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El análisis

No está él, está ella y no tiene rivales

Política

El arrasador triunfo que Cristina Kirchner obtuvo ayer resulta llamativo por varias peculiaridades: hacia la medianoche, superaba por unos cinco puntos el 45,29% de 2007; sacaba una ventaja superior a 35 puntos sobre su segundo; se imponía en distritos esquivos, como Capital Federal, Santa Fe, Córdoba y Mendoza; recuperaba el terreno perdido en las localidades agropecuarias, y reconquistaba Santa Cruz por amplio margen. Además, en la provincia de Buenos Aires superó en adhesiones a Daniel Scioli , al revés que cuatro años atrás.

Tres razones explican ese éxito. En primer término, la regeneración del kirchnerismo a partir de la muerte de Néstor Kirchner. En segundo lugar, la percepción de una bonanza económica que induce a una tendencia de pasable conservadurismo: igual que en la Capital Federal, Santa Fe y Córdoba, ayer ganó el que gobierna. Por último, la persistencia de la crisis política abierta en el año 2001, que volvió a manifestarse en la incapacidad de las fuerzas de la oposición para construir una alternativa al Gobierno.

El fallecimiento de Kirchner liberó al oficialismo de un gran pasivo. El ex presidente había ido acumulando una dificultad tras otra para comunicarse con los sectores medios urbanos y rurales. Su alta imagen negativa lo convertía en la contradicción política principal para más del 50% del electorado. Ese desprestigio, que sembraba de obstáculos el camino electoral del peronismo, estaba incentivado por un método endiablado: Kirchner era un experto en la creación de conflictos artificiales que le hacían derrochar capital político. Su viuda, la Presidenta, modificó los rasgos principales de ese estilo. Para empezar, pacificó su discurso. Desde que falleció Kirchner, en la oratoria oficial ya no figuran enemigos ni conspiraciones destituyentes. También hubo un aprovechamiento inteligente de la comprensible empatía que produce el luto. La Presidenta no sólo presenta a su marido como alguien que dejó la vida por una causa, sino que da a entender que ella misma realiza un enorme sacrificio gobernando en la viudez. Ese altruismo y la insinuación de un eventual renunciamiento la dotaron de un rasgo que los electorados suelen aplaudir: cierto desapego por el poder insospechable en Néstor Kirchner. Es para esa figura fragilizada por el dolor que Fernando Braga Menéndez pensó su eslogan: "Fuerza Cristina".

La Presidenta produjo, además, un magistral pase de magia. Cambió de gabinete sin cambiar de ministros. Las figuras más desgastadas del Gobierno -Aníbal Fernández, Guillermo Moreno, Julio De Vido- fueron ubicadas en un segundo plano, en beneficio de un elenco juvenil de "cuadros técnicos universitarios", como suele decir la propia mandataria. La reforma sólo fue cierta en el caso de Fernández, a quien se reemplazó por Nilda Garré en el control de la seguridad. Pero, de pronto, la administración pareció estar en manos de Amado Boudou, Mercedes Marcó del Pont, Juan Manuel Abal Medina, Diego Bossio o los chicos de La Cámpora. Para completar el sortilegio, Cristina Kirchner homenajeó a los lectores de diarios con el desdén estético de "los Gordos" de la CGT, encabezados por Hugo Moyano, y los gordos del conurbano. A su manera, repuso una tensión con la vieja corporación peronista que su esposo había abandonado a partir de 2005. El capital obtenido ayer puede significar que ese impulso reformista se refuerce.

Este reseteo post mórtem consiguió que la letra K pasara a ser intolerable sólo para alrededor del 30% del electorado. El movimiento se sostuvo en una onda de recuperación del consumo, estimulada hasta la irresponsabilidad por la política oficial. La percepción de mejoría se recorta sobre la caída que se verificó en el PBI durante 2009. La derrota de Kirchner estuvo acompañada con una retracción de 2,5%, mientras -como recuerda el perspicaz Pablo Gerchunoff- la gripe A ahuyentaba a la gente de los shoppings.

