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En el campo

Drut dirige una trama llena de vericuetos

Martes 23 de agosto de 2011
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PARA LA NACION
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Autor : Martin Crimp. Intérpretes : Ignacio Rodríguez de Anca, Carolina Tejeda y Cecilia Czornogas. Vestuario y escenografía: Cecilia Zuvialde. Diseño de luces: Alejandro Le Roux. Música original : Ignacio Czornogas. Dirección : Cristian Drut. Sala : Sha. Duración : 75 minutos Nuestra opinión: buena

Son pareja, pero podrían no serlo. Ya no se buscan, se ríen poco; en cambio sí, se miden, se provocan, se enfrentan en una batalla en el que las palabras aparecen como navajas. Pero son un matrimonio y tratan de seguir siéndolo. Hay algo, más allá de esos hijos que duermen o de ese granero que han convertido en hogar, que quieren mantener inalterable. Pero se les cuela la realidad, ésa que él trata de ocultar y ella se empeña en no ver. Una noche, Richard (así se llama él) llega a casa con una joven que supuestamente encontró desmayada en el costado del camino. Pura solidaridad de buen médico que es. Esa pieza que se les ha metido en el tablero desestabiliza el frágil equilibrio que habían conseguido cuando se mudaron al campo desde la ciudad. La presencia de la joven empieza a develar una trama repleta de giros inesperados.

Cristian Drut, el director, pone toda la atención en esos personajes que, paradójicamente, nunca se encuentran en escena al mismo tiempo, lo que llena de inquietud al par que sí entra en juego. Uno duerme, ya salió o está por volver; ese no estar implica un potencial peligro. Así, este juego de presencias y ausencias aumenta el suspenso. Ya no es el amor lo que importa, ya no es la mentira o los celos los que llevan adelante la acción. Hay una subtrama más oscura que va ganando lugar y que les quita a todos cualquier atisbo de inocencia.

Más allá del buen trabajo de Drut en la dirección de sus actores, son ellos los que terminan por redondear a esos personajes difíciles, crípticos, escondedores -aún a plena sonrisa- que les tocó en suerte. Si bien el trabajo de los tres corre por carriles muy parejos, no puede uno no volver a sorprenderse con lo que Carolina Tejeda consigue en escena; ella hace que su Corinne (así se llama su personaje) se transforme dramáticamente con extrema sutileza y suavidad. En esto está muy bien acompañada por Ignacio Rodríguez de Anca.

Sin dudas el director también se apoya en la música para crear los climas que busca; lejos de ilustrar, el trabajo musical de Nacho Czornogas construye dramaturgia por sí solo. Tampoco la escenografía es lineal o ilustrativa. Si fuera así, nada tendría que hacer ese fondo abstracto que remite más al océano que al campo, pero bien plantado está allí ese juego de telas que imaginó la escenógrafa Cecilia Zuvialde para darle una vuelta de tuerca más ajustada a cierto toque onírico y delirante que emana de la puesta. Aquí, la luz de Alejandro Le Roux es otro acierto. Todo aporta a ese aire frío y enrarecido que creó el dramaturgo inglés Martin Crimp para hablar del desamor.

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