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Las ruinas de un imperio que se resiste a la caída

El coronel, ante el espejo del emperador romano Septimio Severo

Viernes 22 de abril de 2011

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Mayte Carrasco Para LA NACION

TRIPOLI.- Las ruinas de Leptis Magna se atisban a lo lejos, tras el magnífico arco de la victoria y bajo un cielo limpio, salpicado de nubes bajas. De fondo, se oye el sonido de los cazas de la OTAN, sobrevolando Misurata, a 90 kilómetros de aquí. El azul del mar Mediterráneo baña la llamada Roma de Africa, de incalculable valor histórico sólo comparable con Efeso, ahora desierta de turistas desde que hace dos meses comenzó la guerra. Es la villa natal del Khadafy romano, Lucio Septimio Severo, el único emperador de origen libio y norafricano, conocido por su carácter dictatorial, al que se reconocía por esa túnica similar a la que viste el coronel en sus excéntricas apariciones.

Las similitudes entre los dos líderes libios son sorprendentes. El emperador ejecutó a docenas de senadores con acusaciones de corrupción y conspiración; creó un círculo de fieles y su propia guardia personal. Llegó al poder tras participar en una rebelión y fundó una dinastía que perpetuaron sus hijos, Caracalla y Geta. Es el objetivo del coronel Khadafy, que quiere asegurar la sucesión con su hijo Saif al-Islam. Curiosamente, el vástago menor de Septimio Severo fue asesinado por su hermano, extremo al que no han llegado los Khadafy, aunque las relaciones entre Saif y Mutawasil tampoco son muy buenas. Su rivalidad por el trono del padre está en boca de todos los tripolitanos.

"La caída del Imperio Romano y un fuerte terremoto acabaron con la historia de Leptis Magna", explica el guía turístico. La pregunta contemporánea es cómo y cuándo se derrumbará el imperio de Khadafy y sus acólitos, atrincherados en Bab al-Alziziya, el complejo residencial del líder de la Gran Jamahiriya. "Es cuestión de tiempo; el régimen colapsará desde adentro. Cada vez son menos los apoyos. Se nota en el ambiente", asegura Muhammad, un experto en marketing que realizó sus estudios en el extranjero y ahora trabaja de mozo en un restaurante del centro de la capital.

La vida cotidiana se ha deteriorado para los ciudadanos, bajo el control del régimen, pero todavía no han llegado a un punto extremo de ahogo. Las colas en las estaciones de servicio son la única señal de que algo empieza a faltar. En todo el oeste, de Zwara a Misurata, los libios esperan durante horas para conseguir nafta para sus vehículos. La única refinería bajo control de Khadafy no produce lo suficiente para el consumo de los habitantes de la zona en que el verde es un color omnipresente, los controles de las milicias crean engorrosos embotellamientos en todas la rutas y las fotos del dictador forman parte del paisaje en edificios de viviendas, prendedores en las solapas, decoración en los autos o hasta en los fondos de pantalla de los celulares.

Miedo

Da la impresión de que cada vez son menos los seguidores que salen a la calle en las concentraciones de Bab al-Aziziyah o en las esporádicas apariciones del líder.

"La gente está asustada. Está empezando a acumular en su casa dinero en efectivo por si cierran los bancos", dice Jalal, un vendedor libio de suvenires que posee una tienda en la Medina. "Aunque no confiamos en los del Este. La verdad, siempre hemos sido muy diferentes", añade. Es una opinión generalizada en Trípoli, donde no confían en las intenciones del Consejo Nacional Libio, el gobierno rebelde con sede en Benghazi, la antigua Berenice griega.

En ellos influye la propaganda del régimen, que señala a Al-Qaeda como el responsable de la revolución. También desconfían de los extranjeros que bombardean la capital, con especial intensidad estos últimos días.

La huida de millones de extranjeros, perseguidos y acusados de estar al frente de las revueltas, paralizó muchos sectores. Todas las construcciones están ahora totalmente desiertas, sin un solo obrero a la vista. "No tenemos ayudantes de cocina porque los chinos se fueron", dicen en un lujoso hotel de Trípoli.

Un asalariado del régimen sufrió un ataque en su casa, donde destrozaron los muebles, señal de una pequeña venganza que hace presagiar malos tiempos para los que están cerca del poder. "Todo está listo para salir a la calle. Sólo nos faltan armas, pero estamos listos para cuando llegue el momento", asegura un opositor tripolitano que no quiere dar su nombre y se esconde de las miradas, feliz con el aumento de los bombardeos de la OTAN sobre su ciudad.

Imposible saber cuántos son los que apoyan a Khadafy o cuántos lo odian, dado el férreo control que ejerce el régimen sobre la prensa extranjera, que no puede moverse con libertad para desplazarse a zonas opositoras.

En un cartel situado a la entrada de un hotel, pueden verse fotografías de las "víctimas de los cruzados bárbaros", lenguaje ancestral utilizado en el siglo XXI por el régimen, que encuentra también similitudes con Septimio Severo, que tuvo que defender en sus últimos años de reinado las fronteras de los ataques de los bárbaros, que ponían en peligro la integridad territorial del Imperio.

¿Acabará el régimen de Khadafy como el del emperador romano? Según los historiadores, Septimio Severo fue amado por el pueblo hasta el final de sus días...

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