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Cuantas personas en una

Domingo 14 de agosto de 2011
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PARA LA NACION

Las personas que hablan de manera fluida más de un idioma lo saben: no somos los mismos en castellano que en inglés ni los mismos en alemán que en un dialecto chino. No es que lo que se pueda decir en un idioma no se pueda decir en otro, pues, quizá, en todos los idiomas se puede decir más o menos lo mismo, aunque algunas palabras no tengan una traducción exacta y, a veces, en una lengua tengamos que valernos de largos circunloquios para expresar lo que en otra precisaba sólo una o dos palabras. A lo que me refiero cuando digo que no somos los mismos en cada idioma, es al hecho de que al mudar de una lengua a otra, hay algo en nosotros que también muda, como si de pronto nos convirtiéramos en alguien parecido, pero no exactamente igual al que éramos hace un instante.

Tengo una amiga políglota que, cuando habla inglés, tiene una voz ronca y sensual, pero cuando habla castellano lo hace con una voz aguda, casi adolescente. No se trata sólo de un cambio en el registro vocal, sino que escucharla pasar del castellano al inglés es como verla crecer, como si en segundos dejara de ser una joven revoltosa, ávida de atención, para convertirse en una mujer adulta, segura de sí misma, seductora y envolvente.

Esta mutación del yo entre una lengua y otra sólo le ocurre a los verdaderos políglotas. Un argentino que habla inglés con acento y tonada argentina no experimentará el cambio pues, aunque logre expresarse en inglés, en realidad no habla inglés, sino que se limita a decir en ese idioma lo mismo que diría en su castellano rioplatense. Tampoco muta quien debe pensar y traducir desde su idioma nativo antes de expresarse. El cambio le ocurre sólo a aquellos que habitan cómodamente en más de una lengua. Ellos, además de dominar un segundo idioma, se han dejado impregnar por la visión del mundo que ese idioma supone.

Me pregunto si en nuestra propia lengua somos siempre los mismos o si, acaso, cada uno de nosotros anda por la vida con una especie de personalidad plural que va cambiando sutilmente de registro según la visión del mundo del interlocutor con que se encuentre. ¿No nos sentimos frente a algunas personas más espontáneos, libres y ocurrentes que frente a otras? ¿No hay unas que nos impelen al pensamiento y otras que nos hunden en la melancolía? Tenemos amigos frente a los que nos sentimos obligados a comportarnos como adultos y amigos con los que nuestro yo infantil y juguetón aflora de inmediato. De la misma manera, hay personas que suelen sacar lo mejor de nosotros y otras que, por el contrario, tienen la facilidad de hacer aflorar nuestro lado más oscuro. Quizá las personas con las que más nos guste estar sean aquellas ante quienes podemos mostrarnos en todo nuestro esplendor. Las que nos permiten florecer en libertad y logran acallar lo siniestro que también es parte de nosotros.

No somos unívocos, simples, ni monocromos. Como espejos que van reflejando nuestro rostro desde diversos ángulos, como cuadros cubistas que al descomponer un objeto logran reflejarlo de un modo mucho más complejo, las distintas personas con las que interactuamos y los idiomas en los que hablamos nos muestran nuestros distintos modos de ser. Este mismo cerebro, estas exactísimas manos, no escribirían lo mismo si mi idioma fuera otro u otro mi tiempo.

¿Quiénes seríamos si en vez de crecer en castellano hubiéramos crecido en sueco o en bengalí? ¿Quiénes seríamos si nos hubiéramos enamorado de otras personas o si el azar que nos trajo hasta aquí hubiera sido otro? Cuando alguien quiere emigrar de un país a otro, cuando alguien sueña con un nuevo amor, en el fondo quizá lo que desea es permitir que aflore una parte suya que en este país, en este amor, no logra florecer.

¡Tantos idiomas! ¡Tantos países! ¡Tanta gente! ¿En qué idioma nos hablamos a nosotros mismos? ¿Cuál de todos nuestros rostros cubistas se asemeja más al que queremos ser? ¡Tantos yo posibles que podríamos haber sido y nunca seremos! En algún lugar del mundo está el idioma, está el país, está el hombre o la mujer junto a quienes podríamos ser nuestra mejor versión. Intentar serlo, aun sin haberlos encontrado, es parte del desafío.

La autora es escritora

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