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Ayuno

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PARA LA NACION
Domingo 27 de febrero de 2011
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La pantalla de la computadora muestra una puesta de sol sobre el océano, acompañada por el sonido de las olas. Un anuncio nos indica que no debemos tocar nada en el equipo y un contador marca el transcurrir de los segundos. Sólo hay que contemplar esa escena resistiendo la tentación de consultar el correo electrónico, de participar en alguna red social, de hablar por teléfono. Al cabo de dos minutos aparece un cartel felicitando al observador, que, cual Ulises moderno, sentado en su silla, ha logrado resistir el canto de las sirenas tecnológicas. Ha conseguido perderse en sí mismo, una rareza en nuestra época. Este ingenioso artilugio, diseñado por el británico Alex Tew para no hacer nada durante dos minutos (así se llama el sitio), nos recuerda que, más allá de las pantallas que nos proporcionan la ilusión de eficacia y nos permiten sentirnos muy ocupados, está la realidad. Esta no es virtual y nosotros tampoco lo somos.

Tomamos conciencia así de lo que señala David Levy, profesor de la Universidad de Washington, en su trabajo Sin tiempo para pensar: "El ritmo acelerado de la vida moderna está reduciendo el tiempo del que disponemos para la reflexión. Sin embargo, un aspecto positivo de los desarrollos actuales es que el énfasis puesto en las prácticas que sostienen que cuanto más rápido, mejor nos está forzando a advertir su naturaleza destructiva. Necesitamos el equivalente de los bosques protegidos para cuidar nuestro ecosistema mental." Es nuestra libertad la que se pone en venta crecientemente en la sociedad actual.

Pero la responsabilidad no reside sólo en los adminículos que nos rodean. Somos nosotros quienes nos hemos dejado convencer, tal vez con demasiada ligereza, de que a cada instante, en algún lugar del planeta está ocurriendo algo trascendental para nuestras vidas. Pensamos que si no logramos saberlo de manera instantánea, seremos incapaces de interpretar el mundo y las personas. El prestigio que han adquirido las noticias se basa en esa presunción de que nuestras vidas se encuentran permanentemente en riesgo de sufrir una transformación crítica debido a la acción de las dos fuerzas que modelan la historia actual: la política y la tecnología. Lo sostiene Alain de Botton, ensayista suizo que trabaja en Londres, que también ha señalado que pagamos un precio muy elevado por esta actitud, a la que define como "promiscuidad con la novedad". Perdemos la capacidad de concentración y sacrificamos así la posibilidad de plantearnos los eternos dilemas humanos, ahogados como estamos en la información a la que, cada día más, nos cuesta encontrarle un sentido. David Meyer, profesor de psicología de la Universidad de Michigan, experto en percepción y aprendizaje, señala que "nos enfrentamos a una plaga cognitiva capaz de anular la capacidad de concentración y el pensamiento productivo de una generación entera".

Son muchos quienes, en todo el mundo, están señalando la conveniencia de hacer un "ayuno informativo", una dieta que, aunque contraria a nuestros impulsos naturales, debería ser aplicada no sólo a la alimentación sino a la información, la gente y las ideas. Es que, al igual que el cuerpo, la mente necesita periodos de ayuno, de ocio. "Como en el caso del colesterol, hay un tedio bueno", señala el escritor y periodista italiano Armando Torno.

Atraídos por la alternativa de vivir expuestos en la escena pública, parecemos olvidar que nuestra interioridad se basa en la conquista del propio tiempo. Como lo expresara Virginia Wolff, "es en el ocio, en el sueño, cuando la verdad sumergida a veces emerge a la luz". Reconquistar nuestro tiempo, supone defendernos de la nueva agresividad que ejercen sobre nosotros las modernas herramientas de comunicación al brindarnos sus indiscutibles poderes. Debemos reaprender a concentrarnos, deteniéndonos a pensar sin sucumbir a la creciente ansiedad por sumergirnos en el mundo de las máquinas.

revista@lanacion.com.arEn Twitter: @jaim_etcheverry

El autor es educador y ensayista

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