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"Hay un uso del pasado que refuerza los estereotipos"

La historiadora, coautora del libro Historia de las elecciones en la Argentina, de inminente aparición, cuestiona la convocatoria a internas abiertas "cuando los candidatos ya están decididos" y dice que "es legítimo construir memoria, pero el problema es utilizarla de forma autoritaria"

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LA NACION
Domingo 31 de julio de 2011

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Qué dirán dentro de 30 años sobre el kirchnerismo los libros de historia? Todo dependerá, posiblemente, de si por entonces gobierna Máximo Kirchner, el heredero político de su mamá, peleado en 2041 con los ex jóvenes de La Cámpora porque se resisten a operarse para que les extirpen los cargos oficiales que mantienen desde la primera década del siglo XXI, o de si su hermana cineasta, Florencia, termina a tiempo esa serie de veinte largometrajes, titulados Yo, Néstor, que se exhibirán en forma continuada por la cadena nacional de radiodifusión y en todos los cines y los teléfonos celulares del país, menos en las ciudades de Buenos Aires y Santa Fe.

Esa es pura futurología, pero no hay que ser adivino para imaginar qué difícil será para los historiadores contar este presente. Porque hasta los hechos más objetivos de la historia se han convertido en materia prima para las reinvenciones políticas, modalidad que no es estrictamente nueva en nuestro país, pero que los Kirchner y sus fieles han transformado en una marca registrada mediante la cual, por ejemplo, hasta los más pasivos y complacientes políticos patagónicos durante la última dictadura terminaron rediseñados como dirigentes combativos y muy comprometidos con la lucha a favor de los derechos humanos.

Foto: Archivo

"Los historiadores no tenemos un monopolio del pasado. Cada uno explora en ese pasado y lo usa, construye versiones de ese pasado de acuerdo con sus propias necesidades, sus propias visiones, sus propios prejuicios -afirma a Enfoques la historiadora Hilda Sabato-. Y esto no está ni bien ni mal, es así: el pasado es una cantera que sirve, además, para construir relatos míticos, para generar memorias colectivas, héroes [...] El problema sería que esas visiones del pasado fueran impuestas como verdades absolutas desde el poder hacia sectores amplios de la población. No estoy de acuerdo con la mayor parte de las visiones de la historia que se han relanzado en los últimos años desde el Gobierno. Hay un uso del pasado que no contribuye a generar una sociedad más pluralista, más democrática, más amplia, sino todo lo contrario, refuerza los estereotipos y las visiones dicotómicas de la Argentina".

Sobrina nieta del escritor Ernesto Sabato e hija del físico Jorge Sabato, esta doctora en Historia y profesora titular en la UBA habla con La Nacion desde la provincia de San Luis, en medio de una merecida semana de vacaciones tras haber escrito, con colegas como Marcela Ternavasio, Luciano de Privitellio y Ana Virginia Persello, el libro Historia de las elecciones en la Argentina. 1815-2011 , con prólogo de Natalio Botana, que Editorial El Ateneo lanzará esta semana.

-Usted, en el libro, eligió poner la lupa en los comicios realizados en el siglo XIX, pero ¿de qué forma ha afectado a los distintos procesos eleccionarios, en la historia reciente, la crisis del sistema de partidos?

-Es curioso porque estamos en pleno proceso electoral y está pasando algo interesante. Las últimas elecciones en Santa Fe y en la ciudad de Buenos Aires son interesantes porque muestran algo que los analistas políticos vienen señalando desde hace unos años: que hay una proporción importante del electorado que en cada elección decide sin adhesión partidaria. La fidelidad a los partidos es algo que en la Argentina fue en general débil, salvo en un periodo del siglo XX. En el siglo XIX no existía y en la medida en que avanzamos en el siglo XX vemos cómo aparece un electorado independiente cada vez más grande, que decide por afuera de cualquier identidad partidaria. Al mismo tiempo, los partidos muestran una capacidad increíble de supervivencia. En el caso argentino es evidente comparado con Brasil, por ejemplo, donde ha habido en los últimos 30 o 40 años un cambio muy importante en el panorama electoral. En la Argentina damos vueltas, pero los núcleos fundantes siguen estando allí.

