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Donde termina la noticia

Mori PonsowyPara LA NACION

Miércoles 30 de marzo de 2011
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"Después de cada guerra, alguien tiene que limpiar", dice Wislawa Szymborska en un poema. Y las últimas semanas me descubrí repitiendo esos versos a diario cuando menos lo esperaba. Los recordé, primero, con el terremoto de Japón. Sin poder despegarme de la pantalla, hipnotizada por esa descomunal ola espesa, negra, que arrasaba con automóviles, aviones, autopistas y poblados, pensaba no tanto en las muertes instantáneas, sino en cómo quedarían las vidas de los sobrevivientes. ¿Cómo será perderlo todo? Perder amigos y hermanos; perder la ropa, la heladera, la cama, la casa; perder las fotos y los libros; perder los primeros dibujos de nuestros hijos. ¿Cómo será quedarse sin nada más que el propio cuerpo? Un cuerpo, para colmo, tal vez contaminado por la radiactividad, aunque todavía no presente síntomas. Un cuerpo que deberá y querrá seguir viviendo, aunque ya no se tenga más que a sí mismo, y memorias de lo que ya no está.

Japón fue primera plana de los medios internacionales durante ocho días seguidos. Primero, el terremoto y el tsunami; luego, el peligro nuclear, en sus distintas etapas. Titulares de cuatro, seis y ocho columnas, con impactantes fotos a todo color. Después, justo cuando el público y los medios parecían empezar a aburrirse de Fukushima, las fuerzas de Occidente bombardearon Libia con ciento diez misiles crucero Tomahawk tan sólo el primer día, lanzados por las mismas naciones cuyos mandatarios se habían retratado meses atrás, de lo más campantes, con Khadafy, pero que ahora aspiran a derrocarlo para proteger al pueblo libio. Inmediatamente, la tragedia de Japón pasó a segundo o tercer plano, y las desoladoras imágenes de Fukushima y Sendai fueron remplazadas por las de Zawiya, Trípoli y Zenten.

La devastación y el dolor originados por las fuerzas naturales del tsunami en Japón tienen poco que ver con la violencia y el dolor provocados en Libia, tanto por el dictador Khadafy como por sus novísimos enemigos foráneos. Sin embargo, durante días, muchas de las imágenes que de ambos países mostraron los medios se asemejaban bastante: fuego, heridos, humo espeso, rostros desencajados. Destrucción, en suma. Y, como siempre, ahí donde algo se destruye, algo nuevo deberá ser construido porque, como también dice Szymborska en aquel poema, "Fin y principio", las cosas no se ordenan solas, y cada vez que alguien destruye, otros se esfuerzan para poner de nuevo todo en su lugar.

"Alguien debe meterse entre el barro, las cenizas, los muelles de los sofás, las astillas de cristal y los trapos sangrientos", escribe Szymborska. Y sigue: "Alguien tiene que arrastrar una viga para apuntalar un muro, alguien poner un vidrio en la ventana?". ¡Y qué poco interesante, qué poco fotogénico, resulta el trabajo de reconstrucción! ¡Qué tarea lenta que nadie querrá atestiguar! Lanzar la bomba sobre Hiroshima tardó apenas unos segundos, pero reconstruir la ciudad requirió quince años de esfuerzo sostenido. Juntos, los terremotos de las últimas semanas en Japón no suman más de cincuenta minutos, pero se calcula que volver a poner todo en orden llevará por lo menos una década. Y suponiendo que las potencias de la ONU estén en lo cierto y logren doblegar pronto a las fuerzas leales a Khadafy, ¿cuánto tardará Libia, no sólo en reconstruir calles y edificios, sino en forjar una democracia que todos sientan como propia?

Se destruye fácil y rápidamente, pero se construye con tiempo y trabajo. La historia humana parece un combate incansable entre ambas fuerzas. Y aunque construir nos mantenga ocupados muchos más años que destruir, en las escuelas se suelen estudiar más las guerras que la paz. ¿Será porque la paz es aburrida y de ella hay poco que decir? Ya es lugar común la crítica a los medios de comunicación referida a que muestran violencia, tragedia y destrucción con mucha más frecuencia que buenas noticias. ¿Pero cuántos ejemplares se venderían de un diario que se dedicara exclusivamente a mostrar el avance tenaz de quienes ponen un ladrillo hoy, mañana una pared y pasado una ventana, para levantar de nuevo las viviendas derrumbadas por un huracán, o para consolidar democracias incipientes tras décadas de dictaduras de izquierda o de derecha?

Dentro de un tiempo, cuando las centrales nucleares de Fukushima ya estén dormidas, cuando los bombardeos a Trípoli hayan quedado atrás, no nos enteraremos a qué velocidad avanza la reconstrucción de esas ciudades. Nadie nos dirá "hoy se embolsaron ciento ochenta cadáveres y luego fueron llevados al crematorio", "hoy se recogieron noventa y dos toneladas de escombros", "hoy se puso la primera piedra de una escuela", "hoy representantes rebeldes y representantes leales al dictador conversaron durante ocho horas, no lograron acordar nada, pero hubo pocos insultos, y seguirán dialogando mañana". Nadie hablará de eso. Ningún fotógrafo ganará un premio por retratar a un barrendero limpiando una calle, o a los antagonistas de siempre negociando un acuerdo que les permita vivir en paz. Pero no se trata, como podría pensarse, de que los medios elijan comunicar sólo malas noticias, sino de que lo que se comunica es lo inusual, lo que interrumpe la rutina, lo distinto? ¡y no hay nada novedoso en limpiar y construir! Aunque la avalancha informativa produzca la impresión contraria, venimos construyendo desde hace diez mil años: luchando contra las enfermedades y el hambre, la escasez y las tiranías, la injusticia y el horror.

Como hormigas incesantes, ponemos ladrillos todos los días, hora tras hora. La humanidad avanza desde la intemperie, la esclavitud y el feudo, hacia el conocimiento y la igualdad. Laboriosos, las mujeres y los hombres escriben constituciones, votan, defienden sus derechos, educan a sus hijos en democracia. Y de pronto, viene un tsunami, una explosión, un tirano, una guerra, y echa por tierra lo que tantos construyeron durante años. Eso es noticia. ¡Qué dolor! Primeras planas. Fotografías de fuego. Pero, después, pasado el terremoto o la guerra, volveremos al campo de batalla a limpiar la tierra, sembrar de nuevo, y reconstruir puentes y estaciones. "Las mangas quedarán hechas jirones de tanto arremangarse", dice Szymborska. Y agrega: "Pero todas las cámaras se habrán ido ya a otra guerra".

© La Nacion

La autora es escritora. Su último libro es la novela Abundancia

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