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Entrelineas / Por Pablo Sirven

Arturo Puig, ese gran actor todoterreno

Espectáculos

El presente laboral de Arturo Puig encierra una gran paradoja: siendo en la vida real hijo único, brilla ahora mismo encarnando a sendos problemáticos hermanos en el cine y en el teatro.

Sobre el escenario del Liceo compone en El precio , de Arthur Miller, al hermano emocionalmente más frágil del muy seguro personaje que regresa a su vida y que hace Antonio Grimau.

Al mismo tiempo, en la película Los Marziano , dirigida por Ana Katz, que aún está en cartel, Puig encarna al hermano fuerte de otro más acomplejado al que Guillermo Francella presta su piel.

Pero más paradoja que esa -interpretar un vínculo que nunca experimentó en la vida real y, de todos modos, hacerlo creíble, para colmo en dos variantes bien distintas- es que aquel galán televisivo (el de éxitos colosales como Carmiña , en los 70, o ¡Grande, pa! , en los 90, entre infinidad de otros títulos) haya podido dejar atrás esos epidérmicos y más convencionales condicionamientos para transformarse en uno de los actores teatrales que en la actualidad llenan más cabalmente la escena.

La TV, con sus pesadas y aceleradas grabaciones, brinda mucho training a los actores pero a costa de pegarles algunos clichés, producto de un trabajo urgente y demandante, cuya elaboración precaria puede dejar huellas no queridas. Quien haya transitado esa pequeña pantalla con la intensidad, la frecuencia y la repercusión con las que Puig lo hizo a lo largo de su dilatada carrera por lo general queda marcado para siempre.

El actor televisivo medio suele carecer de sutilezas en sus composiciones; es más superficial y sus explícitas carencias técnicas acaban por dejarlo desnudo si osa subir a un escenario sin un adecuado entrenamiento. Eso no es todo: hasta su voz se vuelve inaudible, por su dicción imperfecta y su volumen insuficiente. Así, la TV, que trabaja en planos más cerrados para la cámara, y el teatro, que, en cambio, lo hace en el rígido plano general que brinda el escenario, resultan casi siempre mundos incompatibles que requieren casi forzosamente actores de distintas razas.

Nada de eso sucede con Arturo Puig, que parece muy cómodo transitando ambos territorios. Si es ligero y simpático en sus incursiones electrónicas, igual resultan muy impresionantes sus notables transformaciones, de adentro hacia afuera, cuando se levanta el telón y su actuación es en vivo.

A pesar de ser una reconocida celebridad desde hace décadas, Puig consigue, cuando las luces se apagan, convencer al espectador de que sobre el escenario es el personaje que encarna, sin contaminaciones externas de ningún tipo. Es tal la concentración que pone en sus papeles que es imposible para el espectador atento no ser arrastrado al interior de los conflictos de la obra. Así lo hizo en Cristales rotos o en Panorama desde el puente , otros de los clásicos de Miller; en la descomunal demolición del matrimonio que es ¿Quién le teme a Virginia Woolf? , de Edward Albee, o como el inquietante padre/monstruo de La vuelta al hogar , de Harold Pinter.

Si Ricardo Darín ya es, por derecho propio, "el" actor del cine argentino de los últimos años, Arturo Puig es la gran sorpresa sostenida del teatro de nivel en la cartelera porteña. Ambos compartían y se lucían, en los 80, escoltando a Susana Giménez en dos de las comedias musicales más exitosas de todos los tiempos: La mujer del año y Sugar . Por entonces, la trascendencia de ambos emanaba casi exclusivamente de la televisión y se preguntaban si algún día tendrían la oportunidad de demostrar que podían dar más y mejor.

El tiempo pasó, y tanto Darín como Puig se han rediseñado a sí mismos al haberse vuelto actores más completos, tan aptos para la comedia como para el drama. A cambio de eso, el primero ha dejado atrás la TV y el segundo trabaja mucho más esporádicamente en ella y con resultados desparejos. Es como si ese crecimiento formidable que tuvieron incomodara al medio masivo más vanidoso y evanescente.

Ahora, la vida y la ficción le proponen a Puig una paradoja más. La acción de El precio se desenvuelve entre muebles y trastos viejos que pronto serán rematados. Es imposible que ese paisaje no lo remita en algún momento de cada representación a su infancia y al local de utilería que fundó su bisabuelo catalán, que continuaron a lo largo de varias décadas sus abuelos, padres y tíos, y que él mismo, con dolor, debió cerrar. Allí, de niño, encontraba vestuarios y accesorios para disfrazarse y jugar, mucho antes de que le estallase la vocación de interpretar a otros.

El galán que conoció a su mujer (la actriz Selva Alemán) trabajando en el mismo teleteatro y que hasta grabó un disco cuando estaba en la cumbre de su éxito televisivo, ancló hace años, por decisión propia, en el teatro de repertorio.

Disfruta de ese rito único y artesanal del que forma parte cada noche; cree en el poder sanador y hasta psicoanalítico del teatro y en su posibilidad concreta de liberar en el espectador emociones y fantasmas que la rutina reprime.

Desde ningún aspecto vale la pena perderse la posibilidad de aplaudirlo..

psirven@lanacion.com.arEn Twitter: @psirven
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