-Sí, pero parecen cáscaras que sostienen una sigla histórica, casi sin vida interna, más que agrupaciones donde realmente haya debates, definiciones consensuadas?

-Son partidos que han perdido mucho del dinamismo democrático que deberían tener, pero no quiere decir que como máquinas no sean eficientes. Todavía las elecciones, en muchos casos, se ganan por esa máquina. Los partidos tradicionales, el peronista y el radical, están pasando por una especie de crisis, pero, a su vez, se reproducen y mantienen sus redes electorales y producen representación. Por otra parte, ha habido una enorme dificultad para crear nuevos partidos, y los que se han creado son efímeros. Ahora vemos que le fue bien a Miguel Del Sel en Santa Fe, pero no tenía una estructura partidaria como para darle más que los votos para la gobernación.

-A la luz de lo que sucedió en el pasado, ¿las elecciones internas abiertas, simultáneas y obligatorias impondrán algún cambio drástico en materia del veredicto popular o son más bien un cambio cosmético?

-Estoy absolutamente desconcertada porque toda mi vida pensé que las internas abiertas eran algo que, viendo lo que pasaba en otros países, podían transformarse en un mecanismo interesante para generar candidaturas. Cada elección tiene dos partes, y las dos son muy importantes, la votación es la segunda etapa, pero la primera es cómo surgen los candidatos. Entonces, la generación de internas abiertas podía permitir una ampliación de posibilidades para dirigentes que no controlan la maquinaria del partido que genera candidatos o, incluso, para reemplazar al dedo que es lo que funcionó acá en este último período, en todos los partidos. Pero aquí se incorporó el hecho de que las internas abiertas sean obligatorias. Si un ciudadano no tiene militancia partidaria y no sabe o no tiene ninguna preferencia, lo que hace, y lo hemos hecho toda la vida, es esperar a ver qué ofrecen los partidos. Ellos son los mediadores. Una interna abierta es interesante en la medida en que sea voluntaria, como pasa en otros países. Y lo ridículo, en el caso argentino, es que vamos a una interna abierta obligatoria cuando ya los candidatos están decididos.

-Varios analistas lo visualizan como una especie de primera vuelta de las elecciones presidenciales del 23 de octubre.

-¿Para qué queremos una primera vuelta? Es ridículo porque el objetivo de una interna abierta no se cumple. El objetivo es que la maquinaria de los partidos no tenga el monopolio de sus candidatos y se pueda abrir un espacio donde postulantes alternativos puedan competir en la medida en que la gente que no está metida en el sistema partidario lo elija. Pero ahora tenemos interna abierta, encima obligatoria y realmente para nada. O para convalidar el dedo.

-En las conclusiones del capítulo que usted escribió se habla de lo que sucedía en el siglo XIX, cuando existía "la premisa de que la mayoría de sufragios representaba el todo, la voluntad general", y entonces se destaca "la fuerte aspiración de unanimidad" que existía. Pero esa "fuerte aspiración de unanimidad" tiene muchísima actualidad.

-Ese es un punto clave y muy difícil de analizar. Uno podría decir que a lo largo de la historia argentina, con muy pocos momentos excepcionales, no ha habido una tendencia a pretender la unanimidad. Y en ese sentido el sufragio aparece más como representación del conjunto que como reproducción de las diferencias que puede haber en una sociedad. En el siglo XIX esto era normal. ¿Por qué? Porque, en general, fue bastante difícil en la historia del sistema representativo el problema de la representación de la pluralidad de intereses. En el siglo XIX predominaba una concepción de la representación como expresión de lo que el conjunto de la sociedad quería. Y eso hacía muy difícil pensar en partidos. Incluso se consideraba que la competencia electoral no era sana porque favorecía las disputas que podían atentar contra la unidad de la República.

-Esa concepción se ha mantenido...