El Gobierno también saca ventaja de la tormenta del mundo. La relativa estabilidad del precio de las commodities y la tenaz desconexión con las redes de financiamiento internacional ponen a resguardo a la economía doméstica. El discurso oficial se vuelve convincente para muchos: el kirchnerismo ha edificado un modelo del que las economías avanzadas deberían tomar lecciones. La explicación es eficaz, sobre todo, para buena parte de la juventud que este año vota por primera vez: son 1.200.000 personas.

Curiosa brecha

Es curiosa la brecha que existe entre los datos y las percepciones. La caída de 2009 y el temor al vendaval exterior disimulan que, si se los compara con los de la anterior elección presidencial, los indicadores económicos se deterioraron. Hoy la economía crea menos empleo que cuando Cristina Kirchner la recibió. Hace cuatro años lo hacía a un ritmo del 3,5% anual. Hoy al 1,5% anual. Entre 2003 y 2007 el aumento de los puestos de trabajo fue del 4,6%. Entre 2007 y 2011 fue del 1,9%. En octubre de 2007 el nivel de las ventas minoristas -deflactada la inflación- era del 9%. Hoy es del 4%. La inflación era hace cuatro años muy inferior a la de ahora. Pero el índice de confianza en el Gobierno que elabora la Universidad Di Tella era entonces del 50% y en estos días es del 58%. Es posible que la victoria le impida también a la Presidenta advertir que la economía se está desacelerando.

La oposición no pudo colaborar más con aquella remodelación estética y con esta percepción de progreso material. La principal evidencia de que la política sigue atrapada en la crisis de 2001 es que no ha aparecido fuerza alguna que alcance el 35% de los votos. Ese déficit tampoco se compensó con la construcción de alianzas interpartidarias. Al revés, las que se habían inaugurado en 2009 fueron desmanteladas pocos meses después de su bautismo. Ni la victoria sobre Kirchner consiguió que Mauricio Macri, Felipe Solá, Francisco de Narváez y Eduardo Duhalde mantuvieran su contrato. Macri siguió los comicios de ayer desde París, en un nuevo gesto de altruismo hacia Federico Pinedo, su candidato en la ciudad. Duhalde y Narváez fueron en listas separadas. Y Solá miró la película desde su casa. También el Acuerdo Cívico y Social entre el radicalismo, Elisa Carrió y los socialistas se hizo añicos. Kirchner, con involuntaria generosidad, había puesto a su servicio las primarias obligatorias de ayer. Pero el canibalismo pudo más. Los escombros del año 2001 siguen allí. El poder del kirchnerismo es, en buena medida, una consecuencia de esa destrucción.

Cristina Kirchner tiene rivales pero no está amenazada por ninguna alternativa. Ella proyectó una imagen de energía -aquí radica el mayor aporte de Amado Boudou-, volvió a servirse de los recursos del Estado como si fueran propios, sofisticó el clientelismo y llevó adelante una campaña coherente desde el punto de vista conceptual y publicitario. Esa maquinaria contrastó con candidatos que debieron abandonar sus carreras cuando todavía no las habían comenzado: los desistimientos de Julio Cobos, Ernesto Sanz, Pino Solanas, Solá, Macri y, en su momento, Duhalde y Alberto Rodríguez Saá instalaron una imagen de impotencia que el triunfo oficialista de anoche no hizo más que reflejar.

Sería inexacto suponer que la sociedad argentina carece de una opción distinta de la del Gobierno sólo por la debilidad organizativa de la dirigencia opositora. La campaña viene demostrando, por lo menos hasta ahora, que frente al mensaje oficialista no se ha elaborado ningún discurso de ruptura. En el mercado de las imágenes del país sigue circulando un solo producto definido: el del kirchnerismo..

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