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Tras el fantasma de Joyce

Mori Ponsowy Para LA NACION

Sábado 19 de marzo de 2011

DUBLIN .- El milagro comenzó minutos después de aterrizar en Dublín. Le entregué el pasaporte al oficial de inmigración y él me preguntó: "¿Qué viene a hacer a Irlanda?". Pensé que seguramente habría hecho la misma pregunta decenas de veces durante las últimas horas, y centenares o miles, desde que trabajaba en ese escritorio minúsculo, encerrado entre cuatro paneles transparentes. Estaba por decirle que había ido por turismo, pero a último momento decidí contestar algo más verdadero. "Es que el año pasado leí Ulises ", respondí. El oficial, que al interrogarme no había levantado la vista de mi pasaporte, me miró y se quedó callado, como si yo acabara de pronunciar un conjuro capaz de detener el tictac de su rutina. "Es la mejor respuesta que he escuchado en años", dijo, al fin. Yo no lo podía creer. ¿Qué mejor razón para ir a Dublín que caminar desde el número 7 de la calle Eccles hasta el pub de David Byrne o la farmacia de Sweeny? "¡No puede ser!", dije. Y él contestó: "No se imagina las razones que da la gente".

Como si ese oficial de inmigración hubiera extendido los brazos en señal de bienvenida, sentí que sus palabras me abrían las puertas del país para mostrarme, más allá de las postales, algo más intenso y verdadero de lo que puede capturar la lente de cualquier cámara. Estampó sonoramente los sellos de rigor sin volver a mirar mi pasaporte. Nos despedimos agradecidos: él a mí, porque yo había leído el libro que representa a su gente con más fidelidad que cualquier símbolo patrio; yo a él, porque me había rescatado del anonimato y de la zonza uniformidad de los turistas para tender un camino delante de mí. Una barca amable. Irlanda me acogía con la misma bondad callada con que Leopold Bloom caminaba por Dublín.

Leopold Bloom. Si alguien me preguntara a qué persona del mundo conozco más, aparte de a mí misma, diría que al señor Bloom, el héroe -o, mejor, el antihéroe- de Ulises , la novela de James Joyce publicada en 1922 que revolucionó la literatura para siempre. Joyce es una cumbre literaria comparable a autores como Cervantes y Shakespeare. Un monstruo, como Dante. Una leyenda, como Homero. Y Leopold Bloom es Odiseo, Dédalo y Hamlet al mismo tiempo. Pero además de ser un personaje literario, Leopold Bloom, para mí, es una persona. Alguien cercano, con una existencia real y tan concreta como la de esta mesa sobre la que escribo. Y que conste que no digo esto en sentido metafórico.

"El señor Leopold Bloom comía con fruición órganos internos de bestias y aves." Así lo presenta Joyce: preparando el desayuno en la cocina de su casa de la calle Eccles. "Le gustaba la espesa sopa de menudos, las ricas mollejas que saben a nuez, un corazón relleno asado, los bifecitos de hígado fritos con raspaduras de pan, las ovas de bacalao bien doradas. Pero, sobre todo, le gustaban los riñones de cordero a la parrilla, que dejaban en su paladar un grato sabor a orina ligeramente perfumada."

A diferencia de los personajes de la literatura anterior a él, los de Joyce no llevan vidas dramáticas, no persiguen ballenas, no se enamoran de condesas ni cometen asesinatos. A diferencia de Tolstoi, Melville o Dostoievsky, el héroe de Joyce es un hombre común. "Pensaba en riñoncitos, mientras se movía con suavidad por la cocina, disponiendo las cosas del desayuno de ella sobre la bandeja abollada. En la cocina había una luz y un aire helados, pero afuera la dulce mañana de verano se extendía por todas partes."

No era una dulce mañana de verano cuando llegué a Dublín, pero lo primero que hice después de dejar mi bolso en el hotel fue caminar hasta la calle Eccles, a pesar de que sabía que el número 7 había sido demolido hacía años. Me lo había advertido el escritor Carlos Gamerro -mi profesor y guía en la lectura de Joyce- cuando nos encontramos antes del viaje. "La casa de Bloom ya no está", dijo, mientras extendía un mapa de la ciudad sobre la mesa. "¡Cómo! ¿No la conservaron?", me sorprendí, indignada ante la poca memoria histórica de los irlandeses. Gamerro me miró con curiosidad, amablemente, y entonces reconocí mi error: no era que los irlandeses no tuvieran memoria, sino que Bloom nunca vivió en el 7 porque, en realidad, no vivió en ninguna parte más que en la imaginación de Joyce. "¡Bloom no existió!", dije, como si recién en ese instante captara la diferencia entre persona y personaje, entre realidad y ficción. Gamerro contestó: "Quizá Bloom sea más real que mucho de lo que llamamos realidad".