-Hacia finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX hay un cambio en la noción de la política y de la sociedad y ahí aparece un momento en el cual surge la idea del pluralismo, en el sentido de que la política debe representar a la sociedad en sus diferencias, no en su unanimidad. Entonces en el siglo XIX la política aparecía como el espacio de superación de las diferencias y, por lo tanto, donde nadie debía llevar sus intereses particulares, aunque lo hicieran y por eso después se peleaban, pero no había mecanismos para procesar eso. A fines del siglo XIX comienza a aparecer una idea de que la sociedad tiene que ser representada en la política. En el caso argentino, esa visión va modificándose por una idea de que la política es mala y la sociedad es muy buena, y de que la sociedad tiene que colonizar la política, pero no en sus diferencias sino en sus virtudes. Esto ya aparece muy fuerte con el radicalismo yrigoyenista, cuando, más que como representante de una parte de la sociedad, se presenta como la encarnación de lo mejor, de la causa contra el régimen, de la Nación contra los enemigos de la Nación. Y esto después es retomado en los momentos no democráticos por los gobiernos militares y por el otro partido mayoritario del siglo XX, el peronismo, que rescata esa tradición de unanimidad, pero no en el sentido del siglo XIX, con la política suturando las diferencias de la sociedad y generando un espacio para el bien común, sino con la idea de que eran los representantes genuinos del pueblo, dejando afuera a todos los que no pensaban igual.

-¿No se mantuvo siempre en nuestra historia, estuviera quien estuviera en el poder?

-Después de la última dictadura militar, la más feroz, hubo un viraje: se puso en primer plano la noción de la importancia de las diferencias y de la creación de una democracia con partidos que representaran distintos intereses, grupos e ideologías. Y que la democracia consistía en una convivencia plural de estos grupos, con sus mayorías y sus minorías, pero dentro de un marco institucional que evitara las violencias del pasado. Y eso fue la propuesta mayoritaria con el radicalismo de Raúl Alfonsín, pero también el peronismo parecía orientarse en esa dirección con la renovación peronista de ese momento. Y con el gobierno de Menem, al cual critico por muchas cosas, de alguna manera se mantuvo esta idea de que la democracia era la convivencia plural de partidos y de grupos distintos que tenían que dirimir sus diferencias institucionalmente. Esto, que parecía ser un viraje en la historia argentina, ahora está otra vez puesto entre paréntesis en la medida en que han aparecido, por parte del gobierno nacional, pero también por parte de otros grupos, ideas que impugnan esta visión pluralista en pos de una visión autoritaria, mucho más homogénea de la sociedad, en la que se ve como un enemigo al que hay que destruir a todo aquel que se opone al pensamiento mayoritario.

-¿Cómo puede desarrollar su trabajo de historiadora de forma más independiente si desde el poder, e incluso para muchos de los intelectuales, todo se juzga ideológicamente y no en función de una investigación seria? ¿Siente presiones, aunque sea indirectas?

-No. Desde 1983, en la Argentina se desarrolló un campo profesional de historia muy amplio y muy importante. Y por primera vez desde hace casi 30 años hay universidades que funcionan, a las que uno las puede criticar pero que funcionan de acuerdo con las reglas del juego, hay un Conicet que funciona de manera académica y profesional, hay becas, doctorados y congresos que han permitido la creación de un campo profesional de historiadores que hoy tiene muchísimos cultores. Siempre hay excepciones y espacios más partidizados que otros, pero, en general, es un campo que está protegido de la disputa política inmediata y que está funcionando por fuera de ella. Eso, más allá de que la historia hoy tenga un lugar en el debate público y muchos de nosotros estemos interesados en disputar visiones de la historia que son propuestas desde distintos lugares, en particular desde el poder político.

-¿Esa tendencia del kirchnerismo a la permanente reinvención de la historia, desde darle una condición heroica a una figura como la de Héctor J. Cámpora hasta esa preocupación que nadie conocía de los Kirchner respecto de los derechos humanos, que incluye desconocer lo mucho que en ese rubro hizo Raúl Alfonsín, no es una especie de competencia desleal para ustedes?

