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Una ofensiva "progresista"

Ross Douthat The New York Times

Martes 22 de marzo de 2011
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WASHINGTON.- En su marcha de cangrejo de este mes hacia una confrontación militar con Muammar Khadafy, la administración de Barack Obama ha dictado una clase magistral sobre el camino progresista hacia una guerra.

Hace apenas una semana, cuando la marea empezó a volverse en contra de los rebeldes, Obama parecía decidido a mantener a Estados Unidos fuera de la lucha civil en Libia. Pero resulta que el presidente siempre estuvo dispuesto a comprometer al país en una intervención militar. Simplemente, quería estar seguro de que nuestra intervención se produciría de la manera más multilateral y sin rastro alguno del estilo cowboy .

Su gobierno, sin duda, ha logrado ese objetivo. En su fase inicial, al menos, nuestra guerra en Libia parece el ideal soñado de una intervención progresista-internacionalista. Obtuvo la bendición de las Naciones Unidas. Fue respaldada por la Liga Arabe. Fue impulsada por los diplomáticos del Departamento de Estado y no por militares del Pentágono.

Su propósito humanitario es mucho más claro que su relación con la seguridad nacional de Estados Unidos. Y el conflicto no fue iniciado por los marines ni por la fuerza aérea norteamericana, sino por los jets de combate de Francia.

Se trata de una intervención que parece salida del manual de Bill Clinton de la década de 1990, y que tiene un marcado contraste con los métodos más unilateralistas de la administración Bush. No hay aquí nada de "coalición de los bien dispuestos" ni ninguna referencia peyorativa a la vieja Europa, ni nada de "están con nosotros o están con los terroristas".

En cambio, la Casa Blanca de Obama ha demostrado una exquisita deferencia a las mismas instituciones internacionales y a los mismos gobiernos extranjeros a los que la administración Bush o bien pasó por encima o bien pasó por alto.

Este estilo de guerra tiene obvias ventajas. Reparte la carga de las acciones militares, refuerza nuestras alianzas en vez de debilitarlas y le quita filo al instintivo sentimiento antinorteamericano.

Pero este enfoque de la guerra también tiene sus grandes problemas. Como las guerras progresistas dependen de la constante construcción de consenso dentro de la llamada comunidad internacional, tienden a desarrollarse en los comités, a un paso glacial y con una cautela que raya en la incompetencia táctica. Y como la conexión de estas confrontaciones con el interés nacional suele ser, en el mejor de los casos, tangencial, con frecuencia se las aborda con una mano tras la espalda y un ojo puesto en la salida.

Estos problemas aquejaron a la política exterior norteamericana durante la década de 1990, la anterior época de oro del intervencionismo progresista. En Somalia, el público se hartó de nuestra misión humanitaria en cuanto se volvió claro que tendríamos bajas.

Nuestra intervención de 1999 en Kosovo nos ofrece una enseñanza aún más rigurosa. La campaña de la OTAN derrocó a Slobodan Milosevic y dio nacimiento a un Kosovo independiente. Pero esa intervención, al aumentar la importancia del conflicto tanto para Milosevic como para sus enemigos del Ejército de Liberación de Kosovo, probablemente inspiró más derramamientos de sangre y limpiezas étnicas, lo que exacerbó la misma crisis que pretendía impedir.

La misma clase de dificultades ya está azotando a nuestra guerra en Libia. Los objetivos de nuestra coalición son inciertos: Obama está retóricamente comprometido con la idea de que Khadafy debe irse, pero el almirante Mike Mullen, jefe del Estado Mayor Conjunto, admitió que en última instancia el dictador podría permanecer en el poder.

Nuestros medios son limitados: la resolución de las Naciones Unidas establece explícitamente que no está permitido el uso de fuerzas de infantería, y Obama también ha descartado esa posibilidad. Y el tiempo que llevó la construcción de una coalición le permitió a Khadafy consolidar su posición en el terreno, hasta el punto de que cualquier cese del fuego que pueda acordarse lo dejaría con el control de casi todo el país. Por eso, Mullen admitió que nuestros esfuerzos podían terminar en la nada, dejando indemne al dictador.

En última instancia, la esperanza de la guerra progresista es luchar tan virtuosamente como sea posible y con el mínimo de riesgos. Pero la guerra y la moralidad son malos compañeros de cama, y los conflictos "de bajo riesgo" suelen convertirse en cualquier otra cosa menos la que indica su denominación. Al comprometer a Estados Unidos a los peligros de otra intervención militar, Obama ha apostado demasiado con la esperanza de que nuestra aventura en Libia demuestre ser una excepción a esa regla.

Traducción de Mirta Rosenberg

Más protestas en la región SIRIA

Se extienden las manifestaciones. Por cuarto día consecutivo, miles de personas marcharon ayer para exigir un cambio de gobierno en Deraa (Sur), después del funeral de un joven muerto en la víspera, mientras el ejército permanecía apostado, sin intervenir, en la entrada de la ciudad. Al grito de "¡Dios, Siria, libertad!", las manifestaciones se extendieron también a las ciudades vecinas de Enjel, donde varios hombres atacaron una comisaría, y de Jasem, donde 2000 personas salieron a la calle. El movimiento de protesta comenzó el 15 de marzo en Damasco, a través de una convocatoria en la red social Facebook que instaba a los sirios a manifestarse "contra el presidente Bashar al-Assad y contra la tiranía, por un país sin ley de emergencia ni tribunales de excepción, sin corrupción, ni robos, ni monopolio de las riquezas".

MAS PROTESTAS EN LA REGION YEMEN

El presidente, sin apoyo. Decenas de militares, diplomáticos y funcionarios renunciaron ayer a sus respectivos cargos y abandonaron al presidente Ali Abdallah Saleh, en protesta por la violencia con la que el gobierno reprimió el fin de semana pasado a los manifestantes que piden la salida del mandatario, en el poder desde hace 32 años. También el jefe tribal más importante de Yemen, el jeque Sadek al Ahmar, pidió la renuncia de Saleh, que pese a la ola de deserciones afirmó que resistirá, porque –según dijo– "la mayoría del pueblo" lo sostiene.

BAHREIN

El rey denuncia un complot. El rey de Bahrein declaró ayer que las autoridades del país frustraron un complot extranjero contra el gobierno "fomentado desde hace por lo menos 20 o 30 años", en una clara alusión a Irán. El rey habló durante una reunión con los jefes de la fuerza común del Golfo, desplegada en el país. Hamad bin Isa Al Kalifa también agradeció a los soldados enviados por sus aliados vecinos gobernados por sunnitas para ayudar a sofocar las protestas en el reino, de mayoría chiita, que piden una reforma política.

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