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Cristina y la fiesta de los bancos

Miércoles 02 de marzo de 2011 • 10:15
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PARA LA NACION
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Tal como nos tiene acostumbrados, el discurso de Cristina Fernández de Kirchner en el día de ayer fue una gran pieza de oratoria. Personalmente, me resultó inspirador escuchar la enumeración de algunos importantes logros de estos años: un período de crecimiento récord (independientemente de válidas discusiones respecto de sus causas); la renegociación de la deuda y el proceso de "desendeudamiento"; la universalización de los beneficios previsionales (a pesar de sus errores de diseño); la implementación de la Asignación Universal por Hijo, la sanción del casamiento igualitario (más allá de que su enunciación no fue del todo feliz), y la confrontación con ciertas corporaciones que en el pasado han mostrado una clara tendencia a abusar de su posición de poder. También me sonaron refrescantes algunos toques claramente personales de la presidenta, tal como su postura frente a determinados comportamientos de los sindicatos.

Sin embargo, fue llamativa la gran cantidad de cifras económicas utilizadas que resultan engañosas cuando no directamente equivocadas, junto con la acumulación de errores conceptuales en esa materia. Nadie exige que un primer mandatario domine todas las disciplinas relacionadas con el quehacer estatal, pero sí que sus principales asesores impidan que yerros groseros queden registrados en un acto de este calibre.

Particularmente frustrante me resultó todo lo atinente a la inflación. Y no se trata solamente -como dijo la oposición- de la falta de mención de un tema que desde hace unos años constituye el principal problema económico de nuestro país, tanto por su impacto cotidiano como por su impacto futuro. En definitiva, eso no hace más que reflejar que el Gobierno no tolera que la cuestión se discuta siquiera internamente y que los actuales funcionarios no se animan ni a levantar la voz al respecto.

Lo más grave es que, de guiarnos por la alocución presidencial, el Gobierno no alcanza a comprender las causas y las consecuencias de la dinámica inflacionaria. Sólo así se entiende que se adjudique ciertos méritos o que critique comportamientos ajenos cuando tanto unos como otros son consecuencia de la elevada inflación que padecemos y frente a la cual nada se hace.

La mentada recaudación récord es producto del incremento de los precios. La acumulación de reservas es otra cara de la emisión desenfrenada de un Banco Central de la República Argentina (BCRA) que alimenta el proceso inflacionario. El boom de consumo con tarjetas de crédito –que nuestra mandataria llamativamente calificó de popular, cuando el 40% de la población sufre la informalidad laboral y está excluida del sistema financiero- también está disparado por las expectativas de aumento de precios. Y la supuesta tendencia a la "desprimarización" de nuestra economía -algo no verificado en la práctica- irá pronto en sentido inverso producto de una inflación que nos hace perder competitividad mes tras mes.

Una crítica similar le cabe a la diatriba presidencial respecto de los bancos. Es cierto que en 2010 éstos obtuvieron ganancias por casi $12.000 millones y que no los han logrado dando más y mejores créditos, extendiendo los plazos o creando nuevos nichos de negocio. De hecho, los han ganando gracias a una política pública que genera inflación.

En todo mercado, cuanto mayor es la oferta de determinado bien menor es su precio. Y con el dinero ocurre igual. Por eso cuando el BCRA imprime billetes a un ritmo desenfrenado, baja la tasa de interés que los bancos te pagan para que les confíes tus ahorros: hoy esa cifra es de apenas 4% anual (¡una sexta parte de la tasa de inflación!).

El año pasado el BCRA emitió la friolera de $67.000 millones. Sin embargo, también procedió a retirar del mercado $27.000 millones vendiendo Lebac y Nobac que los bancos compran. Esos títulos rindieron 14%, más de tres veces el costo del dinero para los bancos. Esta diferencia sola les permitió embolsar $3000 millones

Con inflación alta escasean los créditos a largo plazo y además la gente prefiere adelantar sus gastos. Así, es natural que el sistema se concentre en prestar para el consumo a través de créditos personales, prendarios y de las tarjetas de crédito. Y como el costo financiero promedio de éstos supera el 40% (es decir diez veces más que lo que les cuesta obtener los depósitos), el nicho resulta sumamente redituable.

Finalmente, el Estado se beneficia fiscalmente de la inflación y elige estimular artificialmente el crecimiento. Ambos elementos hacen subir el precio de los títulos públicos, lo cual genera jugosos beneficios a las entidades que los tienen en cartera.

Así mientras todas las familias argentinas, en particular aquellas de menores recursos, padecen el aumento cotidiano de los precios, los bancos llenan sus arcas con dinero proveniente del mismo pozo. Otra destacable faceta del progresismo de la inflación que algunos parecen o eligen ignorar.

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