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No hay derechos sin deberes

Sergio Sinay

Domingo 17 de julio de 2011
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Señor Sinay: uno observa el mundo: la destrucción le gana a la construcción en una proporción de 10 a 1 en todo sentido; ambiental, social, cultural. En mi propio edificio vi una reunión de 10 jóvenes; al terminar quedaron algunas botellas abandonadas, 9 se fueron con displicencia, pero uno juntó las botellas y se las llevó. Parece confirmarse aquella proporción, pensé. Ejemplos como ése son abundantes, pero si la proporción antedicha fuera verdadera, ya estaría destruido el planeta. Algo no nos deja ver cómo hay tantos que en estos momentos, tal vez delante de nosotros, construyen. ¿Hay algo que se pueda hacer para abrir aún más los ojos de la gente? Carlos Gustavo Virardi

En un hospital de Ashford, Inglaterra, moría el 24 de agosto de 1943 la filósofa francesa Simone Weil. Tenía 34 años y su vida breve fue agraciada con una lucidez prematura y profunda. Pacifista coherente y convencida, infatigable y dolida exploradora espiritual, revolucionaria comprometida, Weil sufría de tuberculosis. Provenía de una familia acomodada, pero había decidido vivir en carne propia los dolores de los más sufrientes. Estudiante brillante, fue obrera automotriz y también labriega, además de tratar a la par con grandes filósofos de su tiempo. Se dejó morir de hambre dispuesta a no comer ni un gramo más de lo que ingería, en plena guerra, la mayoría de la población de una Europa herida y hambreada. Sus valores, creencias y principios eran una forma de vida, no una declaración.

Todos los libros de Weil son recopilaciones póstumas de sus escritos. En uno, El arraigo, se incluye un texto sobre los deberes y derechos humanos. Ella sostenía que derechos y deberes no pueden escindirse. Son una polaridad que, si es disuelta, deja sin significado a cada término. Pero advertía que, de dar prioridad a uno de esos conceptos, el primer lugar es para los deberes. "No hay derecho sin obligación –escribía–, pues un derecho no es eficaz por sí mismo, sino sólo por la obligación a la cual corresponde." Impresiona la potencia y la vigencia de este pensamiento en un momento en que, como observa nuestro amigo Carlos, el alevoso olvido del otro provoca un vaciamiento de aquella polaridad. Demasiadas veces se confunden, hoy y aquí, derechos con deseos, con urgencias o con intereses personales cuando no sectoriales. Y en nombre de eso se toma sin dar, se destruye sin construir, se cosecha, sin haber sembrado, lo que otros plantaron. Pasa, como dice Carlos, en lo ambiental, en lo social, en lo cultural, en lo político, en lo económico, en variados campos de la vida y las relaciones cotidianas.

Escribe Weil: "Un hombre, considerado en sí mismo, sólo tiene deberes, entre los que se encuentran deberes hacia sí mismo. Tiene derechos, por su parte, cuando es considerado desde el punto de vista de los otros, que reconocen obligaciones hacia él". No hay forma, entonces, de escapar a los deberes. Quien no contempla al otro se devalúa a sí mismo, porque es el otro el que confirma (con su mirada, su voz, su presencia, su escucha) nuestra existencia. El respeto del deber hacia el otro abona el sentido de ambas vidas. Si a cada quien le da lo mismo qué deberes olvida, qué derechos pisotea, de quién se desentiende, puede ocurrir lo que señalaba con dureza Albert Einstein en Mi visión del mundo: "Quien sienta su vida y la de otros como cosa sin sentido es un desdichado, pero algo más: apenas merece vivir".

Aun así asistimos a la presencia de aquellos que creen en el otro, que hacen lo que deben, que no olvidan sus pequeños y grandes deberes (esos que, cumplidos, realzan sus derechos). Pueden parecer pocos, pero no lo son. Simplemente son menos que los otros. Son emergentes. Cada uno de ellos, sabiéndolo o no, representa a muchos que aún no irrumpen. Es necesario recordárselo cuando los amenaza el desaliento. Y la manera de hacerlo es actuar como ellos. De eso hablaba Ernesto Sabato, con la belleza habitual de su prosa, en Antes del fin: "Salgamos a los espacios abiertos, arriesguémonos por el otro, esperemos, con quien extiende sus brazos, que una nueva ola de la historia nos levante. Quizá ya lo está haciendo de un modo silencioso y subterráneo, como los brotes que laten bajo las tierras del invierno. En tiempos oscuros nos ayudan quienes han sabido andar en la noche". Y finalizaba: "Sólo quienes sean capaces de encarnar la utopía serán aptos para el combate decisivo, el de recuperar cuanto de humanidad hayamos perdido". Hemos perdido mucho, pero todos los días alguien nos recuerda con hechos lo que queda por ganar. ¿Por qué no imitarlo?

sergiosinay@gmail.com

El autor responde cada domingo en esta página inquietudes y reflexiones sobre cuestiones relacionadas con nuestra manera de vivir, de vincularnos y de afrontar hoy los temas existenciales. Se solicita no exceder los 1000 caracteres.

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