Si usted es una persona con dificultades visuales, navegue el sitio desde aquí
lanacion.com | Las noticias que importan y los temas que interesan

Documento

Sierra Chica: el pueblo que vive de la cárcel

Revista

Los fines de semana cientos de personas viajan para visitar a sus familiares presos en el penal situado a 350 kilómetros al sudoeste de Buenos Aires. Es entonces cuando se activa la pequeña economía de un lugar donde la lucha por subsistir es tarea cotidiana

Por   | LA NACION

Durante la madrugada, cuando el sol todavía no aparece, comienzan a llegar los colectivos. Vienen de varios puntos de la provincia y también de la Capital, distante a 350 kilómetros. La mayoría son blancos y tienen algunos vidrios rotos. A lo lejos se escucha el ruido del autódromo. Sierra Chica comienza a despertarse.

Familias enteras se bajan de esos vehículos, cargados con enormes bolsas llenas de comida, cajas de jugo, gaseosas y otros productos. Hacen fila debajo de un tinglado de metal que se extiende luego en un pasillo con un improvisado techo fabricado con unas bolsas negras. La pared, con un banco de cemento incrustado, está cubierta de inscripciones.

Algunos aprovechan la espera para completar sus compras en el almacén de enfrente. Dos nenas, vestidas de rosa, juegan con el alambrado que rodea la entrada. Al otro extremo del tinglado hay un tacho de basura desbordado y una puerta con un cartel: baño. El olor nauseabundo aleja a la gente.

El movimiento se concentra en apenas unos 300 metros, sobre la avenida Pedro Legorburu, a medio asfaltar, donde hay unos ocho comercios que sólo funcionan de viernes a domingo cuando llegan entre 500 y 600 personas a visitar a sus familiares presos en la Unidad N° 2, la cárcel de máxima seguridad. Sierra Chica cuenta también con otros dos penales que en conjunto albergan a 3000 internos, mientras que en el pueblo viven unas 5000 personas.

Se escuchan ruidos de rejas que se abren y se cierran, señal de que comenzó el horario de visita.



Los fines de semana el pueblo se transforma y gran parte de ese cambio ocurre en dos cuadras frente a la Unidad N° 2 donde conviven tres polirrubros, tres cantinas, una carnicería, una despensa y una marroquinería. Los comercios abren durante la madrugada y acomodan sus horarios en función de la estadía de los familiares de los presos. "Si no fuese por las visitas, yo ya hubiese cerrado o ni hubiéramos puesto el almacén -le dice Juan Urban a LNR, detrás del mostrador del comercio familiar que funciona hace 20 años-. Abrimos viernes y sábado a la noche y a la madrugada, porque es el mayor movimiento que tenemos en la semana. La gente de acá no compra mucho."

Dos templos, uno evangélico y el otro cristiano, se mezclan entre los negocios. Ya son las 11 y mientras los familiares terminan de ingresar en la requisa, los comerciantes preparan la mercadería para recibirlos cuando termine el horario de los encuentros.

En eso anda Roberto Faedda, que trabaja de lunes a viernes como inspector municipal en Olavarría. En sociedad y hace tres años abrió una fonda para trabajarla todas las noches, pero al cabo de nueve meses se convenció de que sólo rendía los fines de semana. "En la semana no nos compraban ni una docena de empanadas. En Sierra Chica no funciona la rotisería. No es el estilo del pueblo -recuerda y agrega-, no podemos elaborar comida muy cara porque ellos [las visitas] no vienen con dinero para gastar; sí traen para los internos. Vos ves los bolsos llenos, estás hablando de compras de 600 a 800 pesos para ingresarle al familiar."

Sierra Chica no tiene hoteles ni grandes comodidades. El alojamiento para los familiares de los presos consiste en casas adaptadas por los habitantes del pueblo para alquilar las camas por un valor aproximado de 15 pesos por noche. A veces ni siquiera pasan la noche entera en la pensión. Las mujeres alquilan una cama para poder dejar a sus hijos cuando llegan muy temprano así no sufren el frío ni esperan en la calle hasta que comience el horario de visita.

Las casas en las que se ofrece alojamiento, por lo general, tienen varias habitaciones. El pago por persona sólo sirve para dormir y, en el mejor de los casos, usar la cocina. "Tengo 30 camas. Ahora hice una cocina grande que tiene todas las comodidades: gas cable, todo. El baño es compartido, pero hay tres duchas y tres baños con agua caliente y calefacción", cuenta Adriana Errobidart, encargada de la pensión que pertenece a su padre. Ella vive en otra casa, a media cuadra.

