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Pensamientos incorrectos

River

Información general

 
La dolorosa retirada de los jugadores de River. Foto: LA NACION / Fabián Marelli
 

A esta altura de los acontecimientos, los habitantes de otros territorios, ajenos al planeta River, deben estar hartos de nosotros. Nuestra lamentación interminable, la gravedad con que velamos al muerto , cuando otros como Racing Club, Rosario Central o San Lorenzo, han pasado por el mismo trance que hoy nos toca a nosotros. Tienen razón, y también tienen razón los miles de mujeres que no entienden toda esta tragedia por uno o dos goles.

Trataré de expresar este sentimiento. El amor por un club de fútbol se transmite de padre a hijo. Por lo tanto, va hilvanando vivencias que hemos compartido con nuestro padre. Cuanto más ganador es ese club, más orgullosa su historia, más se convierte en una herencia de virilidad. Y de capacidad. Las dos condiciones ineludibles del hombre. Por ese motivo, un hincha de River siente hoy que su padre se murió de nuevo. Naturalmente, River puede volver a la Primera División y sin duda lo hará, pero en este momento ha sido degradado (o se autodestruyó) y nosotros sentimos una congoja que no se puede volcar en palabras.

Por supuesto, esto es menos importante que la Revolución Francesa y que el Descubrimiento de América. Pero nosotros, en general -quiero decir: los seres humanos- somos menos importantes que las efemérides. Nosotros no pisamos la superficie lunar ni combatimos en Dunkerque. Somos solamente personas humanas, con su cultura, su tradición, su etnia, sus sentimientos. Somos sólo gente.

Dentro del despelote que es la humanidad a través de los siglos, hay un arte que marca un tiempo histórico, así como los atletas griegos en su bella desnudez (gymnos) dejaron una señal que duró mil años. Nuestro arte-señal es el fútbol. Una poderosa industria financiera y atlética del siglo XXI, que se alimenta de deportistas formados en Sudamérica, Africa, Europa y otros rincones del planeta. Ahora bien: en este deporte, la cumbre del arte fue alcanzada en los años 50 por atletas argentinos/uruguayos como Obdulio Varela, José Manuel Moreno, Rinaldo Martino, René Pontoni, Néstor Rossi, Adolfo Pedernera, y luego por brasileños como Edson Arantes do Nascimento (Pelé) que junto a Didí, Vavá. Ronaldo, Ronaldinho, Rivelino, Garrincha y otros mil (no podemos agotarnos en la enumeración, porque sería infinita) agregaron más velocidad, mejor condición atlética, mejor salto, mejor cabezazo, abdominales, aductores, tríceps, y todo lo que conoce hoy cualquier señora de 60 años que va a su clase de Pilates.

"En el fondo, River representa un catecismo"

A fines del siglo XIX, cuando se construían los puertos y ferrocarriles de la Argentina, Uruguay y Brasil, los obreros ingleses implantaron el fútbol en estas tierras. Punto. Eso es todo. La semilla creció de una forma misteriosa (así como se multiplicaron prodigiosamente las veinte vacas que Pedro de Mendoza dejó sueltas en el campo) y de pronto. El campeón Mundial era Uruguay. Primera potencia histórica, luego la Argentina, luego Brasil. Con el andar de la posguerra, las grandes empresas del fútbol español (Real Madrid- Barcelona Fútbol Club) formaron fabulosos planteles de estrellas, incluyendo al histórico húngaro Ferenc Puskas, y hoy podemos disfrutar de supremos artistas-atletas del fútbol mundial como el portugués Cristiano Ronaldo, el argentino Lionel Messi, el uruguayo Diego Forlán, el español Andrés Iniesta, el brasileño Neimar y muchos otros.

