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Mis amigos muertos

Domingo 12 de junio de 2011
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PARA LA NACION

Cuando estoy cansada, y no logro decidir algún asunto difícil, he empezado/ a pedir la opinión de mis amigos muertos", escribe Marie Howe en un poema. Y a mí, que tengo tan mala memoria que más bien debería decir que carezco de ella por completo, esos versos se me quedaron grabados desde la primera vez que los leí.

Una sola amiga mía ha muerto. Una sola, y ya es mucho. Se sentaba al lado mío en tercer año del secundario y murió de una manera tan ridícula como injusta: acabábamos de llegar a un retiro de dos días, y una de las monjas, al querer estacionar el auto en una pendiente, la atropelló.

Han pasado muchos años desde aquel día, pero recuerdo como si fuera ayer el cuerpo de mi amiga despegarse de la tierra y salir disparado por el aire, trazando un arco sin retorno. También recuerdo su rostro. A diferencia del mío, marcado por el paso del tiempo, el de ella sigue siendo tal como era entonces: suave como los panes que hacía su padre en la panadería que abrió en Chacao, en Caracas; dulce como sus ensaimadas.

Qué difícil es hablar de la muerte. Da pudor, miedo, vergüenza: todo al mismo tiempo. Y, sin embargo, ¿hay algo más natural? ¿Algo más natural que extrañar a los amigos que se han ido, o desear seguir hablando con las personas que amamos cuando ya no están?

Al ser humano se lo ha definido de muchas maneras: sapiens, faber, locuens, ludens. Y cada vez que algún antropólogo aparece con una nueva definición, surge otro que se la rebate, diciendo que muchos animales también son sapiens, faber, ludens, o cualquier otra cosa. Sin ser antropóloga, me pregunto si acaso existe alguna especie, además de la nuestra, que se rebele contra la muerte como lo hacemos nosotros, que honre a los que se han ido, que siga hablando con los que no están aunque ellos ya no respondan, o aunque su respuesta sea siempre el silencio y la hondura de su ausencia.

De niña viví en Perú. Un fin de semana fuimos a una hacienda cerca de Nazca. Por la tarde del domingo, mientras los más chicos nos quedamos chapoteando en una alberca, los adultos fueron a huaquear. Huaquear consistía en buscar y, si se tenía suerte, hallar y desenterrar huacos incaicos. Ese día, a la caída del sol, los grandes regresaron, polvorientos y cansados, pero con las manos cargadas de vasijas antiquísimas. Antes de volver a Lima, se repartieron lo que habían encontrado. A mis padres les tocó un pequeño plato hondo con dibujos de pájaros. Adentro, tenía tres mazorcas secas de maíz. En el viaje de regreso a casa, aprendí que los indígenas enterraban a sus muertos con comida para que no pasaran hambre en su camino al otro mundo.

Costumbres como ésa nos parecen ingenuas y primitivas, pero en realidad no son ni más ni menos absurdas que llevar flores al cementerio, o rezar junto a una tumba. Cada época tiene su manera de no aceptar el adiós definitivo. Necesitamos seguir en contacto con ellos, creer que si lo deseamos suficiente seremos capaces de tender un puente entre el allá al que se fueron y el acá en que nos dejaron con ganas de seguirles conversando.

No sólo las personas religiosas creen en otro mundo. A fines del siglo XIX y principios del XX, varios científicos intentaron usar la tecnología para comunicarse con el más allá. Si era posible llevar la voz de una persona de un continente a otro, ¿por qué no habría de podérsela llevar también de un mundo a otro? Thomas Edison, el inventor del fonógrafo, y Guglielmo Marconi, el inventor de la radio, dedicaron largas horas de trabajo a crear algún artefacto que hiciera posible la comunicación con ultratumba.

Hoy ya no enterramos a nuestros amigos con mazorcas de maíz, como los incas, ni con monedas bajo la lengua para pagar el viaje a través del Aqueronte, como los griegos. En cambio, les enviamos mensajes por Facebook. Las páginas de los muertos, en Facebook, siguen activas. No las borra nadie, ni se llenan de un silencio sepulcral. Los amigos vivos siguen comunicándose con los amigos muertos. Les dicen que los extrañan, les mandan fotos, les hacen preguntas, como Marie Howe, en aquel poema: "¿Acepto el trabajo? ¿Me mudo a la ciudad? ¿Intento concebir un hijo en mi madurez?"

Quién sabe si allá, lejos, cruzando el Aqueronte, habrá Internet. Tal vez no sea necesario. Quizá, para responder nuestras preguntas, a los muertos les baste su idioma silencioso. Un idioma hecho de gestos leves, de recuerdos, y de la sabiduría que les da haber franqueado ya la puerta. "De pie, mueven sus cabezas sonrientes al unísono: lo que conduzca/ a la alegría, contestan siempre./ A más vida y menos preocupación."

revista@lanacion.com.ar

La autora es escritora. Su novela Abundancia ganó el premio de novela Letra Sur 2010

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