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La Presidenta, entre la demagogia y la moderación

Opinión

Desde 2003, el objetivo de los Kirchner siempre ha sido la perpetuación en el poder. Si bien este objetivo no es compatible con la limitación de los plazos presidenciales que prescribe el espíritu republicano de la Constitución, el hecho es que, con las elecciones primarias del 14 de agosto, la Presidenta ha dado un paso importante en esa dirección. Pero uno de los rasgos distintivos del kirchnerismo ¿no es acaso el cortoplacismo? ¿Cómo conciliar este comprobado rasgo "cortoplacista" con la ambición kirchnerista de perpetuarse en el poder, una ambición que apunta, por definición, al largo plazo , ya sea de Cristina o de Máximo? Diciendo que, en tanto que la perpetuación en el poder fue para Néstor Kirchner y es ahora para su viuda un objetivo final , el "horizonte" en función del cual ambos se han movido, hoy la Presidenta avanza en busca de él mediante una sucesión de pequeños pasos destinados a ejecutarse uno tras otro en el corto plazo. He aquí una estrategia "escalonada" hacia la cima que hace recordar la antigua definición de Santo Tomás de Aquino: "El fin, que es lo primero en la intención , es lo último en la realización".

El 14 de agosto, la Presidenta cumplió con creces el objetivo de corto plazo de ganar las elecciones primarias. El 23 de octubre aspira a confirmarlo mediante una victoria aún más rotunda. Tanto la meta que alcanzó en agosto como la meta a la que aspira en octubre contienen, sin embargo, dos componentes contradictorios. El primero de ellos consiste en continuar atrayendo a la masa de los ciudadanos con menores ingresos mediante el aumento incesante de los planes sociales, las jubilaciones, los subsidios a la niñez y de toda índole. Sin embargo, si su acción se redujera a aliviar a las masas de bajos ingresos cuyo fantasma común es la pobreza, no le alcanzaría. Así fue como Néstor Kirchner perdió las elecciones de 2009, llegando al 30 por ciento del total porque éste es el calamitoso nivel de nuestra pobreza. ¿Cómo pudo superarlo el gobierno de Cristina el 14 de agosto, llevándolo al 50 por ciento? ¿Cómo espera alcanzar hasta el 60 por ciento el 23 de octubre? Atrayendo a una buena proporción de los votantes de clase media . Pero, para asegurar esta segunda meta, ya no bastan las dádivas sociales de la primera meta. ¿Qué está haciendo entonces Cristina? Sumar al alivio social en favor de los más necesitados un segundo alivio, esta vez político : la elaboración de un mensaje ya no agresivo como el de Néstor sino moderado, en respuesta al anhelo de concordia que alberga la clase media. La fertilidad de esta estrategia complementaria quedó demostrada en la ciudad de Buenos Aires, donde buena parte de los votantes de Mauricio Macri, el único opositor que queda en pie, apoyaron también a la Presidenta. Pero el "alivio social" a los votantes más humildes y el "alivio político" a los votantes medios, ¿son, en definitiva, compatibles entre ellos? La demagogia hacia abajo y la moderación hacia el medio, ¿pueden armonizarse?

La demagogia

En La Política de Aristóteles puede encontrarse la definición más antigua de la demagogia . Una definición tan lograda que, cuando la leemos, parecería que el maestro de Alejandro Magno se estaba refiriendo a nuestra Argentina. Para Aristóteles, la demagogia era la corrupción de la democracia del mismo modo en que la tiranía era la corrupción de la monarquía. Un rey en principio bien intencionado podía convertirse en tirano si, extraviado por la adulación de sus cortesanos, terminaba pensando en sí mismo en vez de pensar en el pueblo. Cuando lo adulan hasta hacerlo pensar que es el único protagonista en lugar del pueblo, los cortesanos del rey no sólo lo corrompen; lo manipulan , además, en favor de ellos mismos. De igual modo, la democracia se corrompe en dirección de la demagogia cuando algunos políticos, esos cortesanos no ya del rey sino del nuevo soberano que es el pueblo, lo extravían en su propio beneficio fascinándolo con metas ilusorias, insostenibles en el tiempo.

Los observadores económicos se han cansado de anotar que hoy, entre nosotros, el Gobierno obtiene la adhesión de la parte más vulnerable del pueblo repartiendo un aluvión de dádivas que, si bien parecen beneficiarla, en verdad la hunden todavía más en una pobreza a la que se suma la ignorancia resultante de la crisis del actual sistema educativo "antisarmientino", que le impide "avivarse" en dirección de lo que en verdad le convendría; que, como pasa en Brasil, Uruguay y Chile, lloviera sobre ella una avalancha de capitales destinados a promover el desarrollo económico y, dentro de él, su ingreso revolucionario en la clase media. Pero esta descripción, que alcanza a explicar el "rapto" de las clases populares por parte del Gobierno mediante un engaño que las lleva a votar por aquello que en definitiva no les conviene, ¿alcanza a explicar acaso por qué parte de la clase media está votando, además, por el oficialismo?

" Catch-all "

Habría que aclarar por lo pronto que las vallas que separan a la clase media de la clase popular no son tan altas como se supone. En las democracias inmaduras como la nuestra, por lo tanto, los efectos del populismo no disminuyen abruptamente de clase en clase. El consumismo que hoy invade a la sociedad argentina con olvido de las viejas virtudes del ahorro y la inversión tiene un amplio alcance en estos tiempos en que el maná de la soja parece alcanzar para todos, desde los burócratas estatales hasta los pequeños y grandes productores. Pese a que, bien administrados, estos beneficios podrían orientarse no sólo al consumo sino también a la inversión, el hecho es que el país vive en cierta forma anestesiado en medio de una bonanza de corto plazo. Está perdiendo los beneficios alternativos, de largo plazo, que le traería una política económica responsable, y se priva, en tal sentido, de aquello que los especialistas llaman "el lucro cesante"; la oportunidad de ganar más. Pero en estos tiempos que reiteran la inclinación por el "voto cuota" que en 1995 permitió la reelección de Menem, ¿cómo convencer a las mayorías de que, más que "perder", están "dejando de ganar"?

Esta sensación de bienestar que afecta a las diversas clases sociales explica, por otra parte, el éxito de una estrategia electoral que ha sido llamada el atrapalotodo (en inglés, catch-all ), un intento de extraer votos de todas partes que se concreta cuando la "marea alta" del consumo parece lograr que todos los botes floten a la vez. En la marea alta del " catch-all " parecen flotar tanto los sectores populares como las clases medias y aquellos empresarios industriales que viven de un mercado interno ascendente -este año venderemos casi un millón de automotores- y de un proteccionismo indiscriminado, "a la Moreno", que los exime del duro esfuerzo de la competencia. Pese a ello, el dólar atrae y los capitales se van. ¿Hay gente, aún, que "no come vidrio"?

Es, otra vez, la fábula de la hormiga y la cigarra. En tiempos de bonanza, las hormigas acumulan. Las cigarras, ellas, consumen. ¿Cómo contrarrestar en democracia la poderosa seducción de las cigarras? El Gobierno apuesta a ellas, quizá con la esperanza de que la soja se afiance como nuestro petróleo. Hipnotizados por las promesas al parecer infinitas del petróleo, gobiernos como la Venezuela de Chávez y la Libia de Khadafy entraron en crisis. Pero desde el momento en que hemos renunciado sabiamente a la alucinación de las "dictaduras ilustradas", lo único que nos queda es promover con perseverancia y humildad el lento aprendizaje colectivo que es por definición la democracia..

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