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Los mercenarios, dispuestos a morir por su coronel

Viajan de Mali y Nigeria y muestran una firme lealtad por el dictador

Sábado 02 de abril de 2011
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Mayte Carrasco Para LA NACION

TRIPOLI.- "Estamos dispuestos a morir por [Muammar] Khadafy, daremos nuestra vida por él. Nos ha ayudado mucho, estuvo a nuestro lado cuando necesitamos", asegura Mustafa, un mercenario tuareg de Níger que hace cola frente a la recepción del Hotel Corinthia, en Trípoli, junto con otros cuarenta compañeros cargados con bolsas negras de plástico como único equipaje, esperando su turno para obtener la llave magnética de la habitación.

Su atuendo nómada de origen humilde contrasta con el ostentoso hall del edificio, un hotel de cinco estrellas en el que se hospedan invitados por el régimen y al que llegaron en un ómnibus, mezclados con los atónitos periodistas que están alojados en las mismas instalaciones.

"Son mercenarios contratados por Khadafy, guerreros a los que no les tiembla el pulso", asegura un ex miembro de los servicios secretos de un país europeo que les observa.

Resulta curioso cruzarse con estos combatientes por los pasillos, donde pasean descalzos hablando por teléfono con sus familiares, caminando lentamente y subiendo ligeramente las rodillas, como si pisaran arena.

Algunos visten con elegancia el clásico turbante azul eléctrico con el que se cubren del sol en el desierto del Sahara, con un chaleco militar por encima en algunos casos. Otros llevan grandes anteojos espejados dentro del edificio y visten jeans y camisetas negras.

Los líderes tuareg del norte de Níger y Mali le deben mucho al coronel Khadafy, que los describe como "leones y águilas del desierto".

Sólo él negoció en su favor en las revueltas de los años noventa, de modo que la caída del régimen significaría un revés para sus intereses, al ser un pueblo que se considera descuidado y discriminado por sus respectivos gobiernos.

Las "águilas del desierto"

Khadafy medió por ellos, los entrenó en el terreno militar, los ayudó económicamente e incluso dio refugio y nacionalidad a muchos de los tuareg que huían de la represión en sus países y que se unieron al ejército libio en una división llamada Maraouir, compuesta únicamente por miembros de este pueblo.

"Son muchos los que están entrando por la frontera de Níger. Algunos vienen caminando", explica Mustafa, que asegura que aún hay muchos más por llegar de su país, aunque también de Malí y de otros países africanos.

La mayoría de ellos vive en un territorio, el desierto del Sahel, desprovisto de oportunidades y de futuro para los más jóvenes, con un alto nivel de desempleo y donde la única salida es el reclutamiento de Al-Qaeda en el Magreb islámico, el narcotráfico o el tráfico de armas, presentes en esa inmensa zona.

Los secuestros de ciudadanos occidentales han terminado de hundir el turismo en las regiones malienses de Gao y Tumbuctú, donde este sector suponía el 80% de los ingresos y la única esperanza de una prosperidad que no termina de llegar a una de las regiones más pobres del mundo.

Algunas fuentes calculan que ya son más de 800 los mercenarios contratados por el régimen libio para combatir contra los sublevados del Este, determinados a poner fin a un régimen de 42 años por las armas.

Según algunas fuentes, ganan entre 300 dólares y 1000 a la semana, aunque sobre la confirmación de estas sumas responden con un silencio.

Son jóvenes y delgados, pero expertos combatientes de las rebeliones de 2006 y 2008, luchadores que se rigen con el código de honor de las tribus de desierto: nunca abandonar a los que te ayudaron en tu propia batalla.

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