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Los valores humanos frente a la globalización

Por Rafael Braun Para LA NACION

Viernes 21 de abril de 2000

A las personas de carne y hueso que en este año 2000 no tienen empleo, están subempleadas o se sienten amenazadas, con razón, por el desempleo. A las personas a las que se atemoriza con la amenaza del extranjero. A las personas que buscan trabajo y se ven sometidas a procesos de selección parecidos a los de los viejos mercados de esclavos: previa minuciosa inspección, sólo son adquiridos los jóvenes y fuertes. A las personas que leyendo el diario de la mañana se enteran de que la empresa en la que trabajan ha cambiado de dueño. A las personas que sienten, con razón o sin ella, que ya no pueden confiar en nadie.

¿Quién, en estas circunstancias, no piensa que todo tiempo pasado fue mejor? Viene a la memoria del creyente la reacción del pueblo de Israel a su salida de Egipto. Cuando se vieron perseguidos por los egipcios, dijeron a Moisés: "Ya te lo decíamos cuando estábamos en Egipto: ¡déjanos tranquilos! Queremos servir a los egipcios, porque más vale estar al servicio de ellos que morir en el desierto". Luego, cuando tuvieron hambre, exclamaron: "Ojalá el Señor nos hubiera hecho morir en Egipto, cuando nos sentábamos delante de las ollas de carne y comíamos pan hasta saciarnos". Preferían esclavitud con seguridad antes que libertad y riesgo en el camino a la Tierra Prometida.

La globalización no es un proceso de liberación conducido por Dios. Tampoco es un proceso conducido por una autoridad humana. Es un cambio de paradigma en las relaciones humanas de tal profundidad que ni siquiera quienes están a la vanguardia de él saben adónde puede conducir. Y del mismo modo que el tiempo es irreversible en la historia personal de cada uno de nosotros, por más que algunos y algunas piensen a los cuarenta y cinco que pueden volver a tener treinta, la era de las inmensas fábricas, verticalmente integradas, con miles de asalariados empleados de por vida, ya no volverá. Los medios de producción y las relaciones de producción ya no serán los del pasado. No hay vuelta atrás. Lo que está en nuestras manos pensar y conducir es el futuro.

¿Cuál ha de ser el lugar de la persona en el futuro organizacional? Para responder a esta pregunta de manera responsable es preciso pasar del plano descriptivo al valorativo. La persona no existe para la organización, sino la organización para la persona. Toda estructura social debe estar al servicio de la persona. Pero de la persona concebida como un sujeto libre e inteligente, capaz de proveer a sus necesidades por medio del trabajo, y participar con poder de decisión en la vida colectiva.

Grandes desafíos

Respetar a las personas en un proceso de cambio es, ante todo, respetar la dignidad que poseen por ser sujetos. No son recursos humanos descartables, ni objetos instrumentados para la defensa de intereses corporativos. Quienes hemos participado en grupo de una caminata, sea en la montaña o hacia Luján, sabemos que los dos puestos clave son la vanguardia y la retaguardia. El primero marca el rumbo; el segundo marca el ritmo. Porque lo importante no es que algunos lleguen primero, sino que lleguen todos. Algunos llegarán por sus propios medios; otros serán recogidos en el camino, pero también llegarán.

Tres grandes desafíos me parece que enfrentamos como sociedad. El primero, mejorar la calidad de la vanguardia, porque una actitud meramente adaptativa a los cambios que nos vienen del exterior, o sólo preocupada por encuestar la opinión de los que siguen detrás, no sirve para marcar rumbos. La primera responsabilidad del dirigente, en cualquier tipo de organización -política, económica, cultural, religiosa- es gobernar ofreciendo un liderazgo creativo y necesariamente audaz en momentos de cambio como el presente. No estoy reclamando un liderazgo carismático, en ocasiones ciertamente peligroso, sino un liderazgo social magnánimo con capacidad de anticipación y asunción de riesgos. Innovador, creador de nuevas estructuras de referencia.

El segundo desafío es entrenar mejor a los que pueden caminar por sí mismos, para poder seguir haciéndolo en un tiempo de cambio. Y organizar el proceso de producción de bienes y servicios de manera de no castigar impositivamente a las empresas que emplean a las personas, en comparación con las que emplean mayormente capital. Sobre esto no me extenderé porque hay mucho y bueno ya escrito. Hay que ponerlo en práctica.

El tercer desafío es dedicar parte de las mejores cabezas y mejores corazones para atender la retaguardia. El aumento de la exclusión y marginalidad social no esta sólo afectando un nivel de vida. El precio mayor es, en los que sufren, la falta de reconocimiento de la dignidad personal avasallada, y en los que caminamos adelante, la dureza de corazón, que no se deja conmover por la compasión. Como el sacerdote y el levita de la parábola del buen samaritano, lo vemos pero seguimos de largo. Estado, empresas, sector social deben unirse en una gran alianza para reincorporar la retaguardia excluida a la marcha en común. © La Nación

Este texto es un extracto de la disertación del padre. Rafael Braun en las recientes jornadas de la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresan (ACDE).

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