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Editorial I

La Cámpora

Opinión

La agrupación de jóvenes kirchneristas se caracteriza por su ignorancia del pasado y un desmedido afán de poder

EN el folklore peronista abundan las consignas históricas, los lugares entrañables, los nombres emblemáticos, los cantos obligados y hasta un lenguaje inconfundible. El movimiento tiene su santoral y su liturgia, al mismo tiempo que un discurso canónico y dos figuras convertidas, con el paso del tiempo, en mitos populares: Perón y Evita. Es tal el peso de este folklore nativo que ello explica por qué resulta un esfuerzo baldío tratar de entenderlo con base en presupuestos de carácter ideológico. Al peronismo es menester abordarlo desde la sociología y no desde la ideología.

En este orden de cosas, Hugo del Carril y Tula, la marchita y el bombo, el 17 de octubre, las veinte verdades y el "Perón conduce, Evita dignifica" caben en los generosos pliegues del justicialismo sin que nadie pueda establecer un orden de preferencia. En el movimiento hay de todo, como en botica, razón de más para que cualquiera que se proclame peronista lo sea sin necesidad de dar demasiadas explicaciones al respecto ni de demostrar credenciales que lo acrediten como tal.

Tanto podría blasonar su pertenencia a este singular fenómeno político de masas -único en Hispanoamérica- un marxista como John William Cook como un tradicionalista católico como Carlos Disandro. Carlos Menem y Néstor Kirchner, Antonio Cafiero y Carlos Kunkel, Mario Firmenich y José Ignacio Rucci, Fernando Vaca Narvaja y el vocero de la Triple A Felipe Romeo, aun con las abismales diferencias que los separaban y aún los separan, merecen todos el calificativo de peronistas.

Esta breve introducción viene a cuento del ruido que ha generado la creación y el desarrollo de La Cámpora, una organización de jóvenes, adictos al actual gobierno, que han elegido el apellido del ex presidente para hacer su presentación en sociedad. No deja de ser sorprendente su decisión, porque si de identificarse con un peronismo revolucionario o de izquierdas se tratase, sobran los nombres ilustres.

En cambio, Cámpora simboliza el servilismo político llevado a su más alta expresión. Personaje carente de luces y de vuelo que apenas podía pronunciar dos frases seguidas sin equivocarse, llegó a la Casa Rosada de prestado y se fue por la puerta de servicio. Perón, a quien se consagró en cuerpo y alma, terminó despreciándolo y ni siquiera le agradeció los servicios prestados cuando lo despidió de la embajada en México.

Es posible que los "camporistas" del siglo XXI no tengan la menor idea de quién fue su héroe, y si la tienen no harían sino demostrar su pobreza intelectual. Pero lo más probable es que la historia no les interese en absoluto y el apellido haya sido escogido como mascarón de proa para desenvolver un proyecto de poder que nada tiene en común con el setentismo y mucho con la pulsión crematística propia del kirchnerismo.

No deja de ser notable cómo esta serie de jóvenes que ni siquiera había nacido en 1973 hoy se haya embanderado con la causa, presuntamente revolucionaria y liberadora de aquellos años, sólo en términos del discurso.

Cuando se los observa con atención se los ve cortados por una misma tijera: para ellos, la militancia no tiene que ver con las armas, sino con ocupar espacios de poder bien remunerados. Su revolución se compadece más con el "capitalismo de amigos", en donde sobresalen los Lázaro Báez, los Rudy Ulloa y los Cristóbal López, que con los líderes de la guerrilla que ellos exaltan, quizá sin saber a ciencia cierta qué hicieron.

Su épica, pues, comparada con la "juventud maravillosa" de los setenta, es de cartón. Nada arriesgan y nada temen pues creen, en consonancia con lo que creía Néstor Kirchner, que forman parte de un ejército cuya misión refundacional de la Argentina los colocará siempre en lugares de vanguardia. De momento les interesa no dejar espacios vacíos en el organigrama del Estado y ocupar los cargos desde donde podrán, cuando llegue el momento, acumular más poder.

Si se los rastrea, sus nombres aparecen, aquí y allá, en distintos organismos y oficinas públicas donde han aterrizado porque pertenecer a La Cámpora tiene hoy sus privilegios.

Si para desempeñarse en sus actuales funciones se requiriese un concurso de antecedentes o un cursus honorum , serían rechazados sin apelación. Pero en esto de copar la mayor cantidad de direcciones, subsecretarías, secretarías y, si fuese posible, ministerios, no se necesita conocimiento. Basta con proclamarse kirchnerista de confesión diaria.

Cámpora era un servil. Sus seguidores, en cambio, son unos aprovechadores que se sirven de nosotros..

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