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Opinión

¿Cómo salir de la trampa de la pobreza?

Comunidad

Estoy convencido de que la Argentina es dos países separados por un muro infranqueable para 10 millones de personas; que el crecimiento no ha alcanzado para revertir esta situación, y que para eso es necesario un enorme y largo esfuerzo colectivo bajo la forma de un contrato social.

Durante 40 años, crisis tras crisis, la pobreza se ha ido concentrando en un mismo núcleo de argentinos que, agobiados por una educación degradada y el trabajo en negro, han perdido sus posibilidades de movilidad social y reproducen su exclusión entre generaciones. El resto de la sociedad no los mira -y aun los detesta-; el Estado no sabe y no puede cambiar esta situación, y el resultado es una degradación en la seguridad, la convivencia y la calidad de la democracia.

Puesto de esta manera parece una situación sin salida. Sin embargo, un país con los recursos económicos y humanos de la Argentina no puede condenarse a la inacción y, en especial, al escándalo ético de la resignación frente a tanta pobreza. Sobre todo porque hay otros países que han podido salir. Los europeos, por ejemplo, que después de la guerra implementaron los grandes acuerdos que durante 40 años sostuvieron el estado de bienestar, y lo hicieron usando a pleno las instituciones democráticas y el consenso del diálogo. También Brasil pudo incorporar al mercado 28 millones de personas en 15 años, y Chile logró resultados proporcionalmente similares.

El cambio no es imposible en la medida en que se cuente con el liderazgo, se utilicen las herramientas disponibles y se tomen las decisiones necesarias. La degradación del transporte urbano, el acceso inequitativo a la justicia o a los servicios básicos como el gas natural, y obviamente ocultar la inflación, son ejemplos de cómo se agrede a quienes no pueden defenderse.

Las herramientas son, ante todo, una economía estable y en crecimiento sostenido, sin crisis, de las que los más pobres son siempre los últimos en recuperarse. Luego, un programa sostenido de transferencias como la Asignación Universal por Hijo, que dé un umbral mínimo de alimentación, estimule la escolarización y sobre todo ayude a que las mamás no deban salir a trabajar y puedan quedarse con sus hijos. Una reforma educativa profunda, que no se quede sólo en más recursos, sino que entre en dos aspectos clave de la equidad: calidad y retención. Asegurar el acceso a recursos financieros para construir futuro, como la vivienda y el capital para que crezcan pequeñas empresas que den trabajo decente.

Pero a todas estas medidas macro hay que agregarles un factor menos evidente, casi artesanal, que es la decisión del pleno aprovechamiento de la energía social. Las heridas que ha producido la pobreza son demasiado profundas como para ser solucionadas sólo con decisiones de política. El deterioro masivo de los hogares pobres, el embarazo adolescente, las adicciones y la dramática dificultad que tienen los jóvenes pobres para imaginar y construir un proyecto de vida son procesos que se revierten en períodos largos, sólo en la medida en que a las condiciones económicas y sociales se les agregue el apoyo humano cotidiano. Apoyo que va a nacer sobre todo del refuerzo de las posibilidades comunitarias para contener y acompañar en momentos tan críticos como los que he mencionado. Desde la decisión de seguir en la escuela hasta la de embarazarse y tener el bebe, o la de no cejar en la posibilidad de conseguir un trabajo, son todos momentos de la vida que pueden superarse con el afecto y la presencia de la familia y la comunidad. Y la terrible debilidad de la familia aumenta el rol de la comunidad.

Es complejo, largo y difícil, pero no es imposible, en la medida en que estemos dispuestos a mirar hacia el otro país, a comprometernos y a usar la energía social de la comunidad.

El autor es diputado nacional del Peronismo Federal y autor del libro País rico, país pobre

La posibilidad de salir de la pobreza radica en que ningún gobernante de turno se apropie y deforme los símbolos que hacen a la condición humana: dignidad, igualdad, respeto, integración social para vivir en comunidad.

Por eso, la lucha por la dignidad de las personas es el corazón de la lucha para terminar para siempre con la pobreza. Una persona digna es aquella que tiene proyectos de mejora de su calidad de vida asociada con su comunidad. Es imposible pensar un país donde la supuesta justicia social se haga avasallando las instituciones de la República, única garantía de permanencia de los derechos logrados.

Cuando decidimos allá por los 90, en el Movimiento de Trabajadores Desocupados de La Matanza rechazar los planes asistenciales, no se entendía muy bien por qué lo hacíamos y tampoco por qué el odio de los punteros políticos hacia nosotros. En realidad estábamos cuestionando la matriz de dominación de los pobres que quedaban por fuera del sistema y eran una apetecible masa electoral para la construcción de poder en la Argentina. Darnos cuenta de esto fue la fortaleza más importante que tuvimos.

Sostener que era posible una vida digna, a partir del trabajo como valor, rompía de cuajo el discurso progresista de la asistencia del Estado a los pobres que no se habían adaptado a los cambios estructurales de la economía de la nación como única salida. Que en un país donde se producen diez veces más alimentos que la necesidad de consumo de sus habitantes haya niños desnutridos y con hambre es una inmoralidad. ¿Es responsabilidad de los empresarios o de los trabajadores que no producen bienes suficientes como para que millones de hermanos salgan de su situación de pobreza? ¿Es la desidia de los pobres que tienen oportunidades y no las aprovechan por vagos o indolentes? Por nuestra historia sin lugar a dudas que no, y menos después del crecimiento a tasas China que tuvo la economía en los últimos años.

El centro de los males está en la política. De aquellos que en sus planes económicos avarientos priorizaron las ganancias de unos pocos por sobre la condición humana del resto. Pero también de aquellos que, en nombre de la justicia social, pisotean la dignidad de las personas con el único objetivo de apropiarse de los bienes de todos, sirviéndose del Estado prebendario. Medidas de gobierno importantes para la distribución de los ingresos, como la Asignación Universal por Hijo, quedan opacadas por la cultura clientelar. Este es el punto medular. Cada vez más, una sofisticada maquinaria clientelar transforma a los ciudadanos en clientes y a sujetos de derechos en beneficiarios, para que la dominación instalada a cuentagotas sea también la única salida de sobrevivencia para siempre, quitándole al pobre su condición de semejante.

Derrotar al perverso clientelismo político, neoliberal o progresista es la condición necesaria para pensar que en la Argentina la pobreza sea un recuerdo del pasado. ¿Es posible? Definitivamente sí. Para esto es necesaria una profunda transformación cultural donde los programas de desarrollo humano sean para la emancipación de los pobres y no para mantenerlos como fuerza de choque del gobierno de turno.

El autor es diputado nacional por la Coalición Cívica y fundador de la Cooperativa La Juanita .

Eduardo AmadeoPara LA NACIONHéctor "Toty" FloresPara LA NACION
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