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Tengo un dinosaurio en el ropero

Viernes 12 de agosto de 2011
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LA NACION
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Autora : María Inés Falcón. Dirección: Carlos de Urquiza. Música en vivo : Ricardo Scalise. Intérprete : Celeste Martínez. Sala : Auditorio UPB, Campos Salles 2145. Funciones : sábados a las 16.30. Nuestra opinión: buena

"Esto no se dice, esto no se toca", cantaba Serrat en alusión al trato que los adultos solemos darles a los niños. Sobre el escenario, esta (auto)censura se vuelca con frecuencia en contenidos bienintencionados, en que todo es felicidad y guía para un comportamiento correcto.

No así en Tengo un dinosaurio en el ropero , la obra de María Inés Falconi que se acaba de estrenar, dirigida a los más chicos. Celeste, la protagonista, no duda en desparramar el pan rallado para recrear una playa y desarmar un almohadón para armar una montaña de plumas. Y si por el camino se estrella un huevo (real, no de utilería), lo limpia como puede, pero en verdad no hace más que empeorar el enchastre.

En la platea, más de un pequeño espectador se toma la cara, con expresión de sorpresa y un poco de susto, pero iluminado por una sonrisa que parece querer decir: "Eso es lo que siempre quise hacer". No se trata, claro, de una apología del caos y la desobediencia. Pero sí de una saludable cuota de llamar a las cosas por su nombre, con humor y franqueza. La niña de la historia tiene su carácter. Y cuando representa a sus padres comentando qué hacer con ella, refleja con ironía el poder de observación de los hijos sobre las manías de sus progenitores. Celeste Martínez maneja con destreza ese desdoblamiento de roles, aun cuando podría agregarle más matices al personaje infantil, en contraste con la referencia esquematizada de los padres. Mientras arma y desarma escenas, juega con la complicidad muda y a veces contrariada del músico en escena, Ricardo Scalise.

La puesta en escena de Carlos de Urquiza instrumenta con habilidad el desarrollo actoral de una historia presentada a la vez como narración de la protagonista, generando así una interlocución directa con la platea infantil, sin perder la vitalidad de la representación. Aun tratándose de un unipersonal, se crea un clima de un desarrollo en el que intervienen varios personajes -incluidos Dino y otros peluches- tal como se suele dar en las largas sesiones de juego solitario de los niños. Recrea así un mundo propio de la protagonista, resguardado hasta cierto punto de la mirada de los adultos que la rodean, que no terminan de comprender todo lo que hace.

Los otros adultos, los que llegaron como espectadores, no podrán dejar de compartir la sonrisa de sus hijos, dándoles a entender que los enojos circunstanciales, aun los justificados, tampoco son para asustarse ni para inhibirlos de dar cauce a su necesidad de jugar. Se trata, al fin y al cabo, de sacar a la luz al dinosaurio que todos tenemos dentro, tal vez no siempre bello y armónico, pero, en el caso del juego infantil, un buen compañero para la diversión.

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