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Una vez más, César Aira

Silvia Hopenhayn Para LA NACION

Miércoles 11 de mayo de 2011
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Lo cotidiano puede convertirse en una experiencia extraña o novedosa. Con sólo parcializar algunos gestos basta para que la realidad cambie de forma.

Un supermercado chino, por ejemplo. Sabemos lo que vamos a comprar, a veces encontramos buenos vinos en oferta o un arroz asiático de consistencia volátil. Nos cruzamos con algunos vecinos y escuchamos quejas del verdulero subcontratado. Lo que tiende a enrarecerse es el momento de la salida. En la caja no sabemos qué nos aguarda: un bebe chino que se apropia de nuestra mercadería apenas ésta cruza el lector electrónico, poniéndonos en la incómoda situación de tironear de nuestro yogur o del paquete de almendras. O nos atiende una pareja peleándose a grito chino, sin que podamos discernir si es un ajuste de cuentas o una queja a proveedores a dúo o una conversación a viva voz. A veces están comiendo una sopa fofa que se bambolea al ritmo de los productos que se enciman en la caja. Otras es un joven quien nos cobra, emitiendo chillidos de jolgorio, como si la dificultad de hablar en castellano lo hiciera reír.

Nunca se equivocan en las cuentas. Quizá se deba al ábaco o la presión demográfica. Los chinos conocen los precios de memoria, y la inflación, al dedillo. Pocos piden cambio. A diferencia de los comerciantes argentinos, que redondean o carecen de monedas, los chinos de los supermercados no fían y devuelven hasta el último centavo.

Nuestra más cotidiana experiencia con la China es, pues, rara. Si se acelera la imaginación es posible ir aún más lejos. César Aira llega hasta otro planeta idéntico al nuestro, donde supuestamente viven los chinos de los supermercados argentinos. Su última novela, El Mármol (publicada por La Bestia Equilátera con tres tapas distintas, risueño guiño editorial a su prolífica y codiciada obra), comienza con la aparente trivialidad de una compra doméstica en los susodichos mercados.

Pero así como Roland Barthes sugiere que un buen libro es aquel que nos hace levantar la cabeza de la página, la realidad tiene la misma posibilidad de un libro: ser leída con asombro y felicidad. Como dice el narrador de Aira: "Basta tan poco para alzarnos por encima del trabajo trivial y absorbente de negociar el día-a-día".

La novela (breve) prospera a través de las conexiones inesperadas que surgen de la realidad, o más bien de su lectura. Hasta lo más nimio puede conducir a reflexiones algorítmicas. Y eso es lo que caracteriza a Aira, la aventura de vivir está al alcance de los ojos, en cualquier momento y lugar. Escribir es un intento de apresar estos antojos de la realidad de volverse dúctil, apreciable. Es lo que hace el narrador de El Mármol : "Quise preservar, poniéndola en negro sobre blanco, una felicidad que por mínima e inmotivada no habría tenido, de otro modo, en qué apoyarse". Vaya feliz y fugaz concepción de la literatura.

© La Nacion

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