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Recuerdos de un actor frustrado

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LA NACION
Sábado 28 de mayo de 2011
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En la Escuela Argentina Modelo, donde cursé primaria y secundaria, las fechas patrias se celebraban con representaciones de algunos hechos históricos prominentes, como la creación de la bandera, o el cabildo abierto. Yo envidiaba a los chicos elegidos para desempeñar los papeles de próceres, porque podían vestir los hermosos uniformes con charreteras, alamares y entorchados, calzar botas y lucir bicornio. Había un problema: los uniformes y, en general, las ropas de época, eran de talles muy pequeños, así que los codiciados protagónicos recaían siempre en menudos Belgranos y esmirriados San Martines, en tanto los de dimensiones más o menos normales para la edad figurábamos como pueblo, o como indios, nomás. Tal vez de entonces (y de la pasión teatral de mis padres, asiduos espectadores) me viene este gusto del teatro.

Varios lectores me piden que insista en las Reflexiones de un veterano , que anoté en la columna de dos sábados atrás. Parte de la experiencia adquirida en muchos años de profesión está vinculada a mis escasas, mínimas apariciones en un escenario. Hacia 1952 ó 54, no recuerdo bien, Héctor Bianciotti, el escritor cordobés hoy académico de Francia y en aquel entonces aspirante a actor, reclutó a un grupo de amigos para hacer teatro leído, en diversas instituciones y en casas particulares. El repertorio consistía básicamente en obras del italiano Ugo Betti, dramaturgo de moda en ese tiempo: Delito en la Isla de las cabras fue su pieza más famosa, junto con Corrupción en el Palacio de justicia .

Bianciotti resolvió actuar y dirigir Lucha hasta el alba , de Betti, en traducción propia y de Alma Bressan. Me tocó el pequeño papel de un anciano notario, para el cual debía caracterizarme con una apariencia asombrosamente parecida a la que hoy ostento, sólo que la de hoy es real. No nos iba mal de público, en un teatrito de la calle Tucumán, hasta que una querella privada entre los dueños de la sala nos obligó a bajar el telón. Un dato curioso: Bianciotti estuvo a punto de estrenar Esperando a Godot y no lo hizo por diferencias de criterio con el productor sobre la puesta en escena.

Si esa incursión me permitió asomarme a los resortes del teatro por dentro, la que me procuró mayor felicidad fue, en la antigua Cultural Inglesa, interpretar al padre de El pedido de mano , de Chejov, en inglés. Me divertí como loco: nos dirigía una señora inglesa, cuyo nombre no recuerdo, que decía haber sido dama joven de la compañía de John Gielgud. Y debía ser verdad: cuando estaba sobria, era excelente; cuando sobrepasaba la cuota de gin, llegaba a lo sublime, porque enloquecía y nosotros con ella.

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