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¿Para qué trabajamos?

Por Orlando FerreresEspecial para lanacion.com

Orlando J. Ferreres

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PARA LA NACION
Lunes 04 de abril de 2011 • 01:15
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En una encuesta que se hizo en Francia hace años atrás se preguntaba "¿Por qué trabajamos?". La respuesta, en un 90 % fue: "Para ganar dinero". Esto nos parece evidente, como que el sol sale por la mañana, no hay con que darle. Sin embargo, no es así. El error se observó en otra encuesta posterior: "¿Por qué el dinero permite comprar cosas?" Aquí el 90 % confeso que "no sabía". Esto según el libro de Fourastié sobre el trabajo.

Veamos el tema del dinero. Trataré de ilustrarlo con un ejemplo. Llega un visitante a un pequeño pueblito. En ese lugar la gente estaba muy endeudada. Va al único hotel y le dice al dueño que quiere ver las habitaciones y que le deja una seña de 100 dólares, mientras las revisa. El dueño le pide a la mucama que le muestre las habitaciones con detalle. El dueño sale corriendo, va a la panadería y le paga al panadero los 100 dólares que debía de pan, facturas y pan de pico. El panadero sale corriendo y va a la casa del chacarero (que vive en el pueblo) y le paga 100 dólares que le debía de trigo. Este va al carnicero y le paga los 100 dólares que le debía desde hace 6 meses de asado de costillas y lechoncitos. Este va al dueño del bar y le paga 100 dólares que le debía de una partida de póker que había perdido. Este, rápido, va al hotel y le paga al dueño los 100 dólares que le debía desde que vino la suegra y su familia se habían alojado allí. En ese momento, bajan por las escaleras la mucama y el visitante y éste le dice al dueño: no me gustó ninguna habitación. El dueño le devuelve los 100 dólares al visitante, éste los toma y se va del pueblo. Todos cancelaron sus deudas y no quedo más dinero en el pueblo.

Todos los meses, cuando cobramos el sueldo y luego lo vamos gastando, ocurre este proceso. Incluso la cantidad de dinero ni siquiera aumenta, si no hay inflación. El dinero actúa como medio general de cambio, pero no trabajamos para el medio general de cambio sino para poder consumir o gozar de más bienes y servicios.

Entonces, en realidad, trabajamos para producir, no para ganar dinero. Este se usa como medio para la distribución de los bienes. Cuanto más producimos, más bienes o servicios tenemos a nuestra disposición. La medida más simple y aceptada del desarrollo económico es el Producto Bruto per Cápita, o sea la cantidad de bienes y servicios disponibles por persona. No es una medida perfecta, pero es la mejor que tenemos aunque hay otras más complejas.

La productividad media de una economía se puede calcular dividiendo el Valor Agregado (PIB) por la cantidad de personas que trabajaron para realizarlo, o sea por el nivel de ocupación. Esto nos da una idea de la competitividad verdadera de ese país (desde ya la competitividad no es el tipo de cambio devaluado, si no todos los países serían competitivos fácilmente, devaluando). En la Argentina, desde 1973, la productividad de la mano de obra ha fluctuado hacia arriba y hacia abajo, pero ahora estamos prácticamente en el mismo nivel que hace 40 años. En EE.UU., España, Italia, (aún con la crisis actual) ha crecido entre esos mismos años alrededor de un 120 %.

Este es el drama argentino: mientras discutimos lo irrelevante, ideología, personas que nos gustan y otras que no queremos ni ver, amigos del pasado reciente que hoy quisiéramos hundir, en otros lugares, cada día usan el tiempo para mejorar la tecnología, para atraer capital, para mejorar la productividad, crecen y mejoran las condiciones de vida en forma sostenible y dejan de lado la obsoleta discusión ideológica. Esta sería la instrumentación práctica de ideas preconcebidas, aún cuando vayan en contra de la verdad o la realidad.

Como ha dicho M. Porter: "La competitividad no se hereda, se gana todos los días trabajando muy duro". Si tenemos recursos naturales, como el petróleo, pero les pagamos a los inversores, en exploración y explotación, un precio menor a la mitad del internacional, terminamos perdiendo el autoabastecimiento que tanto trabajo que le costó a Frondizi lograrlo. Tener recursos naturales y no explotarlos no es competitividad.

Si tenemos cada vez más gente que recibe dinero de otras personas, pero no trabaja, solo estamos pasando el trabajo de algunos al gasto de otros, pero el que trabajó no puede gozar de todo el producto de su esfuerzo. Como un tema de corto plazo los subsidios pueden ser adecuados, pero no pueden durar 10 años o más. Requerimos una estrategia de alta inversión para lograr la ocupación de toda la población. Esto requiere, en el siglo XXI, un gran nivel educativo, pero hay alrededor de 950.000 chicos de menos de 24 años que ni trabajan ni estudian: ¿Qué futuro les estamos dejando? Con subsidios sólo puede haber votos, pero no hay futuro. Inversión y educación son las claves del siglo XXI.

Aprovechemos esta gran ola favorable que nos brindan las condiciones internacionales: gran liquidez mundial con bajas tasas de interés combinada con altos precios de nuestras exportaciones, para hacer una transformación estructural de la Argentina invirtiendo hasta el 30% o más del PBI y recuperemos la idea de un sugestivo proyecto en común.

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