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Diálisis: el desafío de una vida intermitente

lanacion.com pasó un día junto a Alejandro, cuya insuficiencia renal crónica lo obliga a depender de una máquina para vivir

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LA NACION
Miércoles 20 de abril de 2011 • 10:51

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"Voy a perder horas de mi vida conectado a una máquina, voy a tener una vida intermitente", fue lo primero que pensó con enojo Alejandro Marticorena hace cuatro años cuando escuchó la palabra diálisis. Tenía insuficiencia renal crónica y el dializarse era la única opción debido al mal estado de sus riñones.

El primer día vio su sangre circular por los tubos que lo conectaban a la máquina y se sintió raro. No por la impresión, no por el miedo al "qué pasará", no por algún efecto del tratamiento. Más adelante sabría por qué. Luego de un tiempo, pasó la bronca contra la diálisis, contra él y contra el mundo.

"El cambio más grande se da en lo cotidiano. Estés en un feriado o en vacaciones hay que ir a diálisis. Tenés una vida intermitente. Pero después te das cuenta que es al revés, que es gracias a esto que puedo hacer lo que hago afuera, vivo", dice Alejandro a lanacion.com.

Los riñones son dos órganos gemelos que cumplen importantes funciones vitales. Entre otras, y en lenguaje simple, limpian la sangre de toxinas y otras sustancias que se acumulan en el organismo. Esto, cuando la función renal es óptima, se hace a través de la orina.

En la Argentina hay más de 25.000 pacientes en diálisis ya que sus riñones sólo cumplen con un 10% de sus funciones. La salida de la diálisis es el trasplante y cerca de 5500 personas están en lista espera, pese a que las campañas de difusión para que aumente la donación hayan acortado los tiempos de espera.

Ya hace cuatro años que tres veces por semana, durante cuatro horas, este hombre de 46 años se dializa en el centro Fresenius Medical Care. lanacion.com lo acompañó durante casi todo un día para conocer de cerca su historia, la que habla de cómo vivir esa vida que en un principio pensaba como "intermitente".

Del trabajo a diálisis, el tránsito, la ciudad, los minutos. Son las 11 de un miércoles y Alejandro sale de la empresa donde se desempeña como especialista en comunicación en Internet y medios sociales. De allí maneja hasta el centro de diálisis de Recoleta.

Cuando Alejandro le informó a los directivos de la empresa que tres veces por semana debería irse al mediodía, con sólo dos horas trabajadas, recibió la correcta contestación: "No hay problema, te ayudamos en lo que necesites".

"Tengo entre 20 y 30 minutos de viaje y me quedo cuatro horas haciendo el tratamiento. A eso de las 17 salgo y, especialmente hoy, voy a buscar a mi hijo para una salida de hombres", dice orgulloso, mientras desde su auto lucha, con tensa paciencia, contra el tránsito imposible de avenida Madero.

Si bien los centros suelen tener un servicio de remises para los pacientes, él prefiere ir con su auto y tener mayor libertad, a pesar del tránsito.

La noticia, la espera, el brazo, la prevención. En 2002, a los 37 años a Alejandro le diagnosticaron la insuficiencia renal, patología que puede tener varias causas. La suya fue una poliquistosis de riñón, que es asintomática, por eso habla de la importancia de la prevención.

"De repente me enteré que tenía una falla renal, con más tiempo, cuatro años después, me programaron la diálisis". Primero lo operaron para colocarle una fístula en uno de los brazos para unir una vena con una arteria, y así, crear un acceso para que la sangre pueda salir y re-entrar en su cuerpo durante la diálisis.

Si no fuera por su brazo izquierdo nadie supondría que se somete a algún tipo de terapia. Un bulto se asoma en su antebrazo.

Entonces, nuevamente hace hincapié en lo fácil del control para prevenir o detectar tempranamente una insuficiencia renal. "Es sólo un análisis de orina y de sangre, que todas las obras sociales cubren, pero por favor, es importante la prevención", pide, amablemente, y recuerda su diagnóstico, no amable, concreto como la fístula que esconde su cuerpo.

