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¿Sabor o salud?

Domingo 15 de mayo de 2011
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PARA LA NACION
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El otro día entré a un negocio que vende pastas caseras. Quería comprar tapas para empanadas. En la pared detrás del mostrador había un afiche con la siguiente oración:

"Señor, dame serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, valor para cambiar las que sí puedo, y sabiduría para discernir unas de otras."

La tarde anterior había preparado el relleno con carne cortada a cuchillo, pero todavía no había decidido si las haría fritas o al horno. La lectura del afiche me distrajo. No era la primera vez que leía esa oración y, como todas las veces anteriores, la última línea me dejó pensando. ¿Cómo distinguir entre lo que está a mi alcance y lo que no? En el fondo, se trata de la pregunta por la existencia de un destino. Cuestión nada banal de la que se han ocupado los filósofos desde los griegos hasta nuestros días, sin nunca ponerse de acuerdo. La discusión puede resumirse de la siguiente manera: los deterministas piensan que el futuro está escrito de antemano y que nuestra libertad es tan inexistente como la de una ameba; los indeterministas, en cambio, niegan el destino y afirman que somos libres de tejer la trama de la vida a nuestro antojo.

En las últimas décadas la ciencia ha arrojado leña al fuego. Los descubrimientos más recientes en el campo de la neurobiología parecen indicar que tenemos mucho menos poder de decisión del que nos parece. Algunos científicos afirman que nuestra conciencia es como un mono que galopa montado sobre un tigre: el tigre representa nuestro inconsciente y el mono, nuestra conciencia, empecinada en inventar historias para convencerse de que es ella quien controla la situación.

Mark Halett, un investigador del National Institute of Neurological Disorders, en EE.UU., afirmó: "El libre albedrío existe, pero es tan sólo una percepción. Sentimos que somos libres. Pero cuanto más se analiza el tema, más seguros estamos de que la libertad es un espejismo". En esa misma onda, el filósofo Michael Silberstein escribió: "Somos tan responsables de nuestros actos como puede serlo un asteroide o un planeta". Pero la crítica más dura al libre albedrío es la que ha hecho Daniel Wegner, un psicólogo de Harvard que afirma que nuestra voluntad es una sensación que surge con posterioridad a los hechos. En otras palabras: no decidimos libremente actuar de una manera determinada, sino que nuestros actos ocurren independientemente de nuestra voluntad. En su libro La ilusión de una voluntad consciente, Wegner da evidencias de que primero actuamos y sólo después tenemos la sensación de que hemos decidido hacer lo que acabamos de hacer. Así, la idea de nuestra libertad sería una ilusión creada por nuestro cerebro, pero sin fundamento real.

Los deterministas siempre han provocado enojo e incomodidad, no sólo porque su postura atenta contra una de nuestras convicciones más profundas, sino porque parecería que si aceptamos que no somos libres todo nuestro sistema moral se cae por la borda. En efecto, si no decidimos qué hacer, sino que nuestros actos ocurren a pesar nuestro, nadie es responsable de nada y la Madre Teresa es tan merecedora de elogio o de repudio como Stalin.

-¿Fritas o al horno? -me preguntó la señora que atiende el negocio.

Mi hijo las prefería fritas; su amigo, al horno. ¿Y yo? Si Wegner estaba en lo cierto y la decisión no dependía de mi voluntad, sino de reacciones electroquímicas inconscientes, bien podía no preocuparme por decidir nada en absoluto. En algún momento mi boca hablaría por mí.

Me quedé mirando a la señora. Pensé que fritas eran más ricas; al horno, más sanas. ¿Qué tendría escrito el destino para mí?

revista@lanacion.com.ar

La autora es escritora. Su última novela, Abundancia, ganó el Premio Internacional de Novela Letra Sur 2010

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