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Sabato, el sabio magro

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LA NACION
Domingo 01 de mayo de 2011 • 02:25
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Magro, sombrío, con un dolor casi permanente en el rostro, el paso de Ernesto Sabato por la vida y la literatura argentina deja una huella indeleble, a pesar de lo escasa de su obra y de su presencia con cuentagotas en la vidriera pública.

Raúl Alfonsín pensó en este pesimista pertinaz para presidir la Conadep cuando hablar de los derechos humanos no era un deporte nacional sin riesgos ni una bandera agitada por mero oportunismo político. Los militares acababan de retirarse del poder y aún se mostraban amenazantes en 1984, con los servicios de inteligencia aún respondiéndoles, y los reflejos intactos para dar el zarpazo de vuelta, si cabía la ocasión. El peronismo se había comprometido a respetar la autoamnistía castrense, pero había perdido las elecciones y la Historia daba un inesperado viraje sin precedentes.

Hacía falta una mente matemática, un experto en luchas militantes de verdad y un literato célebre por lidiar con fantasmas parecidos y oscuros en sus novelas "Sobre héroes y tumbas" o "Abaddón el exterminador" para abrir las puertas de ese infierno, sobrevivir al intento de sistematizar esos horrores y dejar a las generaciones venideras esa fabulosa, y al mismo tiempo ascética, constancia de coraje que fue el informe que permitió juzgar a las juntas de comandantes.

Le cabe, sin exagerar, a Sabato el título de sabio, en el sentido más integral de la palabra, porque también fue doctor en física y tuvo una relevante actuación en el campo científico. Es común que aquellos que se destacan en Ciencias Exactas , se mantengan totalmente ajenos el ámbito de las humanidades y viceversa, como si un mismo cerebro no fuese capaz de compatibilizar materias tan alejadas entre sí. Sabato, en cambio, las supo hacer convivir en su cabeza.

Su actitud reconcentrada y de cavilaciones constantes escondían un mundo interior complejo, que cuando lo expresaba, sólo excepcionalmente, podía resonar áspero, por momentos asfixiante, y casi siempre soberbio.

Dolía escucharlo, pero al mismo tiempo cautivaba por lo que decía y cómo lo decía. Su voz privilegiada brindó al relato de la muerte y traslado de los restos del general Lavalle dimensiones de epopeya. Contracara de Jorge Luis Borges, por lo que éste se prodigaba socialmente y por su profusa obra y espíritu ligero, las relaciones entre ambos fluctuaron de nulas a difíciles y de difíciles a encuentros furtivos donde ninguno de los dos dejó de ser el que era.

Pero así como nos retaceó lo más que pudo su palabra verbalizada y mucho más todavía su palabra escrita, Sabato nunca dejó de ser el buen vecino de siempre, fiel hasta el fin a su pago chico de Santos Lugares, donde siempre vivió y donde esta madrugada, a las 0.40 se durmió definitivamente, rodeado de sus familiares más cercanos, para no darle el gusto al calendario, dentro de 55 días, de verlo cumplir cien años.

En el documental Sabato, mi padre, que filmó su hijo Mario, dijo que a su muerte quería ser velado en el Club Atlético Defensores de Santos Lugares , el lugar de encuentro habitual con amigos, como un vecino más, donde nadie lo obligaba a ser de bronce. Allí, en Severino Langeri al 3100 de esa localidad, a partir de las 17 y hasta las 24 podrán despedirlo quienes por allí se acerquen. Mañana, su cuerpo partirá hacia el cementerio Jardín de Paz. Pero sólo su cuerpo. Su obra y sus dichos quedarán interpelándonos para siempre.

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