Volvamos al año 1900. Nacen, en la ribera del Río de la Plata, dos clubes: Boca Juniors y River Plate. Empiezan juntos, pero luego se bifurcan, y en los años del profesionalismo representan dos etnias distintas. Boca es el equipo "chancho" y "barrero", aquel que siempre saca resultados favorables. Si no cuenta con atributos técnicos, los suple con vigor espiritual y coraje, aquello que fue signo distintivo de fenómenos históricos como Antonio Ubaldo Rattin. Fuerte. Recio. Dominante, pero nada torpe.

En fin. El que escribe es declarado hincha de River y el tema de hoy, obviamente, no es Rattin. Ni otros virtuosos futbolistas boquenses como "Pierino" Gonzalez, Norberto Madurga, Antonio Novello o Juan Román Riquelme. En este momento, se habla de que River ha perdido la primera categoría "A" del fútbol argentino, donde siempre estuvo. El clásico Boca-River (ahora extinguido) es un espectáculo único de destreza deportiva y color popular que los turistas de buen paladar quieren ver, aunque sea una vez en la vida, tanto si son alemanes u holandeses como japoneses o españoles. Por su historia y su volumen, River está al nivel del Real de Madrid, el Barcelona, el Manchester United, la Juventus, el Torino, el Inter de Milan, Peñarol de Montevideo, el Flamengo o el Botafogo de Brasil, el Millonarios de Colombia, el Olympique de Marsella, el Bayern Munich de Alemania, el Ajax de Rotterdam y. se nos acaban los dedos de las dos manos. Esa es la aristocracia del fútbol mundial. Cada uno de estos clubes tiene su escuela, su estilo y sus gurúes.

Entre todos ellos, River tal vez sea el más soberbio. De sus equipos salieron Alfredo Distéfano ("el alemán" o "la saeta ruba") hoy considerado uno de los mejores de la historia del futbol mundial. Y después Omar Enrique Sivori, Norberto Menéndez, Angel Labruna, Eliseo Prado, Walter Gomez, Nestor Rossi, Amadeo Carrizo, Alfredo Perez, y en los tiempos modernos, figuras como Fernando Cavenaghi, Martin Demichellis, Javier Saviola, Maximiliano López, Pablo Aimar, Juan Pablo Soria, diseminados por los clubes del universo. Podría decirse que Adolfo Pedernera, José Manuel Moreno, Néstor Rossi y Félix Loustau ya son leyenda de este deporte, porque hoy son pocos los sobrevivientes de aquel tiempo.

"Hoy, a esta hora, River Plate sigue siendo la gran escuela del fútbol argentino y mundial"

Como la gente ama lo bello y detesta lo feo, hay una legión de jugadores "de River", trabajando en el mundo. Hay brasileros, hay colombianos, hay uruguayos, hay argentinos y, sobre todo, hay jugadores de River. Es una marca.

Es una plusvalía.

En el fondo, River representa un catecismo. Según recuerda Federico Vairo, fullback izquierdo en el increíble equipo que integraban Amadeo Carrizo, Alfredo Pérez, Nestor Rossi, Angel Labruna y Felix Loustau, ocurría lo siguiente en el entretiempo. Aquel número cinco o centre-half, Néstor Raúl "el Patón" Rossi sermoneaba a sus compañeros, uno por uno, en estos términos:

- Vos tenés que hacer penitencia, Alfredo. Y vos también, Vernazza, por patear al arco desde cualquier parte. Y vos tenés que rezar tres padrenuestros- por ejemplo, le decía a Vairo- por el pecado que cometiste contra la pelota.

¿Cual era el pecado? Muy simple: mandarla al diablo, patear lejos, jugar al pelotazo, dividir la bola, regalarla al enemigo, buscar un "bombazo" inentendible. Estaba establecido, en aquella época afortunada, que el futbolista debía controlar el balón y levantar la mirada para pasarlo de inmediato al pie de su compañero. Con el correr de los pases, surgiría la síncopa o cambio de paso, que acabaría en un gol. Aquello se llamaba "fútbol de toque" y River lo practicaba con sutileza displicente. Fue su gloria siempre, y a veces su perdición.

