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Era un hermoso día después de todo

Sábado 26 de marzo de 2011
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LA NACION
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El sábado por la mañana abrí un ojo, mi mente determinó que estaba de vuelta en el mundo real y, sin pensarlo, estiré la mano, tomé el iPhone, lo saqué del modo avión e intenté mirar el correo electrónico. La lista de mensajes tardaba demasiado en actualizarse y mi primera conclusión fue: Algo está mal .

Sí, claro, pero no era el correo ni la conexión. Lo que estaba mal era que una persona antes de salir de la cama, antes siquiera de desayunar o de abrir el segundo ojo, ya estuviera verificando el correo. Y eso que no esperaba ninguna noticia decisiva.

Pero por el momento no noté esta evidente anomalía.

En cambio, arranqué el medidor de ancho de banda que tengo instalado en el teléfono y se quedó un rato largo buscando, ¡ay!, el servidor más cercano. En rigor, debo decir, no sin cierto embarazo, tengo dos programas de esta clase, el de Speedtest.net ( http://www.speedtest.net/ ) y el GIST ( Global Internet Speed Test ) de Cisco ( http://www.cisco.com ), ambos gratis. Pero bueno, el caso es que estaba ahora con los dos ojos abiertos observando la noticia irrefutable. No tenía Internet. La cuestión era por qué.

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Alarmante

Como soy un optimista sin remedio, salté de la cama y razoné que alguno de los dos routers que conforman mi hotspot hogareño ( www.lanacion.com.ar/1232094 ), habiendo funcionado muchos meses sin pausa, día y noche, necesitaría un reinicio. Pasé por la cocina, puse una pava al fuego (vamos, ¿la gente toma café en lugar de revisar routers cuando se levanta, no?) y me dirigí a las dos ubicaciones de los equipos para reiniciarlos. En ese momento oí el bip .

Me quedé congelado, como una foto. "¡Oh, no!", pensé. Bueno, no se lo diga a nadie, pero creo que la exclamación realmente salió de mis labios.

Había oído el bip fatídico. Es decir, el de la alarma.

Los sistemas de alarma domésticos usan la línea de teléfono para dar parte de cualquier novedad indeseada. Si tal novedad no ocurre, el módem del sistema de todas formas se conecta con la central una vez al día para informar que está todo bien, bajar actualizaciones y cosas así. Todo marcha sobre ruedas hasta que el vínculo, como lo llaman, falla. Es decir, cuando el módem no encuentra una línea de telefonía fija para llamar a la base. En ese caso, la alarma empieza a producir un bip cada aproximadamente diez segundos, mientras está armada, para avisar del desperfecto. Técnicamente, el sistema está quebrado por la base. Podrá hacer mucho ruido si hay una brecha de seguridad, pero nadie dará aviso a la policía.

De modo que antes siquiera de levantar el auricular ya sabía lo que estaba pasando. No eran mis sufridos routers. Me había quedado sin teléfono.

Fui al estudio y verifiqué la novedad, por si acaso. El teléfono estaba mudo. Y sordo, para el caso. Dentro de la casa nada había cambiado y era poco probable (no imposible, pero realmente muy poco probable) que el cableado se hubiera cortado allí. Pero el mundo exterior era otra historia.

Volé a la otra punta de la casa, subí a la terraza y fui directo al cable que, años atrás, mi perra Vicky se había encargado de masticar minuciosamente. Dado que ahora tiene un socio de alcurnia, Orión, un cocker spaniel inglés negro ( http://en.wikipedia.org/wiki/File:ECS_Black.jpg ) que rescaté de una estancia y que, harto malcriado en su vida anterior, es una aceitada máquina de romper cosas, supuse que entrambos habían dado cuenta de mi cable de teléfono. Hay que ver la fuerza que estos animalitos tienen en esas mandíbulas, y lo que pueden hacer con tanto tiempo libre.

