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Crochet rebelde

En Barcelona, La Guerrilla del Ganchillo busca hacer la revolución llevando las labores hasta las últimas consecuencias

Sábado 23 de julio de 2011
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BARCELONA (Especial).– Al principio era el grafiti. No venía solo: acompañaba al rap y al breakdance, y constituyó el ADN de lo que hoy se cotiza alto en muchas galerías de arte del globo, el street art. Pero esto fue en el principio. En 2011, ese arte callejero se feminiza, se mezcla y se reinventa, utilizando –¡paradoja!– un clásico de los años 80, el do-it-yourself (DIY) o hágalo usted mismo. El fenómeno se conoce como yarnbombing. O la guerrilla del crochet, para los íntimos.

Se trata de un movimiento que ya puede decirse global y que incluso tiene madre: Magda Sayeg es su nombre, de Texas, y fundadora del colectivo Knitta Please. Fue suya la idea de forrar con lana esculturas de las calles de París, el puente de Brooklyn, góndolas venecianas y la Muralla China. Esto a partir de 2005. La idea corrió como reguero de pólvora y, en todo el mundo, grupos laboriosos se decidieron a interferir en el frío paisaje urbano, llevando color y gracia a faroles, árboles y bancos de la calle. Ahora, un paso hacia adelante se da desde Barcelona.

La Guerrilla del Ganchillo también es un colectivo, principalmente de chicas, que reinventa el crochet de las abuelas. Pero esto es Barcelona y aquí, casi un parque temático donde sus habitantes deben entretener a la audiencia turística, incluso el crochet puede volverse un elemento subversivo.

De tan retro, moderna, Alicia Roselló, la cabecilla del movimiento crochetero social
De tan retro, moderna, Alicia Roselló, la cabecilla del movimiento crochetero social. Foto: GENTILEZA: Carla Tramullas

"Esto es una forma de reivindicación. Antes, niños, señoras y señores estaban en la calle. Hoy la gente huye de la calle porque en Barcelona sólo hay turistas y prohibiciones", comenta Alicia Roselló, de 27 años, productora en múltiples frentes del DIY, creadora de la Guerrilla del Ganchillo y crochetera inveterada.

Ciudad de lana

La primera acción de Alicia y una amiga, en 2007, fue forrar la C del cartel del Macba, el Museu de Arte Contemporáneo ubicado en el barrio del Raval, el punto neurálgico de la política de civismo perpetrada por el Ayuntamiento de Barcelona. Allí, hace décadas un barrio de marginación y mucha vida, hoy conviven prostitutas y modernettes, galerías de arte y comercios baratos, inmigrantes y extranjeros de fino trato dispuestos a todo para estar en el corazón de la ciudad. El simpático forro de lana para la letra C no duró una hora puesto. Pero fue suficiente para que Alicia y su amiga vieran cómo el hecho encantaba a los transeúntes y a la gente del barrio. "El tejido está en nuestra vida, pero no en la calle. La gente lo veía, iba hasta allá y lo tocaba."

A partir de allí Alicia pasó a convocar a las masas para llevar las manualidades hasta sus últimas consecuencias en los barrios barceloneses. El objetivo principal se diferencia del yarnbombing por el hecho de que no se trata sólo de colorear el espacio público, sino de hacer que los vecinos vuelvan a ocuparlo. Algo, de cierta forma, más orgánico, donde uno se convierte otra vez en parte del tejido metafórico –y sentimental– de su ciudad.

Las convocatorias a las guerrillas siguientes tuvieron cada vez más éxito, a raíz de la movida creada por Alicia y sus amigas en Duduá, la tienda montada por ella en 2006 y hoy desactivada, pero que sigue presente a través de www.duduadudua.com. y duduadudua.blogspot.com

En la primera convocatoria aparecieron cinco intrépidas para abrigar los árboles del parque de la Ciutadella en plena época invernal. En otra ocasión, el grupo hizo un césped de lana para pedir más espacios verdes en Ciutat Vella. En otra, ya con 25 participantes, hicieron una bufanda de 14 metros y orejeras para el célebre gato gigante de Fernando Botero en la Rambla del Raval. El gato nunca estuvo tan protegido y colorido, pero las fuerzas de la autoridad pudieron más.

En una acción más, ya cansadas de ser un club femenino, las chicas convocaron a una guerrilla masculina en el barrio de Gràcia, célebre por su aire pueblerino y monas tiendas. Sin embargo, al no presentarse especímenes del sexo opuesto, las doncellas decidieron robar la identidad del macho perdido que no se presenta al crochet por algún motivo ciertamente extraño. Así, se pusieron barbas tejidas allí mismo, atadas, con cadenas de lana, al banco de la bucólica placita. "Hubo muchos mirones y vino la gente del barrio. Y los niños, que no conocen estas cosas en absoluto, querían aprender", explica.

Este modo freestyle, tanto en la técnica del crochet como en el contenido político, es una bocanada de aire fresco en una actividad que cinco años atrás estaba en franca decadencia. Hoy, se ve, ya no. La Guerrilla del Ganchillo tiene participación en eventos, notoriedad en los medios y ganó el segundo premio del concurso Smart Future Minds (acerca de visiones sobre la ciudad del futuro), organizado por la firma automotriz Smart.

"Yo pensaba que la gente se cansaría, pero no fue así. ¡Cada vez hay más gente! Es una intervención artística y también social. La gente joven ve que no es más una cosa muerta", festeja Alicia.

Patu Antunes

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