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Blindados

PARA LA NACION
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Eduardo Levy Yeyati
Jueves 29 de septiembre de 2011 • 08:28
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Suele decirse que los países emergentes soportaron la crisis financiera de 2008 mejor que sus pares desarrollados. Algo de esto hay, dependiendo de cómo se lo mida. Sin duda, los emergentes, que venían creciendo fuerte, contrajeron menos que los avanzados en 2009 y se recuperaron relativamente pronto, atenuando así las consecuencias sociales de la crisis.

Pero la desaceleración económica (la caída en la velocidad de crecimiento, la manera como se suele medir el contagio real) no fue menor aquí que en el mundo desarrollado. En 2009, las economías avanzadas pasaron, en promedio, de crecer al 1% a caer al 3%, o sea, una desaceleración del 4%. La misma caída en el mundo emergente -excluyendo a China, que nunca paró de crecer- fue del 5% (y, según números oficiales, del 6% en Argentina).

¿Por qué, después de tanto esfuerzo para reducir la dependencia financiera, la región experimentó un contagio comparable al de los viejos tiempos aciagos? La razón parece obvia: ningún país individual puede blindarse de una crisis global. Pero esta perogrullada merece algunas aclaraciones, de modo de no enredarse en discursos filo económicos que no vienen al caso.

Lo primero a señalar es que el contagio de 2009 no fue financiero. Este dato es positivo porque confirma que el proceso de desendeudamiento y desdolarización de la región virtualmente eliminó la posibilidad de que una brusca depreciación y una suba del riesgo país (como las que vimos a fines del 2008) detonen una crisis financiera noventista. Pero el dato tiene también su lado negativo: la autosuficiencia financiera no impidió la contracción del 2009, y tampoco la impedirá si aquella situación mundial se repite. (Esto, naturalmente, también vale para Argentina.)

¿Cómo se da entonces este contagio "real"? Por un lado, un menor crecimiento mundial implica una menor demanda mundial de nuestros productos (la caída del precio de commodities es sólo la contracara de esta caída de la demanda). Por el otro, el temor a una recesión genera recesión: la consumidores ahorran más y compran menos, y las firmas ven subir sus stocks y reducen su producción y su demanda de trabajo, validando los temores del consumidor. De ahí la importancia de sostener la demanda local –y de tener los bolsillos fiscales para hacerlo.

Ninguna crisis es igual a la otra, y la actual difiere de la de 2009 en dos aspectos importantes. Por un lado, no toma a nadie por sorpresa. El miedo no sólo se podía oler la semana pasada en la reuniones en Washington, sino que se expresa en las declaraciones cada vez más urgentes de inversores y funcionarios. Por eso, es menos probable que se subestime el problema provocando un pánico como con la quiebra de Lehman Brothers en septiembre de 2008 –aunque, vale acotar, la morosa política europea bien puede precipitar una catástrofe inadvertidamente.

La otra diferencia es menos promisoria: tras estimular la economía y rescatar deuda privada a fuerza de gasto y emisión de deuda pública, las economías avanzadas se han quedado sin munición. Una nueva ola de gasto podría verse socavada por temores al sobreendeudamiento soberano –que sólo una salida inflacionaria parecería estar en condiciones de mitigar. Y el tiempo no juega a favor de los grandes: la creciente tensión en los mega bancos europeos pone en duda si Alemania puede bancar al resto de Europa, mientras que en los EEUU las divisiones políticas traban el intento de postergar un prematuro ajuste fiscal.

Así, en comparación con 2009, el mundo parece encaminado no a una contracción profunda y breve sino a un largo estancamiento. Una década perdida a la japonesa (aunque en Japón la década lleva más de veinte años: ¿alguien recuerda la paranoia del dominio nipón de fines de los 80s?). Es que, intentando inútilmente encender el fuego de la economía bajo la tormenta, los gobiernos usaron todas las ramas y hojas secas disponibles, pero sólo le sacaron un humo gris y frío a la madera mojada.

La munición tampoco abunda en las economías emergentes: los recursos fiscales para sostener la demanda doméstica con transferencias y gasto son hoy menores que hace dos años. Y una depreciación del tipo de cambio –útil para proteger a los productores locales y cuidar los preciados dólares– difícilmente genere demanda externa cuando todos los posibles compradores mundiales están en la misma, devaluando y enfriando, atrincherando el mercado local e inundando el de los vecinos. (Esto, naturalmente, también vale para Argentina.)

Algunos sugieren, casi como expresión de deseos, que en las malas se ven las diferencias y que las crisis ponen en evidencia desarreglos que en tiempos buenos pasan desapercibidos. Pero los gobiernos suelen tener flexibilidad para corregir la marcha –aunque la expresen retóricamente como continuidad. Así, uno debería tomar los pronunciamientos mediáticos sobre blindaje, fortaleza chino sojera y autonomía financiera como formas de evitar que el pánico anticipe los efectos reales de la crisis, más que como diagnóstico de la situación.

En la práctica, el patrón de integración con China, a la que le vendemos commodities sin procesar y le compramos todo lo demás –patrón que, en un panel que compartimos en Brookings la semana pasada, José Antonio Ocampo igualó a la integración con el imperio británico a principios del siglo XIX–, no ayuda en este trance, a pesar de la percepción general. La concentración hacia oriente inhibe la limitada integración comercial de la región, dejándola a merced del precio volátil de unos pocos productos primarios. La bonanza de las commodities nos hace descuidar la generación de valor y el mercado regional. Nos vende el espejito de colores de la década latinoamericana y nos achancha.

Se dice que de las crisis surgen oportunidades. Se dice incluso que esta crisis favorecerá a la región. No lo creo: las crisis traen estancamiento, desempleo y pobreza, y destrucción, no creación, de oportunidades. Pero, bien manejadas, nos sacan de la ensoñación exitista y nos dan la posibilidad de avanzar sobre bases más sólidas. (Esto, naturalmente, también vale para Argentina.)

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