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La degradación del escrache

Es inaceptable que incluso funcionarios judiciales se alíen para escrachar a jueces cuyo desempeño desaprueban

Jueves 02 de junio de 2011
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Una de las tantas modalidades deplorables en que han caído grupos de la sociedad argentina en los últimos años es la del escrache. Por contagio se ha extendido a Uruguay, convirtiéndose así su denominación en un vocablo rioplatense.

Sea por constituir una forma solapada de amenazas o por encontrarse al borde de producir daños sobre los bienes, o lesiones físicas, o la vejación del manoseo o la afectación del derecho constitucional de libre tránsito, el escrache es, en principio, una expresión decadente de la sociedad contemporánea. Nada más fascista que el escrache. Y, si se ha hecho un lugar entre las expresiones que mejor caracterizan a algunos movimientos cuyos protagonistas alardean de adalides del progresismo, es porque son fascistas de izquierda. El Holocausto comenzó con el estampado de la estrella de David en la fachada de las casas de los hijos de Moisés. Así quedaban marcadas las familias judías y así se pretende marcar hoy en la Argentina a quienes opinan o actúan de manera diferente.

Resulta inverosímil que abogados, profesores, periodistas y hasta funcionarios judiciales se hayan aliado para escrachar a jueces con cuyo desempeño están en manifiesto desacuerdo. Hasta han resuelto conferir "el premio Petiso Orejudo" al magistrado que, a juicio del plan descabellado que pergeñan, haya contribuido en mayor medida "al desprestigio del Poder Judicial".

Dejaremos en este comentario en suspenso el juicio nuestro –por otra parte, conocido– sobre algunos de los jueces contra los que se anuncia el desdoro de colocarlos a la altura de aquella miserable criatura que fue Cayetano Santos Godino, que terminó sus días asesinado en la penitenciaría de Ushuaia. A lo que procuramos apuntar en esta oportunidad es a la necesidad de que la sociedad argentina reaccione en defensa de la ley y de las instituciones. Que se acoja a sus dictados y espíritu, en lugar de apañar a quienes se sublevan en los terrenos moral, jurídico y político. Que haga posible ella misma el Estado de Derecho contra el que se conspira cuando no se acatan las sentencias o se vulnera la libertad de prensa, y que no sea ella un testigo anestesiado, ciego y sordo, ante evidencias sobre lo que alguna vez en el futuro pueda señalarse como punto de partida de una violencia a la cual no se debería haber retornado.

Del otro lado del Río de la Plata llegan con alguna periodicidad manifestaciones de una sensatez que solemos extrañar aquí. Una de las últimas ha consistido en un proyecto de ley, que se encuentra en sede de la Comisión de Constitución y Códigos del Senado, por el que se tipifica el delito de escrache cuando éste se produce frente a domicilios privados.

Nadie haga caso de quien se agravie por una supuesta limitación a la libertad de expresión. Mentira. La libertad de expresión nada tiene que ver con actos intimidatorios de acción directa, suscitados muchas veces por el simulacro de jurados populares autoconstituidos, cuyos miembros deberían ir preparándose para una rendición de cuentas no sólo con sus conciencias, sino con la ley y la patria.

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