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Infidelidad en tiempos de Internet

PARA LA NACION
Viernes 26 de agosto de 2011
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"La vida es corta. Ten una aventura." Ese es el eslogan de Ashley Madison, un sitio web de origen canadiense diseñado para hombres y mujeres casados que anden con ganas de ser infieles a sus parejas. A diferencia de otros sitios que se posicionan como lugares donde solas y solos pueden encontrar un amor, Ashley Madison se anuncia abiertamente como todo lo contrario: en vez de lugar de encuentro de almas solitarias, advierte de entrada que es para personas atadas por el matrimonio; en vez de la ilusión de un amor duradero, promete aventuras fugaces y sin consecuencias. "La marca más reconocida en infidelidad", pregona otro de sus eslóganes. Por supuesto, miles de voces indignadas se hicieron sentir en cada uno de los países donde la compañía estrenó operaciones, pero esos reparos no lograron evitar que la cantidad de usuarios del sitio se multiplicara en forma vertiginosa, trepando de los 60.000 del primer año a 550.000 en el segundo, y a más de cuatro millones, siete años después.

Ashley Madison fue creada por Darren Morgenstern, un empresario que en 2000 notó que a pesar de que los sitios de encuentros en Internet dejaban ganancias millonarias, no había ninguno diseñado especialmente para adúlteros. Inauguró la página en 2002, con una inversión inicial de 10.000 dólares. Para echar a rodar el negocio, le bastó poner unos pocos anuncios en la sección de clasificados del Toronto Star. En 2007, Ashley Madison había crecido tanto que Morgenstern decidió venderlo a Avid Life Media. Al frente del grupo se encontraba Noel Biderman, un abogado que desde entonces logró multiplicar por diez los usuarios del sitio.

Biderman, un padre de familia que dice estar felizmente casado, dejó atrás los anuncios en diarios y revistas, y en su lugar lanzó una osada campaña en televisión. Uno de los spots publicitarios muestra a una pareja semidesnuda, besándose apasionadamente. En la pantalla, un cartel dice: "Ellos están casados". La pasión crece, y aparece el segundo cartel: "Pero con otras personas". En otro comercial, un hombre intenta dormir mientras, a su lado, una mujer obesa y francamente fea ronca a todo pulmón. El locutor explica: "Cualquiera puede huir de una noche con la mujer equivocada... pero huir es más difícil si es tu esposa". Un tercer comercial muestra a una chica que intenta despertar el deseo de su marido, que mira la tele con cara de idiota. "Sally no sabía qué hacer," dice un jingle alegre y contagioso. Cada vez más corta de ropas, Sally se contonea frente al marido, sin resultado. En la última escena, Sally, de lo más sonriente, sale del "Hotel 69" con un apuesto señor. Por si queda alguna duda, el jingle concluye: "Ser infiel es emocionante. ¡Ten una aventura!"

La polémica originada por semejante campaña ha contribuido al crecimiento del sitio aún más que los comerciales. Recientemente, ESPN se negó a transmitir un anuncio de Ashley Madison alegando que el canal no está a favor del adulterio. "Me sorprendió la decisión de ESPN", dijo Biderman. "Si transmite anuncios de Viagra y de cerveza, ¿por qué no puede hacerlo de Ashley Madison?" La discusión llevó miles de nuevos usuarios al sitio. Lo mismo sucedió cuando, ante la queja del dueño de un edificio, la compañía tuvo que retirar un inmenso cartel que había colocado en Times Square. En vez de contrariado, Biderman estaba feliz: 150.000 neoyorquinos se suscribieron a la página esa semana.

"¿Cómo puede vivir en paz promoviendo el adulterio? -le preguntó un periodista de CNN-. ¿Acaso no le importa deshacer matrimonios, perjudicar la vida de los hijos, destrozar familias?" Con calma, Biderman respondió: "Ningún comercial de treinta segundos lleva a cometer adulterio. La gente no es infiel porque nosotros se lo hagamos más fácil, sino porque está insatisfecha con su matrimonio". En otro programa, Biderman afirmó que Ashley Madison salva más matrimonios de los que destroza: "Ayudamos a la gente a encontrar pasión en otro lugar, sin necesidad de divorciarse", explicó.

En la Argentina, la página abrió -con otro nombre- hace unos meses. El eslogan local es "el verdadero secreto para un matrimonio duradero". Aunque no estoy casada, y sospecho que los buenos matrimonios no se basan precisamente en la infidelidad, decidí anotarme en el sitio. Tenía curiosidad por ver cómo funcionaba, la membresía para las mujeres es gratuita y, además, pensé que lo que aprendiera podría servirme para la nueva novela que estoy escribiendo.

En cuanto creé mi "perfil", empezaron a llegarme decenas de mensajes de señores que querían chatear conmigo, conocerme o invitarme a cenar. Uno de ellos se presentaba con una foto en la que se lo veía timoneando una lancha por el Delta. "Maduro, en plenitud de su vida, desea relacionarse con dama distinguida, culta, femenina, dispuesta a encuentros discretos con cierto compromiso de pareja." Otro, un arquitecto de 41 años, me ofrecía "una amistad sincera; un espacio que sólo nos pertenezca a vos y a mí". Un empresario de 48, que decía estar en una relación, pero sin sexo, me dijo: "Quiero volver a disfrutar. Me encanta mimar a las damas. Me agradan las charlas con cierto nivel. Soy romántico y apasionado, y creo ser un buen tipo".

