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Editorial I

La familia y los valores morales

Opinión

Un problema que se ha vuelto a instalar en el centro de las preocupaciones del hombre de este tiempo es el que se vincula con el estado actual de la relación entre la cultura social predominante y el mundo de los valores.

La mayor parte de los conflictos que desgarran a las sociedades en este tramo final del siglo XX, tan cargado de incertidumbres y de inseguridades, tiene su origen en el avance de concepciones impregnadas de un creciente relativismo moral.

Si se siguen avasallando los derechos humanos en tantos lugares del planeta, si la violencia sigue prevaleciendo sobre la razón, si la guerra sigue siendo una manera inevitable de dirimir los desacuerdos internacionales, ello se debe -en una medida fundamental- a la ausencia de principios basados en el acatamiento de un orden moral objetivo e inequívoco.

Si tantas sociedades se ven perturbadas por el crecimiento de una delincuencia irracional, que demuestra no tener el más mínimo escrúpulo y que llega a extremos sombríos de sadismo y crueldad, como lo estamos comprobando a diario los argentinos, la causa hay que buscarla en la irrupción de generaciones humanas desconectadas de toda posibilidad de distinguir entre el bien y el mal, probablemente porque crecieron al abrigo de una visión utilitaria y relativista de las cosas, huérfana de toda creencia en los valores estables y en la sacralidad de la vida humana.

Si ante los efectos devastadores de las crisis económicas tarda en asomar un sentimiento de solidaridad capaz de atenuar el sufrimiento de los sectores más desprotegidos, ello obedece a que falta en las franjas sociales con mayor poder de decisión un sistema de pensamiento fundado en el reconocimiento de valores éticos objetivamente ciertos.

El relativismo moral se ha visto favorecido, entre otras causas, por la tendencia a la disolución de la familia, que es el ámbito natural en el que se transmiten los principios y las nociones de orden moral sobre los cuales se construye el andamiaje de una sociedad fundada en la convivencia y en el respeto a la dignidad de las personas.

Cuanto se haga para fortalecer a la familia, célula del organismo social y reducto espiritual en el que se templan el carácter y el respeto a los valores más nobles del espíritu humano, contribuirá de manera decisiva a erradicar los factores que conspiran contra la armonía y el entendimiento social. El debilitamiento del grupo hogareño está en el origen de la mayoría de los males que corroen a la sociedad de este tiempo:la delincuencia juvenil, la corrupción, la desorientación de los jóvenes, el avance de la drogadicción, la pérdida del sentido de la vida.

La avalancha de delitos cometidos por menores de edad -un fenómeno que está cobrando terrible virulencia en nuestro país y también en otros lugares del mundo- obedece en la mayoría de los casos al descalabro de ciertos principios éticos básicos como consecuencia de la crisis que atraviesa la familia, que ha dejado de ser un ámbito de contención y de acompañamiento para los niños y adolescentes en proceso de maduración.

El rol del hogar en la transmisión y conservación de los valores morales requiere un análisis profundo y desapasionado. A ese tema central de nuestro tiempo dedicará mañana La Nación un suplemento especial de 24 páginas, en el cual prestigiosos especialistas examinarán las cuestiones más candentes de la relación entre padres e hijos y de otros aspectos vinculados con la problemática familiar y educativa.

Ante la declinación alarmante de las reservas morales y culturales capaces de frenar los peores instintos del alma humana, no hay seguramente mejor estrategia de largo alcance que la defensa y la preservación del núcleo familiar, ese espacio primario en el que se construyen los cimientos de la personalidad y se planta la semilla de los valores que habrán de modelar y regir los comportamientos de las generaciones venideras. .

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