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Para combatir la inseguridad

Roxana Kreimer Para LA NACION

Miércoles 08 de junio de 2011
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Todos opinan sobre el problema de la inseguridad. Pero la mera opinión es el escalón más bajo del conocimiento. Muchos opinan que a corto plazo el problema se resuelve fortaleciendo a la policía, y a largo plazo, con reformas sociales. Pero la evidencia científica no revela eso. Las políticas centradas en el fortalecimiento de la policía no han sido efectivas en ningún lugar del mundo. Quienes las defienden invocan el plan que implementó Rudolph Giuliani durante la década del 90 en Nueva York. Su régimen de "tolerancia cero" estuvo basado en el fortalecimiento de la policía, pero la violencia social decreció porque también durante esos años disminuyó la desocupación.

Más de cincuenta estudios internacionales realizados en 76 países por Fanjnzylber, Daly y los economistas argentinos Cerro y Meloni muestran que la desigualdad es el factor que más correlación tienecon la violencia social. Por sí sola no la genera. De otro modo se podría cometer el error de afirmar que todos los pobres son delincuentes, sin advertir que los delitos de cuello blanco están a la orden del día. Pero sí acentúa sus condiciones de posibilidad, junto con otras variables que inciden en menor proporción, tales como el debilitamiento familiar, la pérdida de lazos y control comunitarios, y el desempleo.

En la Argentina, el 10% de la población concentra entre el 35% y el 37% de la riqueza, y el 20% tiene más de la mitad. Hay 900.000 jóvenes que no estudian ni trabajan. No forman parte de ningún programa de inclusión juvenil, y cuando ingresan temporalmente en el mundo laboral, lo hacen en tareas de baja calificación.

Tal como revelan los estudios realizados en institutos de menores, también se roba con el fin de obtener el reconocimiento de los pares o por justa indignación, en virtud de que todos los días esos jóvenes ven desfilar ante sus ojos la vida que la sociedad les dice que podrían disfrutar, pero que esa misma sociedad les niega. En este sentido, el problema de la inseguridad es propio de sociedades democráticas, es decir, de contextos en los que se produce una brecha entre las expectativas y objetivos que genera la sociedad y las posibilidades reales de lograrlos.

Los países que cuentan con niveles de inseguridad significativamente inferiores a los de la Argentina -Alemania, Holanda y Suiza, entre otros- tienen índices más bajos de desigualdad y cuentan con sistemas de seguridad social que garantizan a los ciudadanos que sus necesidades básicas serán cubiertas. Terminado el seguro de desempleo, hay otros que garantizan un mínimo de subsistencia. En Alemania, el Estado facilita la obtención de trabajo, pero si el ciudadano no acepta ninguno, el subsidio empieza a disminuir mes a mes, sin que llegue a desaparecer del todo.

A continuación enumeraré algunas medidas que han resultado efectivas en otros países y que fueron presentadas en el Senado de la Nación y en mi libro Desigualdad y violencia social .

-Ingreso básico ciudadano: garantizaría a todo ciudadano bienes y servicios primarios para mantenerse con vida. La medida ha sido adoptada en países como Canadá, Alemania y Holanda. Es una extensión de la asignación por hijo implementada en la Argentina y se basa en sus mismos principios filosóficos. Se debería complementar con medidas que garanticen la obtención de un empleo digno.

Messner y Rosenfeld, en un estudio, y Briggs y Cutright, en otro, encontraron que, en 21 países, cuando aumentan los gastos en asistencia social, disminuyen los homicidios.

No es cierto que los planes sociales nunca puedan dar resultados inmediatos. En Venezuela, el plan Alcatraz logró desarticular una banda de delincuencia rural al ofrecer un programa de trabajo sistemático. En Cali, durante los 90, también se obtuvieron resultados con programas de desarrollo de barriadas que incluían la legalización de la titularidad de las viviendas para los ocupantes de terrenos, entre otras medidas.

-Becas en el área educativa y de capacitación: el 60% de los trabajadores informales y el 95% de la población carcelaria no terminaron la secundaria.

-Capacitación laboral para jóvenes en situación de vulnerabilidad: otorgamiento de becas para retomar la escolaridad por la mañana y para aprender oficios con salida laboral por la tarde.

-Consejo para la asignación de empleos: destinado a mediar en la asignación de puestos de trabajo. Se daría prioridad a las personas en situación de vulnerabilidad.

-Microcréditos para la formación de cooperativas: pequeños préstamos o subsidios concedidos a personas que no pueden solicitar un préstamo bancario tradicional.

-Redes que contribuyan a la integración social: ayudar a las madres que crían solas a sus hijos para evitar que haya, como ahora, un 30% de deserción escolar en el quintil más pobre, contra un 6% en el quintil mas rico. Contactar a los jóvenes que hayan abandonado sus estudios y hacerles una oferta para que los retomen, garantizándoles ayuda económica y salida laboral. Crear clubes y asociaciones vecinales que puedan suscitar nuevos intereses en niños y jóvenes, y que eviten el tiempo en que la calle se convierte en una "escuela para el delito".

-Cárceles y centros de detención de menores que garanticen el acceso a todos los niveles educativos, que capaciten para el mundo del trabajo y operen en forma conjunta con un organismo que facilite la obtención de empleos. En Costa Rica y en Nicaragua se han obtenido muy buenos resultados con este tipo de planes de reinserción.

-Límites a la acumulación de la riqueza. Por ejemplo, reimplantar el impuesto a la herencia, eliminado durante la dictadura militar de 1976.

En uno de los mitos griegos se relata la historia de Tántalo, que fue sometido al suplicio de padecer sed al borde de un lago que se alejaba cada vez que él intentaba beber de sus aguas. La historia refleja el padecimiento de muchos ciudadanos que no pueden alcanzar los bienes que la sociedad les muestra pero al mismo tiempo les escatima.

Cuando esta situación se naturaliza y predomina la inequidad, no hay justicia y es difícil que haya paz.

© La Nacion

La autora es licenciada en Filosofía y doctora en Ciencias Sociales por la UBA

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