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Entérense: empezó la revolución

Carlos M. Reymundo RobertsLA NACION

Sábado 16 de abril de 2011
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Más de uno se está haciendo el distraído, más de uno no lo quiere ver, más de uno lo niega. Pues que se enteren todos: la revolución, nuestra revolución, ha empezado.

¿Qué se creían, que éste era apenas un peronismo progre? ¿Que era una pose para la gilada? ¿Que todo era de la boquita para afuera? Ahora lo saben: se acabaron las medias tintas, las apariencias, se acabó la buena letra. Ahora empezamos a ser lo que siempre quisimos ser: revolucionarios.

¿Que nos sacamos la careta? Yo no lo pondría en esos términos. No es careta, sino sentido de la oportunidad. Lectura de los tiempos históricos. Imagínense si blanqueábamos en 2003 que queríamos copar la conducción de las empresas y ponerlas a nuestro servicio, como estamos haciendo ahora. ¡Durábamos una semana! Imagínense si revelábamos que nuestro paraíso se parece mucho más a Venezuela que a Estados Unidos o Europa. O que íbamos a pisarles la cabeza a los diarios que no pensaran como nosotros.

Definitivamente, el país no estaba maduro. La sociedad no estaba preparada para un mensaje de cambio radical y definitivo. Yo mismo, sin ir más lejos, me hubiese escandalizado, porque mi cabeza, como la de Amado Boudou, como la de Ricardo Echegaray, como la de tantos otros buenos liberales, todavía leía la realidad con los preconceptos y categorías de la democracia burguesa.

Todo hay que decirlo: no sé, incluso, si el propio Néstor, mártir de nuestra causa, creía en aquellos tiempos que el cambio iba a llegar tan lejos. Y mucho menos si lo deseaba. Creo que hasta él –o El, como dice la señora– se hubiese sorprendido por la dinámica de una transformación que está poniendo todo patas para arriba.

Ahora sí. Ahora es el momento. Los planetas se han alineado. No hay oposición, y la poca que hay se autodestruye o –se me hace agua la boca al decirlo– nos admira y envidia. Muchos radicales y socialistas no pueden creerlo. Pusilánimes, rechazan nuestras formas pero no consiguen ocultar que les encanta casi todo lo que hacemos: nuestras políticas activas, nuestro estatismo, que nos plantemos ante los medios, que sometamos al capital.

Sí, ésta es la hora. Los empresarios nos tienen terror. La gente está ocupadísima comprando su felicidad en 120 cuotas. Los militares fueron desmilitarizados, primero por la historia y después por la Garré. Los estudiantes, tan inconformistas en otros tiempos, ahora no sé, quizás estén estudiando o, más probable, estudiándose. A los periodistas les hemos ganado la batalla cultural. Y los intelectuales están con nosotros, y los que no están con nosotros dicen cosas que la gente no escucha porque está entretenida comprando la felicidad en 120 cuotas.

Sí, ésta es la hora. La señora no ha dicho si va a ser candidata y ya la vemos en el segundo mandato y reformando la Constitución para buscar el tercero. El camino ha quedado libre y nos animamos a todo. Entérense: odiamos a Vargas Llosa y lo mandamos censurar, y amamos a Chávez y lo mandamos premiar por su aporte a la comunicación democrática. Entérense: vamos a controlar todo lo que se compre y se venda en el país. Entérense: tenemos planes para socializar la educación y la cultura, la producción, el comercio, la información, la banca.

Ya lo dijo uno de nuestros prohombres, al que no identifico porque, de puro humilde, no quiere que trascienda: ¿qué es eso de que un "papelito" (el título de propiedad) les da derecho a los señores del campo a tener semejante renta? La cosecha, explicó ese funcionario, que reporta directamente a Olivos, es tierra, sol y lluvia, y todo eso es de Dios y no de unos señores. Y a Dios debe volver.

Ya lo dijeron, muy convencidos, los de TNT (Tontos pero no Tanto), otra agrupación que nos aporta gente e ideas: es la hora de un stalinismo de rostro humano.

Claro que es la hora. Allá vamos. Allá van nuestros legionarios. En la primera fila están La Cámpora y ex montoneros de traje, corbata y billetera, pero también están, armas en mano, dispuestos al sacrificio, soldados de la talla revolucionaria de Hugo Moyano, Cristóbal López y Lázaro Báez. Luis D’Elía nos promete fundamentalistas iraníes; Chávez, sus milicias estudiantiles; Moreno, la barra brava del Indec; Bossio, el respaldo de acciones de las más grandes empresas; Aníbal Fernández, una división de twitteros; la Garré, los 1400 policías que dejaron de custodiar hospitales y escuelas; Héctor Timerman, las armas secretas que le secuestró al avión militar norteamericano, y Boudou, la imagen amable que toda revolución democrática necesita.

Entérense, señores. Ya nada es lo que era. Hasta podríamos darle por fin el gusto a José Pablo Feinmann, que propuso sacar de la bandera el sol (el sol "de la guerra", "de la muerte") y reemplazarlo por el pañuelo blanco de las Madres y las Abuelas. Pensemos a lo grande. Enterremos el pasado. Alumbremos el futuro. Digámosles al país y al mundo, de una vez por todas, a qué hemos venido.

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