El lugar es oscuro y huele a tierra. Las puertas no cierran bien y las ventanas tienen hendijas por donde se filtra el viento. La cocina es una habitación en la que, además de dos mesas, hay una cama cucheta para cuando ya no queda espacio en las otras habitaciones. "Esta casa sirve para vivir, pero había que hacerle muchos arreglos. Por eso la compramos para la pensión", dice Adriana durante el recorrido.

Adriana ofrece televisión por cable para lo cual cobra un peso extra por persona. Durante la semana, allí se alojan los vendedores que llegan desde Capital. Los fines de semana la pensión se llena de familiares de presos. "Como he tenido problemas me puse selectiva. Si no me gusta la cara de la gente, no les alquilo", determina Errobidart, y aclara que prefiere que las personas que se alojan en su pensión lo hagan sin niños. "El lugar no está habilitado, te imaginás que si lo habilito tengo que cobrarles mucho más de lo que pueden pagar", explica. El precio de la cama en la pensión es de 15 pesos y sube a 20 cuando los huéspedes llegan de madrugada.

Muchas habitantes aprovechan las visitas para generar ingresos. Como los familiares de los presos no exigen grandes comodidades, sólo hace falta tener un espacio en donde amontonar algunas camas cuchetas y un baño para toda la habitación.

Silvia García, que abrió una pensión cuando su marido se quedó sin trabajo, sostiene que ofrecer alojamiento no es un gran negocio en Sierra Chica. "A veces lo único que lográs es cambiar plata, porque no se generan grandes ingresos -dice-. No hay lujo acá, si fuera un negocio ponés cosas con más lujo, por ahí hasta comprás un acolchado más lindo pensando en cobrar más", explica. Pero no es el caso. La vivienda, que consta de una habitación grande con doce camas, una pegada a la otra, y una cocina, se cae a pedazos. Los techos y paredes están llenos de humedad. "La idea es que las chicas tengan un lugar, o por lo menos sus hijos, para pasar la noche. A veces dejan a los chicos acá y se turnan para cuidarlos."

Tres nenas caminan de la mano por la avenida Legorburu y entran a la despensa de la esquina. Piden un paquete de galletitas. "¿Me lo anotás?", pregunta la más grande. Lucas, de 18 años y tercera generación de almacenero, toma la libreta y anota.

Al caminar por Sierra Chica se ven chicos jugando solos en la calle, caballos sueltos trotando por la avenida principal, las puertas de las casas entreabiertas y con las llaves puestas y coches con las ventanillas bajas y en marcha. Pero parece que algo está cambiando en el pueblo y no es del gusto de los vecinos. "Hasta ahora no molestan en el pueblo. Pero no estamos de acuerdo en que las visitas, por querer estar cerca de sus familiares presos, se queden acá. Hay que limitarlos, que estén, pero que no molesten", dice la vecina Susana Oyanto.

Muchos familiares de los presos compran o alquilan casas para quedarse en Sierra Chica. O son los mismos internos que, al recuperar la libertad, eligen quedarse. Además, según cuentan los lugareños, varias casas frente a la Unidad N° 27 fueron usurpadas, lo que no cayó muy bien en la comunidad. "Ha cambiado el pueblo. Las visitas no se quedaban por una semana y ahora algunas ya están viviendo acá. Antes al interno lo llevaban hasta la estación y se tenía que ir, ahora se queda", explica Julio Odello, padre de Lucas, que atiende la despensa familiar desde hace 20 años. Y aunque se esfuerza por aclarar que los robos esporádicos no tienen que ver con las visitas, ya que no les conviene hacer lío porque tienen que volver todas las semanas, el pueblo creció en función de la cárcel y a fuerza de prejuicios. "La visita se caracteriza de una manera especial. ¡Mirá! Ellos son visitas", señala Susana a una chica y a un chico de pelo corto, rapado en ambos costados de la cabeza, de zapatillas anchas y tez morena.

 
 

Las dos mitades

El pueblo está dividido por la calle principal. De un lado, las Unidad N° 2 y N° 38. La N° 27 está más alejada. De ese mismo lado están las casas de la mayoría de las personas que trabajan en el Servicio Penitenciario. Las viviendas tienen rejas en las ventanas y bordeadas por pircas con pequeñas puertas. Son todas iguales. Del otro lado, el resto del pueblo. Casas chatas, pequeñas, de varios colores y sin rejas. Más alejados de la calle principal están los barrios nuevos, en general planes de vivienda otorgados a las personas que trabajan en el penal.