Por cada siete u ocho mensajes similares a los anteriores, de pronto aparecía uno en el que lo único que se veía era, ¡oh, sorpresa!, fotografías censura triple X, con primerísimos planos explícitos, burdos y ofensivos. Sin embargo, la mayoría de los hombres con los que crucé e-mails me parecieron personas sensibles y con una visión de la vida bastante más romántica y compleja de la que el sitio intenta vender. Aunque algunos me dijeron que amaban a sus esposas y otros más bien parecían detestarlas, me dio la impresión de que lo que todos compartían era la sensación de que les faltaba algo fundamental..., algo sin lo cual sus vidas parecían perder sentido.

"Quisiera volver a encontrar la pasión, el entusiasmo, el humor, las ganas de mimar", me escribió uno que decía llamarse Oscar. Arturo lo expresó de esta manera: "No me gusta la promiscuidad ni saltar de una cita a otra. Sólo quiero encontrar alguien con quien pasar ratos inolvidables; si vienen de la mano de mimos y ternura, mucho mejor". Un economista que vivió muchos años en Europa, me dijo: "Busco una dama para disfrutar juntos lindos momentos: baile, cenas, tal vez algunas escapadas los finde..., en fin, disfrutar un poco, que para eso estamos aquí".

Esa última frase me dejó pensando. Apuntaba no sólo a una carencia, sino a una filosofía de vida: para eso estamos aquí, para disfrutar. Es decir, esos señores se habían anotado en el sitio porque, a pesar de haber formado familias y tener éxito profesional, sentían que sus momentos de disfrute eran tan escasos que sus vidas empezaban a perder sentido. Me pareció que esa ausencia de placer tenía que ver con algo más profundo que la insatisfacción sexual. Como me explicó Miguel: "Puede haber muchas razones para anotarse aquí, pero creo que la primera de todas es estar acompañado y sin embargo sentirse solo; la segunda, son unas ganas enormes de volver a creer y a soñar."

Las usuarias del sitio con las que pude conversar esgrimieron motivos similares: "Quiero a mi esposo -dijo Susana-. Pero algo se ha perdido entre nosotros. No se trata sólo de que no hacemos el amor desde hace meses. Es más que eso: perdimos la camaradería, el humor, la ternura." Vi repetirse las mismas palabras una y otra vez: ilusión, disfrute, complicidad, ternura. Yo les contaba que buscaba entender lo que llevaba a tantas personas a suscribirse al sitio, y las respuestas que recibía eran diversas en lo anecdótico, pero similares en lo sustancial: se sentían solos, vacíos; anhelaban llenar esa ausencia.

"No estoy en esto por deporte, ni me interesa jactarme en reunión de amigos", me dijo Miguel. "Estoy acá porque una relación en este mundo paralelo puede compensar la carencia de afectos, despertar la pasión, crear un clima en el que ambos se piensen y se contengan." Miguel me conmovió, nos escribimos bastante: hablaba de sus hijos con un afecto profundo; extrañaba al mayor, que ya no vivía con él. Le pregunté con quién conversaba sobre lo que hacía en el sitio. "Nadie, ni siquiera mi mejor amigo sabe de mi vida paralela", me confesó.

Las líneas paralelas son aquellas que, por más que se prolonguen, nunca se encuentran, nunca se tocan. Me entristeció la soledad de Miguel: nadie sabe de esta vida suya, tan verdadera, tan cerca y tan lejos de la otra, al mismo tiempo. ¿Quién conoce a Miguel, realmente? ¿Quién conoce a los millones de usuarios del sitio? Empecé a imaginar a todas esas personas casadas, viviendo juntos como extraños, llevando vidas paralelas de las que no le hablan a absolutamente nadie. Cuando cualquiera de ellos muera, ni sus amigos ni sus parejas, ni sus hijos sabrán quién era la persona que se ha ido y a la que lloran: qué la hacía sufrir, qué fondo de soledad ocultaba, qué la llevó a forjarse una identidad distinta con la esperanza de encontrar, en ese otro lado del espejo, una vida más plena, más auténtica, más feliz.

Justo antes de borrar mi perfil, me entero de que en Estados Unidos las versiones de Ashley Madison para iPhone y Blackberry figuran entre las aplicaciones de software más populares de los últimos meses. Imagino a millones de personas entrando en el sitio desde el subte, desde oficinas, desde rincones oscuros de sus casas. Entro en mi cuenta por última vez. Hay varios mensajes nuevos. ¡Tanta gente sola, aunque esté acompañada! Un señor me dice que quiere dar y recibir cariño; encontrar la magia de nuevo; sentirse deseado y plenamente vivo. Pienso que aunque él no lo sepa, lo que quiere es amar y ser amado. Borro mi cuenta. ¿No quiero yo también lo mismo? ¿No queremos todos, cada cual a su modo, lo mismo, siempre?

© La Nacion

Las autora es escritora. ?Su último libro es Abundancia , novela

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