Hoy, a esta hora, River Plate sigue siendo la gran escuela del futbol argentino y mundial. Y son también enormes las "divisiones inferiores" de grandes instituciones como Vélez Sarsfield, Rosario Central, Boca, Independiente o Argentinos Jrs. Miles de chicos acuden cada semana a "probarse" para iniciar el camino de Agüero o Pastore. Nada que ver con los países europeos, donde un chico puede inclinarse por el fútbol o por el rock and roll o por la cibernética o el violoncello. En fin, tal vez estoy hablando de un país que "ya fue" y no sería raro, porque lo mismo me pasa con River.

Para nosotros, el fútbol es un estilo de vida. Un destino y una estética. Como la del matador de toros, que no tiene nada que ver con el planeta actual, pero existe. En cambio, para los europeos esto no es más que un lindo deporte que le permite a ciertos chicos (o chicas) ganarse la vida. Nada que ver.

Tal vez podamos intentar una comparación con el Sumo, deporte-arte-nacional japonés, pero a la vez un fenómeno planetario. ¿Hay buenos luchadores de Sumo en Alemania, Uruguay o Alaska? Sí, claro. Se puede aprender ese tipo de lucha en cualquier país del mundo, con buenos profesores. Pero los japoneses lo sienten de otra manera. Por algún motivo misterioso, el fútbol ha echado raíces profundas muy lejos de Inglaterra, que es su patria, en ciudades de Uruguay, Brasil, Hungría, Servia. y otras naciones exóticas.

Tal vez, lo que voy a escribir ahora resulte obvio. No me importa. Cuando entré al Monumental, por primera vez en mi vida, a los cuatro años de edad, mi tío Jorge Klein me dijo: "Estos que están jugando ahora, como Angel Labruna y Walter Gómez, son malos. Los buenos eran Adolfo Pedernera y el "Charro" Moreno. Estos, no". Me estaba grabando a fuego una escala de valores, un elevado nivel de exigencia. Demasiado alto. En comparación con el Gran Adolfo Pedernera, todos eran unos "troncos". Todos merecerían el sermón de Néstor Rossi, y alguna bofetada de yapa. Por infringir la ley estética del buen juego.

¿Cuanto valdrían hoy, en el mercado mundial, los servicios de un Labruna, un Walter Gómez o un Arsenio Erico? No se sabe. Pero sí existía, en aquel entonces, la certeza de que el arte futbolístico tenía un valor intrínseco. Aquel que juega con técnica depurada, con movimientos practicados una y otra vez, con el perfeccionismo de quien se divierte jugando y ama la fantasía de su propio jugar, seguramente ganará el partido y será campeón. Es la consecuencia lógica. Son maniobras que se enseñan, se repiten, se modifican sobre la marcha con el talento de los que son más dotados. El que juega bien, gana. El que mal anda, mal acaba. Y esta lógica infalible, que en el deporte es la "buena técnica", importa también un gran castigo cuando se hacen mal las cosas.

El que mira el espectáculo puede verlo en algo que se desprende del individuo en acción: si uno escucha cantar a Luciano Pavarotti o mira los movimientos de Sugar "Ray" Leonard, advierte que este personaje es un fuera de serie, tanto si la moda le corre a favor como si le sopla en contra.

Aquella seguridad de valores era un signo de la época (1950) y una cábala interminable del fútbol. Hoy sucede que River Plate ha subastado su esencia exquisita y paga esta culpa, perdiendo la categoría. No es tan grave como la crucifixión de Nuestro Señor, pero duele bastante.

Ahora habrá que tragarse las lágrimas y aprender de la derrota. Nos queda el tesoro juvenil de los Cirigliano, los Roberto Pereyra, los Affranchino, los Erik Lamela. Por favor: que Diego Buonanotte sea la última rifa de esta kermesse. Basta de de representantes y mercachifles: River debe ser el dueño de los jugadores que forma. Porque Demichellis y Maxi López están contentos, felices y millonarios, pero la Gallina juega en primera "B"..

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