Autor: Oscar Wilde / Traducción y versión: Graciela Castellanos y Hugo Alvarez / Intérpretes: Gustavo Pardi, Julio Tortosa, Enrique Papatino, Marta Paccamici, Josefina Viton, Graciela Cluso, Dolores Sierrra, Paula Colombo, Judith Buchalter y Hugo Álvares / Escenografía: Eduadro López Alvarellos / Vestuario: Claudio Pérez / Coreografía: Karina Kogan / Música: Julio Scalise / Luces: Daniel Bustamante / Muñeco: Lorena De La Fuente / Producción ejecutiva: Carina Solari / Puesta en escena y dirección: Hugo Álvarez / Sala: Corrientes Azul, Corrientes 5965 / Duración: 95 minutos
Nuestra opinión: buena
Marcel Duchamp le pintó bigotes a Mona Lisa, con lo cual acreditó que su sentido del humor plástico no superaba la edad de 8 años, en tanto que la dama pintada por Leonardo sigue sonriendo hasta hoy, sin inmutarse, aunque algunos críticos tomen aquella travesura en serio. Las obras que calificamos de clásicas no lo son por inmutables, sino por renovar, a través del tiempo, su significado y sus interrogaciones. Algo de esto ocurre con esta deliciosa comedia de Wilde, un juego teatral aparentemente ligero y hasta frívolo, pero que contiene una bomba de tiempo, la cual, lamentablemente, estalló en las manos de su autor. No existe más formidable requisitoria contra las convenciones y los prejuicios de la sociedad victoriana que el interrogatorio de lady Bracknell a Jack Worthing, aspirante a la mano de su hija Gwendolin; los victorianos se tomarían su venganza no mucho después, llevando a Wilde a la cárcel por alardear de costumbres por entonces consideradas criminales. Pero el interrogatorio es válido hasta hoy.
A la manera de Duchamp, Hugo Alvarez encara esta versión de La importancia... con adecuado ánimo festivo y cierta dosis de extravagancia. Menos por las alteraciones cronológicas, que no se notan mucho -la acción comienza a fines del siglo XIX y llega hasta hoy-, sino por haber duplicado a las dos damas jóvenes, Gwendolin y Cecily, sin razón aparente. En cambio, acierta al confiar a un mismo y eficaz actor cómico (Julio Tortosa) los papeles de dos criados cuyos rasgos étnicos hablan del imperio que se derrumbaría tras la Segunda Guerra Mundial. La puesta tiende a la farsa y llega a la caricatura en Lady Bracknell, pero el personaje es inmortal y, pese al exceso de indumentaria, Marta Paccamici saca de él buen partido, lo mismo que Judith Buchalter como la culpable Miss Prism. Los dos protagonistas varones compiten en la afectación que invariablemente las versiones locales atribuyen a los caballeros victorianos. Desde el punto de vista visual, es un grato espectáculo; en cambio, no lo favorecen los alardes coreográficos, no por faltos de calidad, sino por innecesarios..
