimos inocencia. El fotógrafo y escenógrafo francés Nicolas Henry ha invitado a éstas y a otras personas longevas a echar la vista hacia atrás y reflexionar sobre lo que queda del niño que un día fueron. A tal fin, les propuso un juego: recrear las cabañas en las que hoy guardarían sus secretos, sus tesoros, lo que custodian a buen recaudo y mejor los representa. El resultado es Les cabanes de nos grands-parents (Las cabañas de nuestros abuelos), una bellísima colección de fotografías que componen un retrato de la humanidad a través de la vejez.

Desde el desierto de Mali hasta un jardín de Sydney. Desde el suntuoso palacio de un descendiente de mercaderes en Rajastán hasta un suburbio de Shanghai. Desde los amuletos de un hechicero de Vanuatu, en el Pacífico Sur, hasta la barca de pesca del brasileño Raymundo Germano da Cruz. Un gran teatro del mundo de nuestros mayores. Decorados que narran los sueños que habitan junto a sus jaimas, saris, sombrillas, fotos enmarcadas o libros de páginas amarillentas. La riqueza y la pobreza. La ostentación y el recato. El recuerdo de largas vidas entre praderas, montañas, volcanes, rascacielos, palacios, chabolas y árboles, decenas de árboles viejos y recios, poblados de ramas legendarias y rebosantes de sabiduría.

"Todo cambia demasiado deprisa. He querido fijar la historia de un mundo que quizá mañana habrá desaparecido", explica Nicolas Henry desde París. "Naturaleza. Tradición. El significado de la madurez, de la transmisión de valores de unas generaciones a otras. Algunas de estas personas hablan lenguas que sus nietos nunca aprenderán. Pero este proyecto también ha supuesto volver al jardín de la casa de mis abuelos, donde yo jugaba de niño."

Todo empezó en ese mismo hogar de Rambouillet, 50 kilómetros a las afueras de París. Nicolas reprodujo allí en 2003 los escenarios de su infancia y fotografió a sus abuelos dentro de ese rincón de la memoria. Animado por el artista Christian Boltanski, uno de sus profesores en la escuela de Bellas Artes de París, decidió multiplicar aquellos dos retratos representando una escenografía diferente con cada nuevo personaje.

Eso fue lo que hizo durante 2005 con otros 40 ancianos franceses. También fotografió a decenas de abuelos en sus cabañas durante años mientras participaba en la odisea de Yann Arthus-Bertrand titulada "Seis mil millones de otros" ( www.6milliardsdautres.com ), una mirada hacia los habitantes del planeta a través de 5000 entrevistas filmadas en 75 países. Finalmente, entre 2009 y 2010, Nicolas dio la vuelta al mundo con su ayudante Tomás para culminar otros 160 retratos. El proyecto terminará el mes próximo, cuando comience a escribir las reflexiones de los protagonistas de estas imágenes, que tiene previsto publicar en un libro de la editorial Actes Sud. El momento no puede ser más oportuno para reflejar una realidad: avanzamos sin freno hacia un mundo más envejecido.

Hace diez años, Alexandre Kalache alertaba desde la Organización Mundial de la Salud: "El mayor desafío demográfico de las próximas décadas será el envejecimiento de la población, que se agravará primero en el mundo desarrollado y después, cada vez más, en los países en desarrollo". La inversión de la pirámide de la población ya ha sido calificada por muchos sociólogos como un terremoto demográfico. Las Naciones Unidas estiman que a mediados de este siglo el número de personas mayores de 60 años sobrepasará al de menores de 14. Para entonces se prevé la estabilización del crecimiento acelerado de la humanidad, con la presencia de más de un 20% de mayores de 60 años en todo el mundo. Una comunidad al alza. Aumenta la necesidad de recursos económicos y sociales, así como la aparición de enfermedades asociadas a esos tramos de edad. Pero más allá de estereotipos, la vejez también supone para algunos "una oportunidad". Así lo afirma Carme Triadó, de 68 años, coordinadora del grupo de investigación de gerontología de la Universidad de Barcelona: "Existen muchos mitos al respecto. En las sociedades occidentales, ser mayor se ha visto como algo negativo. Los medios de comunicación tienen mucho que ver en esto. De los niños, todo lo que sale es bonito. No ocurre lo mismo con los jóvenes y las personas mayores. Alzheimer. Dependencia. Soledad. Es cierto que los hay dependientes, pero a menudo se olvida que en Occidente un 60% de personas mayores de 65 se encuentran bien. Muchas se implican socialmente. Y son productivas, aunque no reciban un sueldo por actividades como el cuidado de nietos o la colaboración ciudadana de voluntariado, la solidaridad intergeneracional o con las ONG".

Triadó está convencida de que el horizonte hacia el que nos encaminamos representará un mundo mejor. "Si no ocurren cosas raras, epidemias o catástrofes, los que hoy tienen 20 años estarán mejor que sus abuelos cuando lleguen a esa misma edad", afirma. "El reto es investigar cómo se sostendrá económicamente una sociedad longeva. Antes, alguien se jubilaba a los 65 y se acababa todo. Ahora podemos encontrar a personas con más años de jubilación que de vida laboral. Irremediablemente, habrá que trabajar más años."

Ajenos a estos planteos, los personajes retratados por Henry se han animado a jugar frente a la cámara (se los puede ver en www.nicolashenry.com ). El juego era para Montaigne el más serio de los actos que puede realizar un niño. Jesús Palacios, catedrático de Psicología Evolutiva de la Universidad de Sevilla, considera que jugar en la edad tardía constituye una oportunidad de recuperar nuestro cerebro más primitivo: "Con el paso del tiempo, a medida que las capacidades de la lógica o el autocontrol se debilitan, despiertan partes del cerebro que han permanecido dominadas por las capas más externas del mismo. Gana presencia la emotividad y desaparecen los condicionantes que a partir de los seis o siete años de vida comenzaron en su día a mitigar la necesidad de jugar, tales como las reglas, la competitividad o la limitación temporal".

Con esta monumental obra de teatro sobre la veteranía universal, Nicolas Henry ha encumbrado el juego como oportunidad de recuperar la frescura, la vitalidad y la inocencia. Quizá por eso nos llega tan puro el mensaje de los hombres y mujeres a los que ha retratado. "Las fronteras son líneas imaginarias que sólo existen en la mente; la tierra debería pertenecernos a todos nosotros", susurra Fadimata desde la noche desértica en Mali. "Nada en la vida es eterno. Hubo días en los que tuve que vender mis zapatos o mi manta, y otros en los que coseché el fruto de la tierra. Los niños son nuestra única riqueza, porque hoy muchos de los grandes árboles han desaparecido", añade Mamoudou desde Burkina Faso. A modo de traviesa despedida, Julia y sus compañeros de partidos de voleibol en Rusia proclaman: "Si el silencio impera, no sentimos nostalgia, simplemente nos consideramos felices por permanecer juntos. Sueño con que algún día mis amigos y yo saltemos en paracaídas vestidos con nuestros uniformes de voleibol. ¡El viento nos hará cosquillas!".

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