La ciudad ausente

Impecable puesta de la creación de Gerardo Gandini y Ricardo Piglia

13 de septiembre de 2011  

Ópera de Gerardo Gandini con libreto de Ricardo Piglia / Dirección musical: Erik Oña / Dirección escénica: Pablo Maritano / Escenografía: María José Besozzi / Vestuario: Sofía Di Nuncio / Iluminación: Horacio Pantano / Reparto: Marisu Pavon (Elena), Sebastián Sorarrain (Macedonio), Luciano Garay (Junior), Patricio Oliveira (Fuyita), Hernán Iturralde (Russo), Alejandra Malvino (Ana), Eleonora Sancho (Mujer pajaro), Lucia Joyce (Eugenia Fuente), Sergio Spina (Dr. Jung) / En el Teatro Argentino de La Plata.

Nuestra opinión: excelente .

Una nueva puesta de La ciudad ausente , la ópera de Gerardo Gandini con libreto de Ricardo Piglia sobre su propia novela, una obra clave de la música argentina para la escena, sería ya de por sí un acontecimiento. En este caso, la logradísima puesta y la refinada realización musical de la versión que presentó el Teatro Argentino hicieron que su estreno en La Plata fuera un acontecimiento doble.

Habría que decir que, en comparación con la puesta de 1995 en el Colón, la del estreno mundial, todo resultó aquí menos paródico, menos, si se permite la palabra, ligero, y mucho más denso, terriblemente melancólico. Ya desde el principio, la introducción de la orquesta empezó morosa, como si la música se reconstruyera paulatinamente a partir de su desintegración.

En este punto, la convergencia del enfoque musical y el enfoque escénico no puede ser más lograda. Erik Oña y Pablo Maritano revelaron la ópera con una luz nueva. Aunque anudó también visualmente el principio y el final, la puesta no tuvo nada subsidiario respecto de la del estreno y resultó incluso más pigliana –e incluso más cercana a la imaginación de Roberto Arlt– con ese cartel del Hotel Majestic, lugar en Avenida de Mayo y Piedras donde el periodista Junior (Luciano Garay) busca a Fuyita (Patricio Oliveira) para iniciar la investigación sobre la máquina inventada por Russo para mantener viva a Elena. Maritano recupera así el hotel, un espacio central de la literatura de Piglia. Las microóperas, por su lado, parecen apenas entrevistas a través de un portón gigantesco, que se abre para dejar ver la escena general, como si esas partículas fueran resaltadas y a la vez integradas en la totalidad. La ciudad, como Elena, la mujer-máquina que no puede dejar de cantar historias, extrae su realidad de la ubicuidad de su ausencia.

Esta singularidad se proyecta en la música: Gandini alcanza una extrema concentración a partir de una trama fragmentada y de la inclusión de escenas independientes que deparan las microóperas. Lo que consiguió la dirección de Oña fue justamente un efecto unificado sobre la base de una luminosa diferenciación y del subrayado de las recurrencias, como si la obra entera estuviera enhebrada por un hilo a veces evidente y otras veces invisible. La Estable del Argentino respondió en todas las filas y fue evidente el compromiso de los músicos con la obra.

No se quedaron atrás las voces. Se destacó la dupla del barítono Garay y el tenor Oliveira, lo mismo que las protagonistas de dos de las microóperas, Eleonora Sancho, como la Mujer Pájaro, que resolvió las endiabladas coloraturas de su personaje, y, especialmente, Eugenia Fuente, como Lucía Joyce, con una demencia siempre verosímil y nunca exagerada. El barítono Sebastián Sorarrain hizo un Macedonio inspiradísimo y se lució en el largo pasaje "Blanca es la luz, blanca la ceguera", mientras Elena agoniza. No hubo en general ningún flanco débil por el lado vocal, pero la estrella fue la soprano Marisú Pavón. Compuso una Elena bellísima, conmovedora de principio a fin. Su voz era bien de este mundo, pero parecía venir de otro más lejano, inaccesible. Hay algo más desolador que alguien solo: aquel a quien vemos quedarse solo, para siempre, de a poco. Podría decirse mucho más sobre La ciudad ausente en general y sobre esta versión en particular, pero nada explicará el escalofrío que es capaz de producir Pavón cuando canta, mientras se alejan los personajes que ella misma lanzó al mundo, sola, con la única compañía del arpa, el vibráfono, la celesta y los pianos: "No viene nadie. Ya no viene nadie".

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