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Una historia del futuro

Revista

El pasado del futuro. En el pasado, el futuro era para los hombres apenas una continuación del presente. Los cambios tecnológicos resultaban casi imperceptibles. A fines del siglo XIX y comienzos del XX, el avance tecnológico impulsado por la Revolución Industrial nos permitió pensar, por primera vez, en un futuro diferente. La ciencia ficción y la ciencia instalaron en el imaginario colectivo la idea de que un mundo mejor era cuestión de tiempo. Tal vez la ilusión más universal haya sido el 2000, momento en que esperábamos contar con autos voladores, la cura del cáncer y otras conquistas jamás materializadas. La realidad es que, pese a una cierta aceleración, la ciencia y la tecnología siguen avanzando a una velocidad muy lenta. Las expectativas frustradas generaron desencanto y la idea de que el futuro nunca está a la altura de como lo soñamos. Y hoy vemos al futuro como una amenaza.

El presente del futuro. Pero casi sin que lo notemos, el futuro empezó a cambiar hace unos años: finalmente el hombre inventó una tecnología cuyo avance ya no es lento sino exponencial: la informática. Ya estamos acostumbrados a que nuestra computadora sea obsoleta en pocos años, reemplazada por una más pequeña, más poderosa y más barata. Esa explosiva tasa de cambio se nos ha vuelto normal. El impacto de este asombroso cambio sobre nuestra vida cotidiana ha sido bastante limitado, apenas más que teléfonos celulares cada vez más chicos y televisores cada vez más grandes. Vivimos todavía en un mundo lineal.

El futuro del futuro. Pero eso está por cambiar. La ciencia, que históricamente se movió tan lento como los autos, empieza a avanzar al ritmo de las computadoras. La biología, la medicina, la neurociencia y la inteligencia artificial, empiezan a convertirse en tecnologías de la información. Así, la bioinformática, la biología sintética, la medicina personalizada o nuestro entendimiento del cerebro, entre otras aplicaciones, prometen más cambios en los próximos 50 años que los ocurridos en los últimos 5000. Y ya no sólo en más productos electrónicos de consumo, sino en posibilitar cosas tan esenciales como generar vida artificial, modificar nuestra propia especie, crear máquinas más inteligentes que nosotros o torcerle el brazo a la muerte y extender nuestra existencia. Hoy podemos volver a pensar en futuros asombrosos, porque existen las herramientas para materializarlos. Pero la tecnología nunca es buena ni mala en sí misma. La dirección de los cambios podrá acercarnos a la solución de los problemas más acuciantes de la humanidad o acrecentar las brechas sociales a niveles nunca antes vistos.

El autor es fundador de Officenet y autor del blog Riesgo y Recompensa..

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