Con excepción de los automóviles estacionados frente a las casas de ladrillos marrones y manchados, Eccles Street luce hoy tal como el 16 de junio de 1904, día en que transcurre la acción de Ulises . Lo único que ha sido demolido desde entonces es, irónicamente, la esquina donde estaba la casa de Bloom, para construir el Mater Private Hospital, un edificio anodino en cuyas escaleras de entrada me senté a mirar la calle. "Podrían haber demolido la otra esquina", me lamenté, pero no había terminado de formular el pensamiento cuando me di cuenta del privilegio del que estaba siendo protagonista: sentada donde una vez estuvo la casa de Bloom, lo que yo veía era exactamente lo mismo que él veía cada mañana al despertar: las mismas puertas coronadas con tímpanos en arcos de medio punto, la misma calle con declive, los mismos tres escalones que él miró ese 16 de junio cuando salió a comprar un riñón a lo de Dlugacz.

"Cruzó hacia el lado del sol, evitando el agujero del sótano del número setenta y cinco", recordé. Y convertida en la sombra de alguien que nunca existió, crucé la calle esquivando el mismo agujero, pisando sobre sus pasos, sintiéndome un fantasma, una aparición. "El sol se acercaba al campanario de la iglesia de San Jorge." Levanté la vista: ahí, el campanario; ahí, el sol. "Sus párpados se cerraban apaciblemente por momentos mientras caminaba en el agradable calorcito." También yo sentía la tibieza del sol en la cara; también yo cerré los ojos, húmedos por la emoción. Nunca supuse que seguir su rastro me conmovería tanto. Pero ¿qué rastro? ¿El de quién? "¡Qué tonta! -pensé-. ¡Emocionarme así por estar donde estuvo un personaje de ficción!"

Los dos días siguientes fueron una prolongación magnificada y sostenida de esa primera caminata absurda sobre la tenue frontera que separa el mundo intangible de aquel que llamamos real. Una y otra vez, me conmoví al estar donde estuvo Bloom; una y otra vez me dije, abochornada, que Bloom no estuvo en ningún lugar porque nunca existió.

Pero ¿qué significa existir? ¿Sólo existen las rocas, los vegetales, los animales, la fuerza de gravedad y otras entidades por el estilo? No hace falta creer en fuerzas sobrenaturales para sospechar que las fronteras de lo real se hallan bastante más allá. "Los materialistas afirman que hay un solo mundo, el mundo de los objetos físicos, y que todo lo demás es pura ficción", escribió el filósofo Karl Popper para argumentar, acto seguido, que los productos de la mente humana -mitos, teorías científicas, construcciones matemáticas, obras musicales y literarias- son tan reales como las piedras: "Reales en un sentido muy similar a las fuerzas físicas; reales porque pueden provocar cambios en nosotros y en el mundo tangible".

La teoría popperiana puede parecer un simple juego de palabras, una especie de metáfora, pero no lo es: la fuerza de las ideas mueve el mundo con el mismo vigor con que lo hacen la oferta y la demanda. Más aún: creo que, con frecuencia, mucho de lo que llamamos ficción es más poderoso que lo que llamamos realidad. ¿Qué historia reverenciamos? ¿Quiénes son nuestros héroes? ¡Ficciones! ¿Nuestros héroes fueron lo que creemos que fueron? Jesús, Bolívar, Sarmiento, Marx, Perón, Fidel, ¿fueron lo que sus seguidores creen? Probablemente, no. Pero ¿es la verdad histórica lo único que importa, acaso? ¿O también importa la potencia de las ideas, el deseo y la esperanza con que nos abrazamos a algunas teorías? Responder afirmativamente a esta pregunta supondría abrir la puerta a una mirada plural de la historia que haría énfasis no sólo en las acciones "reales" de sus protagonistas, sino también en lo que cada uno de ellos representa en el ámbito de las ideas, los deseos, las fantasías que logran encarnar.

Miro las fotos que tomé en Dublín de lugares reales donde estuvo alguien que nunca existió. ¿Por qué las tomé? Las miro y las vuelvo a mirar y, al fin, encuentro una respuesta: amo lo que esas fotos representan. Hay quien enciende cirios delante de estampitas de santos o de líderes políticos. Leopold Bloom es tan real -¡o tan ficticio!- como ellos.

Cassirer definió al ser humano como un ser simbólico. Popper sostuvo que los objetos abstractos son tan reales como una silla. No importa cómo lo digamos: lo intangible puede ser tan real como la realidad. El arte es un ejemplo. Otro, las ideas políticas de los pueblos. Aunque a veces estén equivocadas, actúan sobre el mundo con la contundencia y el peso de las piedras.

© La Nacion

La autora es escritora. Su último libro es Abundancia

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