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"No entiendo, hermano"

PARA LA NACION
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Enrique Pinti
Domingo 13 de marzo de 2011
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Qué feo es quedarse afuera y no entender lo que pasa a nuestro alrededor! Es una sensación de aislamiento y alienación. Sobre todo cuando se trata de cosas que una respetable mayoría parece comprender y que han sido asimiladas por diversas sociedades muy distintas entre sí. Y no es que uno quiera saberlo todo e incorporar cuanta moda irrumpa en este atribulado mundo donde nos obligan a consumir pavadas y extravagancias muy ajenas a nuestras verdaderas necesidades. Es que al ver el éxito masivo de ciertas experiencias y formatos, especialmente en el glamoroso universo del entretenimiento, uno no puede resistir la tentación de sumarse al montón y disfrutar como los otros lo hacen. Pero no es tan fácil como puede parecer. En primer lugar, hay que modificar sistemas internos de comunicación que a ciertas edades resulta muy difícil cambiar. La educación recibida y los usos y costumbres de la época en que comenzamos a formar nuestra personalidad son barreras rígidas que no todos estamos dispuestos a violar. ¿Cómo entender las reglas del Gran hermano, por citar un ejemplo? ¿Cómo puede entrar en la cabeza de veteranos criados en la creencia de que sólo la verdad nos hará libres? ¿Cómo resolver esas realidades que toman formas de ficción cada vez que a los participantes se les ocurre desarrollar estrategias para ganar un premio? A primera vista todo parece normal. Se junta un grupo heterogéneo de jóvenes (¿Por qué no viejos? ¡Vaya uno a saber!). Este grupo en general sólo es diverso en apariencia, porque la mayoría de las veces sus integrantes son absolutamente homogéneos en el lenguaje, modo de vestir y desenfado sexual, con escenas bajo las sábanas que producen variados efectos en la audiencia. Se les explican las reglas y ellos parecen entenderlas, cosa que no logra este dinosaurio que escribe. Como en el juego del truco se miente, se traiciona y se hacen señas y trampas, pero el encierro obligatorio durante meses hace que afloren todo tipo de sentimientos negativos, que van desde la broma pesada a los accesos de llanto convulsivo o de las agresiones físicas y verbales a las confesiones desgarradoras. Lo que este vejete no puede terminar de comprender son los sesudos debates de periodistas que dicen entender el juego y sin embargo se enganchan en cuestiones morales. Juzgan a esos aspirantes a los quince minutos de gloria como si fueran criminales de guerra o héroes nacionales. Emplean horas y horas de aire televisivo o radial y decenas de páginas de diarios y revistas para alabar, burlar, destruir o debatir conductas que no resisten el más mínimo análisis y que responden al viejo impulso de pisar cabezas para llegar al éxito. Son algo así como la legalización mediática del engaño y la traición, pasiones que existen y han existido siempre en la realidad y que ahora se convierten en negocio y exhibicionismo. Lo curioso, o no tanto, es que estos formatos no nacen en países subdesarrollados ni tampoco en los Estados Unidos: se originan en la antigua, culta, progresista, equilibrada y liberal Holanda, ejemplar en muchos aspectos y sorprendentemente mediocre en otros. Su calle de las luces rojas con chicas de todas las razas ofreciéndose en vidrieras, sus porno shows de sexo en vivo, su marihuana libre, fueron características que revolucionaron las décadas de los sesenta y setenta, y que se practicaban con un orden civilizado sin desbordes ni violencia visible (este dinosaurio paseó por las calles de Amsterdam en aquellos años y pudo comprobarlo). Pero si me hubieran dicho hace treinta años que ese país iba a producir el Gran hermano no lo hubiera creído. Prejuicios que uno tiene, ¿que le vamos a hacer?.

Lo concreto es que sigo sin entender a qué conduce ofrecer puertas de entrada a la fama y notoriedad que no tengan que ver con las condiciones, el talento, la vocación, la inspiración, el estudio y la disciplina, creando universos falsos, cerrados, claustrofóbicos y asfixiantes. Algunos superan esa etapa y pueden encarrilar sus vidas. Otros, la mayoría, caen en la depresión al perder esa fama puro cuento que el juego les dió. Eso no lo puedo aceptar, es como hacerlos vivir el paraíso y mandarlos al infierno en seis meses. Los pibes no se lo merecen.

revista@lanacion.com.ar

El autor es actor y escritor

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