El 20 por ciento de los nuevos casos de insuficiencia renal es de origen desconocido. Cifra alta, según datos de la Unidad de Nefrología y Trasplante Renal del Hospital Argerich. Así, muchos de los pacientes que llegan a diálisis lo hacen de un día para el otro. En 2006, Alejandro y otras 5374 personas comenzaron su tratamiento de diálisis de acuerdo a cifras del Incucai.

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La sala, las máquinas, el olor a hospital y las horas. Alejandro entra a la sala de diálisis y sabe exactamente lo que tiene que hacer. Saluda con afecto a sus compañeros de turno, que son alrededor de 15. Entre ellos está Benito, un señor de unos setenta y tantos, con gorra roja, que lo arenga ante la cámara de lanacion.com. Le siguen las bromas, los "cómo estás" y los chistes con guiños que sólo lo cotidiano permite.

Después se pesa, calcula cuánto líquido deben quitarle las máquinas, lava su brazo y se dispone a sentarse en los cómodos sillones para que lo "conecten". Antes, interrumpe el riguroso ritual médico para imponer el propio, así como hacen muchos de los que van a dializarse. Saca su notebook, su celular y unos auriculares. Durante esas cuatro horas seguirá trabajando para la empresa, actualizará su blog personal, y verá alguna película si le sobra tiempo. Otros suelen dormir una siesta, ver televisión o leer.

Llega su "técnica", la persona que sabe manipular la máquina que se encuentra a su izquierda y sí, pinchazo de por medio, la sangre comienza a circular por los tubos. "La máquina filtra la sangre de las toxinas que se producen al metabolizarse los alimentos y quita el exceso de líquido del organismo", explica Alejandro mientras señala el aparato que alarga sus días. En ese preciso instante, de la explicación, llana y amigable, se impone la imagen del cuerpo como una máquina casi de relojería.

"No me pinches más este brazo, lo tengo hecho pelota... ¿puede ser el otro?", le dice una mujer joven y coqueta a una de las técnicas.

Los sueños, los planes, los miedos y la enseñanza. Mientras la sangre se purifica, suena el ruido de las máquinas. Alguna conversación pasatista se mezcla con un "sacame 100 gramos", los enfermeros van y vienen y Alejandro sigue contando todo lo que hace, hará y sueña.

Además de trabajar como comunicador social y periodista, hace teatro y dentro de poco viajará con su "compañía" a presentar una obra en Santa Fe.

También se anima a contar las veces que le dijeron que había un riñón para él. "Quienes nos dializamos estamos en lista de espera para un trasplante. Una vez me llamaron cuando estaba de vacaciones, otro día me dirigía a un almuerzo en Luján y me fui al hospital más cercano para que me hagan los análisis, pero finalmente el riñón no servía", enumera y confiesa el objetivo que se puso hace unos años: "El día que tenga mi riñón me voy al lago Traful a acampar una semana, lejos de todo".

Entre sus ocupaciones está su blog personal " Diario de diálisis ", allí habla de sus expectativas y miedos e invita a otros a contar lo propios. Ya son miles sus seguidores y quienes aportan a esa bitácora.

Entre sus miedos, un post cuenta que hay que tener en cuenta los antecedentes familiares, pues los hijos de quienes tienen poliquistosis renal tienen un 50% de chances de heredarla. Entonces piensa en su hijo y en la salida que los espera. "Por eso digo que esto -y toca la máquina – no me ata, me permite seguir con todo lo que hago afuera".

Hasta ese encuentro le faltan cuatro horas, pero las resignifica, las hace útiles, las justifica y las disfruta.

Es que en aquella primera diálisis había empezado a darse cuenta de algo: nadie ni nada le robarían las horas de su vida, ahora intensa.

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