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La sala que insiste en levantar el telón

Fue sede de Teatro Abierto hasta que una bomba la destruyó; hace 4 años estaba al borde de la demolición y, sin embargo, está viva

Martes 19 de abril de 2011
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LA NACION
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Redacción. Cinco de la tarde de hace unos días. Suena uno de los tantos teléfonos que hay alrededor.

-¿Se acuerda de que usted escribió varios notas sobre la demolición del Teatro del Picadero?

-Sí, claro. Fue hace varios años.

-En el 2007/8.

-Mire usted.

-Bien. Yo soy Ernesto Lerner, el dueño del Teatro del Picadero.

Así se inicia una charla, en la que este señor cuenta que tiene el teatro casi terminado. Entusiasmado, dice que se mandó una sala estilo Casacuberta, del Teatro San Martín, para casi 300 espectadores, y que en la planta baja mandó construir un bar para hacer espectáculos ("Tipo café concert, ¿vio?"). Y claro: camarines, baño para discapacitados, un hall enorme e infinidad de etcéteras que despiertan la curiosidad. Claro que no sabe cómo seguir (pero eso es otro tema).

Lerner es contador; da clases en la facultad y es inversionista. De espectáculos, confiesa no saber mucho. No. En realidad, dice no saber nada. Incluso agrega una frase contundente: "Yo no soy un hombre de la noche. Te digo más: ni siquiera soy de la tarde". Días después, en medio del nuevo escenario del Picadero, agrega: "Es como cuando me propusieron hacer un hotel. Si yo en casa ni me sirvo el jugo de naranja, ¿cómo pretenden que le sirva el jugo a otro? Este caso es parecido. Yo te puedo administrar una obra de 20.000 metros, pero no te puedo administrar un teatro". Tampoco supo que, cuando compró cinco lotes de impecable ubicación (Callao, pasaje Santos Discépolo y Riobamba), uno de esos terrenos lo iba a poner frente a un dilema que ahora le quita el sueño.

Cuatro años atrás, un vecino (el guionista Alejandro Machado) pasó por el pasaje y vio en la fachada del Teatro del Picadero un cartel de demolición. Rápido de reflejos, avisó a Basta de Demoler, ONG dedicada a la preservación del patrimonio urbano. Y ahí comenzó a correr la noticia: un megaemprendimiento diseñado por el arquitecto Mario Roberto Alvarez (el mismo que construyó el Teatro San Martín y la ampliación del Teatro Colón) estaba por demoler la sala en la que, en 1981, se realizó la primera y mítica edición de Teatro Abierto.

La noticia se expandió. Basta de Demoler presentó un amparo en el que adujo el valor patrimonial del lugar y exigiendo que se cumpla la ley 14800 ("Donde se demuele un teatro, se debe construir una sala de similares características"). A los pocos días, se hizo un acto de protesta frente a la fachada que contó con la presencia de gente de teatro. Un juez (Gallardo) dio lugar a la demanda. Intervino el gobierno. Al mes, se firmó un acuerdo entre las partes. Los encargados de hacer la torre y el edificio (el mismo Lerner, junto a su socio Simón Abel Groll) se comprometieron a construir un teatro e inaugurarlo cuando se terminara la obra. Por su parte, el gobierno porteño incluiría al Teatro del Picadero en algunas actividades. Entonces, vino otro acto. Esa vez, fue dentro de lo que había quedado de la sala, y fue para festejo.

La nota que dio cuenta de ese primer final feliz salió publicada en La Nacion el 6 de agosto de 2008. Otro 6 de agosto, pero de 1981, había explotado la bomba que destruyó al teatro y que intentó silenciar a una de las movidas culturales contra la dictadura de mayor significación histórica. Pero de todo eso (o que todo eso había sucedido en un lote suyo), Ernesto Lerner no sabía nada. "Fue la gente de Basta de Demoler la que nos contó la historia, porque no figuraba en ninguna documentación. Por eso, llegado el momento, nos pusimos todos del mismo lado", recuerda.

Según el plan original, allí se iban a construir locales a la calle y oficinas. Muchas. Ocho pisos con todas las amenities . "Nosotros compramos cuatro lotes; éste era el quinto. Quiere decir que ya estábamos en una gran inversión que iba a ser eficiente en el momento de terminarla. Cuando nos enteramos de todo esto, nos propusimos reponer el Picadero", cuenta.

Estuvo más de un año pensando qué hacer allí. Una vez, le sugirieron que el escenógrafo Héctor Calmet diseñara el teatro. El lo contrató y el arquitecto Roberto Fischman se encargó de la obra. Fischman venía de construir el teatro Astros. Una idea obsesionó al arquitecto: que de cualquier sector en el cual uno estuviera sentado viera el escenario. La forma semicircular de la sala permite cumplir con ese objetivo.

En términos de obra civil, el teatro ya está finalizado. Queda instalar el ascensor para discapacitados, los pisos, las alfombras, las butacas y toda esa infinidad de "etcéteras" que hacen al revestimiento de esta enorme estructura de hormigón. Eso demandará entre seis y ocho meses. Una vez que se termine la obra, se abrirá el teatro, cosa que a Lerner lo pone un tanto nervioso. "Diría que lo que falta ahora es un administrador. Pero yo te repito lo que la otra vez hablamos por teléfono: «No hice un teatro para sacarme un problema de encima». Al arquitecto nunca le pregunté cuánto salía hacer esto."

-Entonces, te lo pregunto yo.

-No lo sé... Yo fui para adelante.

Cierto. Hay sobradas evidencias. De hecho, le quitó metros cuadrados al lote vecino, que culmina sobre la avenida Corrientes para que el escenario fuera más grande. Tampoco construyó en el espacio aéreo porque en la terraza se imagina que, en otro momento, el teatro se pueda expandir. Y claro está que el metro cuadrado a una cuadra de Callao y Corrientes cuesta, y mucho. De hecho, para oficinas nuevas con todos los chiches, el precio araña los 3000 dólares. O sea que, de buenas a primeras, perdió más de 6 millones de dólares. Pero Lerner no se queja ni anda sacando cuentas. A lo sumo, al pasar, confiesa que no ve la hora de tener el teatro en funcionamiento para, según normativas vigentes, ahorrarse los 100.000 pesos anuales que paga por ABL.

Cuando compró el terreno, lo único que quedaba era la fachada de este edificio construido en 1926 para albergar una fábrica de bujías. En 1981, un chispazo intolerante intentó silenciar a gente cansada de estar silenciada. Por suerte, no hubo víctimas fatales. O sí: el mismo Teatro del Picadero que, si bien en 2001 intentó volver a la actividad, nunca pudo recuperarse, hasta que pasó por ahí un vecino que pegó la voz de alerta y acá estamos: frente a un imponente escenario que, antes de fin de año, volverá a nacer.

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