En el pueblo no hay muchos negocios. Cada barrio, de tres o cuatro manzanas, tiene un quiosco o almacén. Los vecinos se conocen entre todos. Se dan cuenta al instante cuando alguien que camina por las calles no es del pueblo. Miran con desconfianza, pero nunca niegan el saludo.

Para los jóvenes no hay muchas opciones de diversión, pero se las ingenian. Los fines de semana hacen la previa en alguna casa, pero si quieren extender la noche deben viajar los 12 kilómetros que los separan de Olavarría para llegar a un boliche.

El pueblo no tiene hospital, apenas una pequeña sala de primeros auxilios. "Mi viejo quedó con la boca torcida porque le agarró un pico de presión y tardamos bastante en llegar a Olavarría", recuerda Juan.

Además, hay dos escuelas y un instituto donde los jóvenes estudian para trabajar en el servicio. En una plaza los chicos juegan entre los caballos sueltos que cruzan al trote.

El pueblo termina abruptamente cuando se acaba el asfalto de la avenida principal. La calle se transforma en un camino de tierra que se pierde en el campo. También en ese límite comienza el maizal que bordea la callecita.

Sobre el filo de las 14 los familiares de los internos comienzan a ganar la calle. Las bolsas y mochilas que ingresaron al penal llenas de alimentos ahora se ven flacas. Vuelven vacías en los ómnibus, combis y autos que esperan a la gente sobre la avenida Legorburu; muchos regresarán el fin de semana siguiente.

Mientras la gente se reagrupa en torno del transporte que le corresponde, algunos choferes almuerzan en lo de Roberto. Son conocidos, comparten la mesa y el mate con el dueño. En el televisor de 24 pulgadas la carrera llega a su fin y afuera los micros se ponen en marcha. Levantando polvareda marchan en fila por el bulevar, pasan frente a la Unidad N° 2, avanzan sobre el pavimento y ganan la ruta. Se pierden. Detrás queda un silencio tan puro que permite escuchar el sonido de los pájaros o el trote de los caballos. Los comercios ya cerraron las puertas y en la toldería, en donde los familiares aguardaron su turno, hay botellas tiradas, papeles y bolsas desparramadas. El fin de semana culmina. Un perro husmea entre los restos de comida y con los mensajes escritos en una pared descascarada de fondo. Pablo te amo, Agustina y Carlitos, Los pibes de la eskina, El Costra. Allí esperan el regreso de las visitas.

ENTRE DOS OPCIONES

El trabajo en Sierra Chica se divide en dos grandes grupos: el Servicio Penitenciario y las canteras. La medida es una simple regla, según cuentan los lugareños: si un viejito camina encorvado, seguro trabajó en la explotación minera. Por lo general, todas las familias tienen, al menos, un allegado que cumple funciones en algunos de los tres penales que están en el pueblo, ya sea realizando tareas administrativas o como guardias. La tradición carcelaria se transmite de generación en generación y la mayoría de los jóvenes, cuando terminan los estudios secundarios, ingresa en la Escuela de Oficiales hasta completar un curso de tres años. "Los chicos se quedan porque los que somos de acá nos conocemos entre todos y eso ayuda. Tienen más arraigo con el Servicio Penitenciario y, además, cuando terminan la secundaria se ganan su pesito trabajando", apunta Susana Oyanto.

RECUERDOS DE UN MOTIN SANGRIENTO

Hace 15 años, en la Semana Santa de 1996, el pueblo se convirtió en el centro de las noticias por un sangriento motín en la Unidad N° 2. Una banda de presos, a partir de entonces conocida como Los Doce Apóstoles, tomó la cárcel durante ocho días. Entre los 17 rehenes estaban la jueza María de las Mercedes Malere, su secretario, guardiacárceles y algunos testigos de Jehová. La revuelta es recordada porque dejó una huella en la historia del sistema carcelario de la Argentina y, según los testigos, rompió todos los códigos tumberos conocidos hasta ese momento. Durante el motín, las cuentas pendientes entre dos grupos de presos fueron saldadas de la manera más cruenta. En esos 8 días el pequeño poblado bonaerense se convirtió en un foco de atracción para turistas y curiosos. Ocho presos fueron asesinados durante el motín. Los responsables de la masacre fueron condenados en un juicio sin precedente, que se realizó en el penal de máxima seguridad de Melchor Romero..

TEMAS DE HOYAmado Boudou procesadoLa reforma del Código CivilArgentina en desacatoCrisis en Venezuela