Mientras subía a la terraza, todavía sin una gota de café en sangre, una luz roja se encendía y se apagaba en un rincón de mi mente. Algo me decía, mucho antes de alcanzar mi meta, que los dos inquietos cuadrúpedos eran, esta vez, inocentes. Y eso tenía que ver con una escena que había visto, al pasar, dos días antes.

Déjà vu

El jueves iba camino del diario en mi auto cuando observé, a la vuelta de casa, a un hombre trepado al mismo poste de teléfono del que unos años atrás unos maleantes habían robado una cantidad de cables. Esa vez me había quedado sin teléfono mientras duró la reparación.

Ahora preferí no detenerme a preguntar, para no pasarme de paranoico, y sólo atiné a constatar que era el mismo poste, el mismo casco de trabajo, las mismas herramientas, la misma caja abierta erizada de cables. No me gustó nada. La escena era una repetición exacta de la que había visto un par de años atrás.

Pero a uno le cuesta más aceptar lo obvio que inventarse una excusa confortable. Así que continué mi camino hasta el otro extremo de la terraza, comprobé que el cable estaba en perfecto estado y regresé, perseguido por los dos siempre bulliciosos ex homeless.

Era oficial, me había quedado sin teléfono.

Y, por lo tanto, sin Internet.

Era hora de un café.

¿Lo era, de verdad?

El alma es silenciosa

Era un hermoso día. Lo noté sólo cuando me fui al antiguo patio a desayunar. Bueno, lo noté de pasada mientras tomaba un café sin prestarle mucha atención ni al día ni al café e intentaba captar 3G. Pero los dioses celulares no estaban de mi lado tampoco. No había ni Edge.

OK, fuera de pedir reparación y esperar que regresara el 3G, que va y viene, nada más podía hacer. No es justo, por otro lado, que me queje de mi proveedor, que me ha dado problemas sólo en muy contadas ocasiones. Quizá vuelva a tener teléfono antes del mediodía , me dije, dejé el iPhone sobre el banco de madera y por fin, 15 minutos después de haber abierto el primer ojo, noté que era un día precioso y hasta se me dio por disfrutar del café.

Mientras no volviera el teléfono, nada de Twitter, cero correo electrónico, pronóstico del clima sólo por TV y cuando a la TV se le diera la gana, a olvidarse de los diarios online, Wikipedia y Skype. ¿No tenía una teleconferencia de larga distancia hoy? , me pregunté. Mi agenda decía que no. No podré corregir mi blog, si descubro un error, ni leer y responder los mensajes de los lectores. "Sinceramente -dramaticé- una computadora no sirve de nada sin Internet."

Muy cierto, pero, entonces, ¿por qué estaba sentado tan plácidamente, sonriendo, disfrutando de la mañana y de mi jardín? ¿Acaso porque durante los últimos dos o tres años he estado online durante todas mis horas de vigilia, que no son pocas, los siete días de la semana? ¿Porque contesto mails desde taxis, aviones y barcos? ¿Porque más de una vez me encuentro comiendo -mis seguidores en Twitter lo saben bien- y al mismo tiempo mandando mensajes a la Timeline, además de SMS, chat y otros mail? ¿Por todo eso junto?

No lo sé, pero las otras veces en que me había quedado sin Internet mi mal humor había sido tan grotesco que daba para filmar un blooper.

En este caso, para mi más absoluta sorpresa, me hallé con un placentero silencio interior. Un silencio donde había lugar para muchas cosas que me estaba perdiendo. El día precioso, el café, el patio, y sigue la lista.

Quienes siguen esta columna saben que no me pondré a pontificar sobre lo mala que es la tecnología para las cosas del alma. No pienso así. Ni cerca. De hecho, espero no volver a quedarme offline todo un fin de semana nunca más. Pero que hay excesos, los hay. Lo descubrí porque hasta el lunes, cuando todo volvió a la normalidad y pude revisar el correo antes de salir de la cama, esos dos días silenciosos sin nada de conexión fueron un verdadero descanso. Y a la vez, quizá por aquello del ocio creativo, fueron mucho más productivos en ideas y reflexiones que las típicas jornadas de conectividad frenética.

Pruébelo.

@arieltorres

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