-No lo considero así. Son terrenos diferentes de actuación. Cualquier partido y cualquier grupo social reinventa la historia. Para decirlo de otra forma: los historiadores no tenemos un monopolio del pasado. El pasado es de todos y cada uno explora en ese pasado, lo usa y construye versiones de acuerdo con sus propias necesidades, sus propias visiones, sus propios prejuicios. Y esto no está ni bien ni mal, es así: el pasado es una cantera que sirve, además, para construir relatos míticos, para generar memorias colectivas, héroes... La misma historia nacional ha sido construida así, como una memoria colectiva, selectiva, donde se seleccionan héroes.

-La distorsión histórica es común...

- No es nada nuevo.. El problema sería que esas visiones del pasado fueran impuestas como verdades absolutas desde el poder hacia sectores amplios de la población, y allí lo que hay que mirar mucho es el sistema educativo. Porque allí se trasmite una historia nacional o una historia de los procesos que fue atravesando nuestro país a lo largo del tiempo. A partir de 1983 existieron unas reformas educativas muy interesantes que habían permitido una visión mucho más aggiornada de la historia, donde se incorporaban las novedades que los historiadores habíamos producido, no la historia de buenos y malos, de héroes y villanos, sino una historia de procesos, de transformaciones que incorporaba también a la sociedad en sentido amplio, como las capas populares, a las mujeres. No sé cuánto de eso se está modificando, pero es un punto que habría que mirar. No estoy de acuerdo con la mayor parte de las cuestiones que se han relanzado en los últimos años desde el Gobierno. Lo he dicho y lo he discutido en artículos en distintos medios, porque hay un uso del pasado que no contribuye a generar una sociedad más pluralista, más democrática, más amplia, sino todo lo contrario: refuerza los estereotipos y las visiones dicotómicas de la Argentina. Pero hay que discutir esto y dar la pelea en el terreno en que uno puede darla. Además, mucho de esto es genuino. Es legítimo construir tradiciones, construir memoria. El problema es cuando se utilizan de manera autoritaria.

-¿Es lo que sucede ahora?

-Hay momentos en que sí y otros en que no. Los límites son siempre difíciles, y es importante que quienes no pensamos de esa manera señalemos cuando esos límites se traspasan, cuando lo que es una opinión se convierte en verdades que el pueblo tiene que recibir. El sistema educativo es importante en ese punto y allí sí todos tendremos que bregar para que las visiones del pasado que se trasmiten sean pluralistas, no ingenuas ni donde no haya conflicto sino donde esos conflictos se muestren, pero en toda su complejidad y no como la simple disputa entre buenos y malos.

© LA NACION

SEGÚN PASAN LAS URNAS

¿Cómo es la vida de una historiadora? La de Hilda Sabato parece muy agitada, por lo menos en cuanto a investigaciones y a proyectos editoriales. Es coautora, junto con Marcela Ternavasio, del primer capítulo del libro Historia de las elecciones en la Argentina: 1805-2011, dedicado a recrear cómo fue el voto en nuestro país hace dos siglos. "El sufragio fue un nudo central de la política del siglo XIX -afirman las autoras-. Su irrupción, como mecanismo de selección de los gobernantes, implicó barrer con otros procedimiento preexistentes e instalarse en la vida política como vehículo fundamental de la soberanía popular". Luciano de Privitellio aborda el período 1900-1955 y Ana Virginia Persello, la segunda mitad del siglo XX. El epílogo está a cargo del politólogo Natalio Botana, que analiza la situación que surge de cada proceso eleccionario y los desafíos actuales del sistema político. Hilda Sabato, por otra parte, también avanza con otros proyectos: "Estoy trabajando desde hace bastante tiempo -dice- en temas que tienen que ver con la violencia política en el siglo XIX y en las instituciones. Y, por otro lado, estoy escribiendo un libro de síntesis de la historia sociopolítica argentina de la segunda mitad del siglo XIX, que espero que salga pronto"

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