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Otros gritos

El clamor de seis mujeres que perdieron a sus maridos en una interesante sucesión de monólogos

Miércoles 14 de septiembre de 2011
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PARA LA NACION

Autoras : María Rosa Pfeiffer, Laura Coton y Patricia Suárez. Dirección general y puesta : Paula Etchebeherel. Intérpretes : Maia Francia, María Rosa Pfeiffer, Raquel Albeniz, Maria Forni, Silvia Traiwer, Romina Michelizzi. Vestuario : Maria Valeria Tuozzo. Diseño de luces y escenografia : Magali Acha. Asistencia de dirección : Daniela Martínez. Sala : Teatro del Pueblo, Roque Sáenz Peña 943. Funciones : jueves, a las 20.30. Duración : 75 minutos Nuestra opinión: muy buena

Seis historias muy diferentes, aunque enlazadas por un mismo acontecimiento histórico: el grito de Alcorta. La rebelión de un grupo de agricultores en la provincia de Santa Fe, en 1912, es el punto de partida que posibilita a las autoras María Rosa Pfeiffer, Laura Coton y Patricia Suárez, detenerse en algunas de las mujeres que perdieron a sus hombres en esa revuelta o que se vieron forzadas a llevar una vida en soledad, en el campo, mientras ellos peleaban por mejorar sus destinos.

Son seis monólogos intensos que posibilitan reconocer la fortaleza de unas criaturas que se ven obligadas a redefinir sus vidas dentro de un mundo muy hostil. Pero lo hacen peleando con la naturaleza, con una cotidianeidad que no les da tregua, también con la muerte.

Si bien, por un lado, la dramaturgia de cada monólogo expone rigurosidad en su construcción y despierta creciente interés en el espectador, por estar plagado de imágenes potentes, resulta muy atractivo el entramado que construye desde la dirección Paula Etchebehere.

En su puesta, esas mujeres no están nunca solas en escena. Las otras las van acompañando y ese acto de acompañar resulta muy inquietante, porque amplía la teatralidad de cada historia. Si a la hora de la rebelión los campesinos sumaron fuerzas, a la hora de la soledad es necesario encontrar más y más formas de reunión con aquellos seres que sufren también desprotección.

Cada una de las intérpretes desarrolla su monólogo con fuerte entrega. En un ámbito despojado escenográficamente, sólo sus cuerpos sostienen esos relatos y encuentran en pequeños gestos, en acciones breves, la potencia suficiente para engrandecer con imágenes esas palabras que nunca estarán vacías de contenido.

En este sentido, también la dirección de Etchebhere es sumamente precisa. Se detiene en el interior de sus actrices, bucea allí, y extrae una rica sensibilidad que permite transportar de inmediato al público a aquel mundo de comienzos del siglo XX.

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