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El drama humanitario en la frontera, a punto de estallar

Ya hay 30.000 refugiados en campamentos de Túnez y el número sigue en aumento

Domingo 27 de febrero de 2011
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Mayte Carrasco Para LA NACION

RAS AJDIR (Frontera entre Libia y Túnez).- "¡Nos abandonaron a nuestra suerte!", dice un hombre de unos 60 años, gritando a un soldado tunecino que escucha su protesta con un gesto de impotencia.

Es uno de los miles de refugiados egipcios que escapó de Libia y que espera en un campamento militar instalado por las autoridades tunecinas un transporte que lo devuelva a su país.

Unos hacen largas colas para que un funcionario anote sus nombres en una lista. Otros se agolpan frente a uno de los pocos ómnibus destartalados disponibles. Cuando abre la puerta, se empujan y se pelean para poder subir, mientras por detrás algunos se cuelan por las ventanillas. Desde una colina, se observan miles de personas sentadas sobre grandes valijas, tapados con mantas bajo un intenso frío.

El campamento cuenta con una decena de tiendas de campaña, dos camiones que reparten pan y leche y un puesto médico. "Estamos preparados para cualquier emergencia médica. Pero hasta el momento no han venido muchos heridos, seguramente estarán bloqueados en la frontera dentro de Libia", asegura el coronel médico Essoussi, responsable de las instalaciones.

Según Hoda Shalchoul, vocero del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur), se espera la llegada de ayuda humanitaria procedente de España y de otros países. "Nos envían carpas para dormir, colchones y camas, que es lo más urgente."

Los más numerosos aquí son los egipcios, cuyas autoridades diplomáticas están desbordadas por la huida masiva de sus ciudadanos y el problema de la repatriación, que se organiza lentamente a través de barcos que zarpan de la costa de Túnez.

"Necesitan sobre todo mantas, comida y un techo, porque hace mucho frío", explica la brasileña Iona Barbero, de la ONG Acción para la Cooperación Tunecina (ATC).

Aquí pueden ser tratados también por psicólogos que los atienden para poder lidiar con el estrés postraumático de los que sufrieron ataques o fueron testigos de los asesinatos masivos de la población.

En una de las tiendas se alberga una familia con dos niños pequeños, de cinco y siete años. Tienen la mirada perdida y el menor lleva el dedo vendado. "Libia ahora mismo es un infierno. Las calles están llenas de sangre. Sangre por todos sitios", dice el padre, Mohammed, a punto de salir a buscar leche para los suyos.

Ríos de gente

El campamento es un oasis comparado con el caos que se ha apoderado de la frontera de Ras Ajdir. Ríos de gente desfilan en masa con sus cosas a cuestas, muebles y hasta televisores envueltos en mantas.

La mayoría son trabajadores extranjeros egipcios, africanos o asiáticos, alimentando las arcas del país de los Khadafy con su trabajo. El dictador se ensañó con ellos: lanzó una ofensiva específica en su contra por considerar que instigaron la revolución.

Los más afortunados son los asiáticos. Sus empresas se organizaron a la perfección para enviarles transporte y ayuda diplomática. Una larga hilera de ómnibus los espera a tan sólo unos pocos metros de la salida del puesto de control libio, incluso antes de cruzar el tunecino. Haciendo cola, sonríen felices al verse fuera de un país al que no quieren regresar nunca más.

"Lo único que quiero ahora es llegar sano y salvo a mi país", dice un tailandés mientras camina hacia el micro que le enviaron sus jefes. Alrededor de 30.000 personas han salido por este enclave por la ruta. Es una avalancha compuesta en su mayoría, según el Acnur, por tunecinos, egipcios y chinos.

Sin embargo, los libios son sólo algunos centenares; parece que prefieren quedarse en su país por miedo o para participar de algún modo en el momento histórico que atraviesa la nación.

En esta frontera se espera la llegada de más refugiados por la tensa situación que se vive en el oeste del país y, sobre todo, el avanzado estado de la rebelión de Zawiya, ciudad a las puertas de Trípoli.

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