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Fidelidad y fotogenia

Espectáculos

Imposible despojarse de expectativas y aun de prejuicios ante la primera visión de esta nueva versión de "Lolita". Tanta fue la controversia que provocó y que la prensa internacional se encargó de difundir; tanto el recelo que despertó, sobre todo en una realidad hipersensibilizada respecto de la pedofilia como la norteamericana; tantas las sospechas que generó el nombre de su director, Adrian Lyne, todo un experto en cine comercial de alto voltaje erótico, según lo certifica la repercusión de "Nueve semanas y media", "Atracción fatal" o "Propuesta indecente".

La película, finalmente, llega a nuestras pantallas y justo es reconocer en primer lugar que si bien Adrian Lyne no pudo abandonar del todo ese lenguaje de raigambre publicitaria que busca el efecto inmediato en flashes breves y en un demorado regodeo sensual en los detalles, quiso intensificar esta vez su compromiso artístico para ponerse a la altura del material que tenía entre manos, de modo que prefirió, dentro de su frontal estética publicitaria, la sutileza a la apelación directa, lo sugerido a lo explícito.

Su "Lolita" es una lectura muy respetuosa del original de Nabokov, cuya bien conocida historia -la de la obsesión de un maduro profesor de 40 años por una adolescente de 12- adopta la mirada del protagonista y describe su torturado tránsito de la tentación y la pasión al derrumbe y la tragedia. Lyne y su libretista Stephen Schiff se esmeran por retratar la enfermiza conducta de Humbert Humbert (de cuyo origen da cuenta un breve prólogo), pero también su humanidad, su fragilidad y su pesadilla.

Atentos a la novela, comprendieron que es su historia, la de Humbert y no la de Lolita, la que cuenta y que es su voz lírica, triste, ardorosa o perturbada la que Nabokov utiliza para hablar del amor desde el ángulo de la lascivia.

Lejos de Nabokov

Claro que las pulcras imágenes de Lyne y sus planos breves y enfáticos no son precisamente el equivalente del calidoscópico lenguaje de Nabokov. Cuando Lolita hace su primera aparición en pantalla, el estilo Lyne queda al descubierto: la chica está echada sobre el pasto, lo suficientemente cerca del aparato de riego como para que el agua salpique el fino algodón de su vestido y lo vuelva semitransparente, mientras la cámara capta las chispitas que vienen del reflejo de los rayos de sol.

Desde ese momento en adelante, una sucesión de imágenes igualmente elaboradas e igualmente extraídas del conocido repertorio del erotismo fotográfico irán ilustrando la perturbadora historia de Humbert y Lolita, a la que a veces sirven expresivamente y a veces despojan de calor e intensidad dramática. El tratamiento visual termina siendo como un esmalte -brillante y atractivo- que sólo de a ratos exhibe la transparencia necesaria para que el atormentado proceso interior del protagonista alcance el primer plano y consiga perturbar.

Si esta contradicción se resuelve a favor del film es, seguramente, por el desempeño de los actores y, en especial, por la sensibilidad y la inteligencia con que Jeremy Irons y Dominique Swain dibujan a sus criaturas. El actor británico hace visible su conflicto interior y sobre todo expone el crecimiento de su obsesión desde la equívoca ternura de los primeros acercamientos con Lolita a su desesperada claudicación final. Swain tiene la mezcla de malicia e inocencia, de perversidad y encanto, de sensualidad e impertinencia, que hacen tan seductora a la adolescente.

También fue un acierto la elección de Melanie Griffith, que le presta su vulgaridad casi caricaturesca a la infortunada madre de la protagonista, y la de Frank Langella para el demoníaco y siniestro Quilty, si bien le toca en suerte una guiñolesca escena que quiebra sobre el final la homogeneidad del relato.

La exquisita fotografía de Howard Atherton responde disciplinadamente a la estética de Lyne y tiene singular incidencia en los momentos de intimidad de la pareja, aquellos en los que el realizador más se preocupó por subrayar las intenciones y los climas y desestimar lo obvio. Con tan deliberada moderación, habrá querido responder a las prevenciones de quienes maliciaban que en sus manos iba a convertirse en un folletín sensacionalista lo que Vladimir Nabokov concibió como una tragedia.

Sin televisión

"Lolita" recibió en la Argentina la calificación "sólo apta para mayores de 18 años" y, por lo tanto, no podrá ser exhibida en televisión, ni siquiera fuera del horario de protección al menor. Una vez conocida la noticia, la distribuidora dueña de los derechos locales solicitó que se reconsiderara dicho dictamen, pero una nueva junta calificadora ratificó la decisión anterior. .

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