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Retazos de La Dolce Vita

Una mirada desesperanzada de la sociedad, con un elenco notable

Sábado 28 de mayo de 2011

DRAMATURGIA Y DIRECCION :ALFREDO RAMOS INTERPRETES : PABLO DE NITO, FLOR DYSZEL, LEONEL ELIZONDO, CAROLINA FERRER, LEONARDO MARTINEZ, GABY MOYANO Y ANDRES RAIANO ESCENOGRAFIA: FELIX PADRON ILUMINACION: JORGE PASTORINO VESTUARIO: PIA DRUGUERI DISEÑO SONORO: JAVIER BUSTOS ASISTENTES DE ESCENA: CLARA RODRIGUEZ, PABLO GREY, LUCIA RODRIGUEZ ASISTENTE DE DIRECCION: KARINA FRAU SALA: LA CARPINTERIA (JEAN JAURE 858) FUNCIONES: SABADOS, A LAS 23.30 DURACION: 60 MINUTOS. Nuestra opinión: muy buena

Como en trabajos anteriores - Un amor de Chajarí o Los desórdenes de la carne - el dramaturgo y director Alfredo Ramos vuelve a hurgar en el mundo de una familia atípica, intentando develar ciertas oscuras perversiones que mantiene unidos a sus miembros.

En este nuevo proyecto, el punto de partida parece ser el cine pero en verdad y, a poco de iniciada la acción, poco queda de él y lo que se impone es el mundo interno de unos hombres y mujeres anónimos cuya oscuridad, a la hora de vivir, se torna un material dramático de fuerte densidad. Ramos es muy particular a la hora de descubrirlos. Lo hace de manera sutil y va hasta el fondo a la hora de exponerlos. Y consigue una pintura grotesca muy contemporánea y, a la vez, muy conmovedora.

En el interior de un taller mecánico, el padre y tres de sus hijos se entregan al trabajo diario mientras, a través de sus conversaciones, acercan datos de una cotidianeidad que los muestra en un doble rol. Esos aparentes buenos muchachos - los hijos- tienen unos mundos privados muy convulsionados. Y sin bien se entregan a los designios de su padre con humildad, cada uno porta un resentimiento añejo que en algún momento va a eclosionar. Tres mujeres circulan por ese espacio tan masculino: una hija, una amante, una novia. Las tres resultan figuras de una extrema perversión y las tres son móviles directos a la hora de desencadenar la tragedia final.

Amor, dolor, miedo

En el marco de una escenografía hiperrealista y muy lograda de Félix Padrón, donde la luz de Jorge Pastorino encuentra múltiples posibilidades a la hora de valorizar ambientes y vitalizar escenas, el notable grupo de actores desarrolla con vehemencia un juego en el que el amor y la pasión se mezclan de continuo con la perversión, el odio, el miedo y el dolor. Por esas vías construyen a esas criaturas desalmadas que siempre ocuparán el centro de la escena con una impunidad notable, tanto a la hora de hablar de los lazos familiares, como de sus creencias, sus valores religiosos, el sexo. Esa manera de ver y entender la vida es verdaderamente irritante, aunque es allí donde Alfredo Ramos, en tanto director, encuentra una teatralidad inusitada para, como siempre lo hace, mostrar una sociedad de forma muy desesperanzada.

Carlos Pacheco

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